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Recordando ferozmente
Dicen que Ricardo Garibay era muy rudo. A veces, muy grosero y que usaba mil máscaras -todas aterradoras- para esconderse. Para que lo dejaran en paz. Para que no vinieran a decirle pendejadas.
Sus amigos, sin embargo, pese a reconocer cierta fiereza, lo recuerdan de un modo casi tierno.
Mi madre -que nunca se equivoca- dice que antes de llegar a conversar con sus cuates -mi abuela en la lista- se sentaba en la mesa de la cocina y le ayudaba con la tarea. No decía una sola mala palabra ni pedía vodka con hielo hasta que no revisaba los apuntes de los niños y era invitado a pasar a la sala donde ya, entre adultos, podía pasarse la tarde bromeando, ensayando la maledicencia y la ferocidad, coreado de carcajadas y acertijos.
Hace 10 años que murió. Las palabras y elogios para él comenzaron casi en ese momento: lo describieron como un artesano riguroso de la palabra eclipsado por la fuerza de una personalidad malhumorada .
Dijeron que algo en él recordaba a Ernest Hemingway por su culto del hombre rudo y la devoción machista, aparejada a un deportivo virtuosismo del cuento real . Pero todo fuera como eso. Dicen también que siempre se sintió un poco reconocido por la intelectualidad y la academia.
Pero este poeta, periodista, cronista, cuentista, novelista, dramaturgo y guionista de cine, tocaba a lectores, público en general y especializado de manera definitiva. Y muchas veces hasta gentil.
Y muchos no han dicho, con todas sus letras, que a pesar de su personalidad estrepitosa tenía un corazón preocupado por las relaciones entre el hombre y la mujer, la pasión, el desamor, los conflictos sociales, la corrupción y el devenir de México.
A pesar del homenaje que el domingo pasado recibió en Bellas Artes, muchos de sus textos parecen olvidados. Sin embargo, basta citarlos para reconocerse. La casa que arde de noche, Rapsodia para un escándalo, Triste domingo, Oficio de leer, Lo que ve el que vive son algunos ejemplos.
Nunca es tarde para Garibay: aquel hombre que rechazaba a Madame Bovary; enaltecía al Cantar de los cantares; y reclamaba que el autor de El Quijote no tenía porqué estar en manos de los académicos porque era un hombre tosco, bebedor y soldadote; fue un observador agudo, un magnífico escritor... y tenía un humor espléndido.