Cualquiera que haya seguido esta columna a través de los años (sospecho que sólo lo han hecho mis papás) sabe que amo a Harry Potter. Los libros de JK Rowling me salvaron la vida en una época muy difícil de mi vida, me regresaron un cachito de infancia, me dieron algo que esperar en la vida y varias noches de disfrazarme en la madrugada con mis amigos esperando libros y películas.

Sé que Rowling no es una gran estilista. Vamos, no es una escritora superior, aunque sea una fantástica narradora. Hablando de otros autores para niños, Roald Dahl es ambas cosas: maestro del estilo y la narración.

Lemony Snicket, el seudónimo de Daniel Handler, es puro estilo; tiene que serlo porque lo suyo es el humor. Neil Gaiman es como Rowling, aunque más ambicioso, sus mundos son infinitos, no se acaban en un bosque prohibido y un castillo, no, van hasta el inconsciente, la muerte, los muchos mundos. Cornelia Funke escribe libros que son cómicos y aventureros, una mezcla tan afortunada que muchos la llaman “la Rowling alemana”.

Y todo eso en literatura supuestamente sólo para niños y adolescentes.

Detesto esa etiqueta. ¿Sólo porque en la librería está en el estante para chicos uno no puede acercarse? Hay grandes cosas en ese estante. Recomiendo a todo adulto, tenga hijos o no, darse una vuelta por los libros para jóvenes lectores. Llévense siquiera uno de Roald Dahl, no se arrepentirán.

Pero yo quería hablar de otro autor en particular. Hace unos 15 años descubrí un escritor que me sorprendió por su originalidad y lo complejo de sus libros; complejos y fáciles de leer, me devoraba cada página.

Philip Pullman. Recuerden ese nombre. Si no saben qué leer, o qué regalarle a un niño, Philip Pullman es la respuesta.

La ambición de Pullman como narrador sólo puede compararse con la de Gaiman. Como Gaiman, Pullman no se contenta con contar historias que suceden “sólo aquí”. Pullman viaja al siglo XIX, escribe sobre la historia del cristianismo (de manera muy crítica, Pullman piensa que el peor enemigo de la ciencia es la religión), narra las tradiciones chinas, los cuentos de hadas de los Grimm contados a su estilo. En fin, la literatura de Pullman no se agota en un solo tema.

Yo lo descubrí con su serie His Dark Materials, su obra más famosa. His Dark Materials, o La materia oscura en español, cuenta la historia de dos mundos paralelos. Uno sucede en el Oxford nuestro y el otro en un Oxford que está apenas al otro lado de las dimensiones, con algunas diferencias, pero muy cercano a nosotros.

La protagonista es Lyra Belacqua, una niña demasiado sabia para sus años, es decir, una aventurera del saber, curiosa, rara. Vive en la Universidad de Oxford en ese Oxford apenas diferente al nuestro del que les hablaba. Lyra no lo sabe, pero tiene en sus manos el secreto que develará la verdad de los muchos mundos que existen.

His Dark Materials se basa en física cuántica y la poesía de William Blake. Como el Satán de Blake, Lyra también se enfrentará a Dios exigiendo su libertad.

Todo esto suena muy solemne: no lo es. La trilogía de His Dark Materials es de lo más entretenida y está escrita con un estilo de maestro. Pullman reúne todas las características de un gran escritor. Es obsesivo con sus frases, su estilo corre de la mejor manera, sus estructuras son complejas y apasionantes.

Durante años Pullman prometió que haría una continuación a His Dark Materials. O no exactamente una continuación, sino una visita a ese mundo del que se quedó prendado. Y ya, después de más de una década lo tenemos: The Book of Dust 1: La Belle Sauvage. No les cuento nada, sin spoilers. Sólo diré que está buenísimo. No es el mejor libro para empezar con Pullman, pero compren Las luces del norte, el primero de His Dark Materials. Y ya verán.

concepcion.moreno@eleconomista.mx

Concepción Moreno

Columnista y Reportera

Garage Picasso

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