Una de las alteraciones emocionales que podemos presentar cuando estamos en confinamiento es que nos volvemos irritables y frecuentemente violentos con las personas con las que convivimos. El fenómeno ha sido estudiado en un buen número de mamíferos y también entre los seres humanos. La cuarentena puede producir un aumento en la agresión.

Cuando estamos obligados a la convivencia cotidiana 24/7 la violencia se instala en nuestras casas y tenemos, para remediar o prevenir, que estar conscientes de lo que nos está sucediendo.

Algunos datos en México resultan muy preocupantes: en marzo pasado, cuando comenzó el encierro, se registraron más de 115,000 llamadas de auxilio por situaciones como abuso sexual, violación, acoso, violencia familiar, violencia contra la mujer y contra los niños o ancianos. Y que conste que son datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Esto es, cada día de marzo 3,729 mujeres solicitaron ayuda ante las agresiones de alguno de sus familiares. ¿Cuales son los estados donde, durante la cuarentena desencadenó más la violencia familiar?:  Estado de México, la CDMX, y Chihuahua (para no romper la terrible tradición de las inolvidables “muertas de Juárez”.

Desde luego esta situación de extrema agresividad no se gesta y consolida durante la pandemia, ni sólo se da en México, pero… la ansiedad, la claustrofobia, la irritabilidad se enseñorea y muestra su sangriento esplendor en situaciones excepcionales como la que estamos viviendo. El papa Francisco, la OMS, la ONU y otras instancias internacionales se han mostrado preocupados ante el problema. Sin embargo en nuestro país se minimiza el problema y no se toman las medidas necesarias para que este fenómeno deje de repetirse una y otra vez.

La difícil situación económica, el miedo al contagio y a la muerte propia o de seres queridos han conseguido —como dijo el secretario general de Naciones Unidas— un repunte estremecedor y global de la violencia doméstica. En muchas familias la cuarentena se ha convertido literalmente en un infierno.

En innumerables centros de investigación en psicología y neurociencias se trabaja arduamente por encontrar, (si es que existen) las bases biológicas y quizá genéticas de la violencia y aislar estos componentes de los aspectos sociales que sabemos inciden significativamente en el cuadro.

No se necesita ser un experto para saber que aquel que muestra conductas agresivas o incluso violentas ante o en un grupo adquiere un estatus social mayor y dominio sobre posibles competidores al derrotarlos. Y esto ha sucedido y sucede en sociedades simples o en la escuela o en la casa. Digamos que la agresión y hacer ostentación de ella es reforzado por muchas sociedades porque resulta ser una conducta atávica de la preeminencia del más fuerte para garantizar la sobrevivencia del grupo, que es el mandatorio número uno de todas las especies. La educación y la cultura han venido a moderar estas conductas primitivas. Una virtuosa combinación de un cerebro evolucionado y controles sociales han logrado atemperar medianamente estas actitudes, pero bien a bien no sabemos su origen.

Konrad Lorenz, el destacado austríaco-estadounidense, premio Nobel de Fisiología en 1973, creador de la etología (estudio de la conducta animal), se interesó vivamente en el tema. Para este autor hay un instinto que tienen en común animales y humanos, el instinto de la agresión. La pregunta básica que se plantea en su libro “Sobre la agresión, el pretendido mal" es ¿por qué luchan los seres vivos unos contra otros? De acuerdo a esta posición, el deseo de sangre y la crueldad formarían parte del repertorio inevitable de las conductas humanas ya que todas estas pasiones irracionales (según este autor) son innatas y programadas filogenéticamente. El éxito del neo-instintivismo de Lorenz es comprensible ya que exime de culpabilidad a los humanos. Si somos violentos, asesinos o torturadores es ¡porque no tenemos escapatoria y vivimos a merced de nuestras bajas pasiones! Y los nacionalismos, el honor y la dignidad son sólo estímulos gatillo que disparan lo que traemos dentro para destruir al otro.

Otro grupo de estudiosos, por el contrario, nos dicen que la agresión y la violencia son conductas condicionadas por estímulos externos y habría que tratar de eliminar esos condicionamientos sociales sin importar mayormente el por qué o cómo se producen.

Como siempre, ahora que conocemos un poco más de los humanos sabemos que todo es bastante más complejo de lo que parece y que estas teorías mono explicativas no son suficientes para descifrar los orígenes de la violencia. Son teorías simplistas que nada tienen que ver con lo que sabemos ahora ni sobre el aumento en el numero de feminicidios que ha crecido significativamente en los meses recientes.

Termino con una súplica, si no somos capaces del autocontrol y agredimos y violentamos a nuestra familia, busquemos ayuda. No hay nada que afecte más la salud mental de nuestros hijos que un padre y una madre peleando y resolviendo sus problemas a gritos y golpes frente a sus hijos.

Quien siembra odio, cosecha tempestades.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.