El jefe del Ejecutivo tiene como pilar de pensamiento y brújula de política pública denunciar, oponerse y trascender al “neoliberalismo”. Su obsesión ha sido oficializada en el Plan Nacional de Desarrollo. Lo que no sabemos es qué entiende por “neoliberalismo”, más allá de una idea difusa que trata de asociar con sus adversarios y predecesores inmediatos. De hecho, con frecuencia nos presenta a los gobiernos de Luis Echeverría y de José López Portillo como paradigmas de integridad, justicia y eficacia; algo de suyo estrambótico. Su problema es que no tiene una alternativa; según él, bastan la lucha contra la “corrupción”, subsidios generalizados con fines electoreros y de perpetuación en el poder, y megaproyectos absurdos, para configurar una arcadia posneoliberal. Esto revela la ausencia de entendimiento de lo que es el “neoliberalismo”, ya que por otro lado, al menos manifiesta recurrentemente su compromiso con la ortodoxia económica (neoliberal), y en los hechos ha desmantelado bienes e instituciones públicas para hacer transferencias masivas de recursos a las personas en lo individual, además de imponer un severo programa de shock en la estructura del gasto difícilmente soñado por el Fondo Monetario Internacional en sus mejores tiempos.

“Neoliberalismo” es un término bastante plástico y controvertido que llega a significar cosas distintas para diferentes personas. De hecho, el término es empleado con más frecuencia por sus detractores que por sus adherentes, y si bien ha habido muchos intentos de creación de una doctrina alternativa, ellos han apuntado más a señalar problemas específicos que a desarrollar un arquitectura opcional de pensamiento económico y de política pública. No obstante, hay claridad en que el neoliberalismo se vincula al menos con tres conceptos. El primero se refiere a un movimiento político e intelectual surgido en los años 30 del siglo pasado, como reacción al nazismo y al comunismo, encabezado por Friedrich Hayek y por otros economistas austriacos, y que aún pervive en grupos activos de académicos fundamentalmente en universidades norteamericanas. Sus divisas han sido la libertad económica y la vigencia del sistema de precios, la empresa privada, la competencia, y un Estado fuerte pero acotado e imparcial.

El segundo concepto es más económico, y se asocia con el estudio de la economía a partir de modelos neoclásicos basados en decisiones individuales, racionalidad, y maximización de utilidad por parte de actores económicos. La agregación de preferencias lleva a la identificación de funciones de demanda y oferta en mercados competitivos, que tienden a arrojar situaciones eficientes y óptimas de equilibrio (Pareto). Un tercer significado de neoliberalismo puede relacionarse con conjuntos de políticas públicas diseñadas y aplicadas con base en la racionalidad y el individualismo, y que implican estabilizar, privatizar y liberalizar para permitir la libre expresión de preferencias a través de la competencia en mercados, incluso en servicios y bienes públicos, lo que se considera eficiente. Conlleva una desregulación, apertura al comercio globalizado, una limitada intervención en la economía, y la oposición firme al control de precios, al igual que a subsidios; destaca igualmente el principio de evitar déficits fiscales y acumulación de deuda pública. Debe advertirse que no se trata de un cuerpo monolítico de ideas, ya que los mismos modelos neoclásicos pueden dar origen a interpretaciones y prescripciones de política muy disímbolas, como el monetarismo, la economía del lado de la oferta, y las expectativas racionales.

En general el neoliberalismo, cimentado en la economía neoclásica, asume principios muy claros en lo que respecta a políticas públicas, tal es el caso del establecimiento y protección de derechos de propiedad privada, fundamento de toda libertad económica, la competencia en mercados eficientes, la libertad de contratación e interacción económica entre individuos y empresas, y lucha contra procesos políticos de carácter populista.

Cabe hacer notar que en la teoría y en la práctica este corpus de ideas no se contrapone e incluso reconoce la existencia de bienes públicos, así como de fallas del mercado que deben ser atendidas por el Estado, problemas que no pueden por definición ser resueltos por los mercados y las decisiones individuales. Aquí entrarían temas como la biodiversidad y el medio ambiente, el cambio climático, la seguridad, la pobreza extrema, la salud y la educación públicas, y muchos otros. Lo que sí, es que el neoliberalismo aconseja en éstos y otros casos el diseño de políticas orientadas al uso de instrumentos económicos y creación de nuevos mercados. Es casi obvio que el neoliberalismo ya se adapta pragmáticamente a contextos y realidades distintas, y que admite de manera creciente puntos de vista heterodoxos. La gran pregunta es ¿qué entiende AMLO por “neoliberalismo” y qué otra visión piensa imponerle a la economía y a la sociedad mexicanas? Será difícil desbancar al neoliberalismo, dada su identificación con la libertad y la eficiencia, a no ser que nos imaginemos distopías populistas y socialistas, de las cuales podríamos estar cerca.

 

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.