Conocí a Germán Valdés Tin Tan, uno de los grandes del espectáculo de México. Lo conocí dos años antes de su muerte ocurrida en 1973 a los 57 años de edad. La enfermedad, cáncer en el hígado, ya hacía estragos en su cuerpo el día que circulábamos en su automóvil y el semáforo nos obligó a parar en Río de la Loza y Cuauhtémoc. Un vendedor de billetes de lotería se acercó a ofrecer su mercancía, descubrió que el que manejaba el auto, su posible cliente, era, nada más y nada menos, que el ídolo del cine nacional avejentado a causa de su enfermedad.

¿Tin Tan? -incrédulo preguntó el billetero- ¿Eres tú?

Sí -contestó él.

¡Qué viejo estás! -expresó con franqueza y en tono de reclamo el vendedor-.

Sin inmutarse ni dar mayores explicaciones, don Germán, sentenció: Pues tú cuídate carnal, porque si sigues así de pendejo no vas a llegar.

A los 55 o 56 años, la edad que el cómico tendría cuando sucedió lo que conté, no se es viejo. Sin embargo, el de la lotería lo percibió viejo. En parte, ya lo dije, por la enfermedad que lo había minado pero, sobre todo, porque el vendedor tenía en su memoria la imagen del actor joven, de brillante cabello negro, buen bailador, bullicioso y con gran agilidad física. El Tin Tan de las películas clásicas: El niño perdido, La marca del zorrillo, Simbad el mareado, El revoltoso, Máten­me porque me muero y, por supuesto, El rey del barrio.

Con la anécdota quiero destacar dos fenómenos. Uno es cómo el público -el vendedor de lotería era parte de éste- idealiza a sus elegidos de tal forma que éstos no tienen derecho a, como cualquier mortal, envejecer. El otro es la pertenencia de los artistas a sus admiradores. Te admiro, luego me perteneces, te prohíbo que dejes de ser como yo te concibo.

Vejez: tema no resuelto

Siempre que viene al caso un tema relacionado con la edad me acuerdo de la anécdota tintanesca. La frase sentenciosa que el gran pachuco le dijo al imprudente billetero me ha servido de divisa más de una vez. Sea sola o combinada con el conocido refrán de como te ves me vi, como me ves te verás (si llegas güey).

Aquí podría yo atiborrar la columna con una serie de frases -desalentadoras, dado que hoy ando pesimista- sobre la vejez como esta de Goethe: ¿Quieres ser invisible para los hombres? Sé pobre. ¿Quieres ser invisible para las mujeres? Sé viejo . O esta otra del filósofo Fernando Savater: A diferencia de la vejez, que siempre está de más, lo más característico de la juventud es que siempre está de moda -.

Pero no puedo proseguir con las frases por muy célebres que sean si antes no aclaro dos cosas: una, el asunto del que tratará esta columna. Dos, la frase que la encabeza.

Tal vez el lector ya se percató de que el tema de esta colaboración es la edad, concretamente la vejez. Me motivó a escribirla la noticia principal de El Economista de ayer: Vejez en México, tema no resuelto fue la cabeza de la primera plana con un balazo -texto en la parte superior-: Amenaza la brecha entre ahorros y longevidad: FMI.

En la sección denominada Primer Plano, el reportero Eduardo Huerta nos hizo saber: El FMI emitió un estudio en el que indica que la gente vivirá más años, que los recurso no alcanzan y que la gente se tendrá que retirar a una mayor edad. Recomienda que se trabajen más años o que las personas, los gobiernos o empresas aporten más recursos para el retiro . La nota aporta una cifra: En México, 40% de la población en edad de laborar está cubierto por un esquema de pensiones, el resto, 60%, carece de éste.

El tema me causó gran interés porque yo formo parte de ese 60% -he sido trabajador freelance y jamás gozaré de una pensión de jubilado-. Debido a eso, no obstante que ya rebasé la edad del retiro y que mis ahorros me permiten vivir sin trabajar de aquí hasta que muera, siempre y cuando fallezca dentro de 15 días, me dispongo a trabajar hasta el último día de mi vida -ojalá y ese día sea de pago-.

En contraste con las pesimistas frases con que abordé el asunto, este bipolar textoservidor pondrá punto final al párrafo de manera optimista. El autor de la frase que da título a mi colaboración es Leroy Robert Satchel Paige (1906-1982), beisbolista negro que debutó en el beisbol de las Grandes Ligas a los 42 años jugando para Indios de Cleveland. Ha sido el debutante de mayor edad registrado en las Ligas Mayores. A los 46 años de edad logró estar en un Juego de Estrellas y fue el primer jugador afroamericano en ingresar al Salón de la Fama.

La frase de Paige: ¿Qué edad tendrías si no supieras la edad que tienes? , encierra gran sabiduría. Con ella yo entiendo que no es el paso del tiempo lo que envejece, sino la desaparición del anhelo de vivir.

La vejez es un exceso...

...que aumenta con los días , dijo Enrique Jardiel Poncela. Yo no le temo al exceso. Me asusto, eso sí, cuando pienso en la enfermedad y me amedrento cuando me imagino desempleado.

Así como existe la estimulación temprana para los bebés, debiera existir la motivación tardía para que los adultos mayores enfrentemos la vida con alegría. Propongo la creación de talleres en los que desarrollemos armas para combatir el desánimo; desarrollemos cursos para ignorar los cumpleaños y celebrar los deseos; hagamos tratados para tener presentes los afanes y festejar los antojos.

Nos desenvolvemos en un mundo de jóvenes en el que inclusive los que no lo son pretenden aparentarlo a base de afeites y tintes. En ese ambiente no es raro que los cabecitas de algodón seamos víctimas de bullying, más si el algodón es escaso. Ojalá y llegues a la edad que representas , me dijo un amigo que no sabe que cada edad tiene su encanto, su razón y su ritmo, y que envejecer es la única forma de vivir.

Oí por ahí

Sucedió en un asilo de ancianos. Don Mario, huésped de 90 años, todas las noches se apartaba del grupo para dirigirse al jardín donde permanecía solo un rato. Una noche lo sigue doña Catalina, anciana de 84 años, también residente del asilo. Establecieron una conversación en la que don Mario de manera directa le confesó que lo que más añoraba de los tiempos idos era la actividad sexual y que, no obstante ya no tener erecciones, su fantasía era que una mujer le sostuviera el pene en la mano.

Aunque no le ve mayor objeto que el de complacer a un compañero de asilo, doña Catalina se ofrece a cumplirle a don Mario su fantasía. Le abre la cremallera, le toma el pene y lo sostiene en su mano durante unos minutos ante las muestras de placer del nonagenario.

El acto se repite todas las noches durante meses. Una de éstas, don Mario no acude a la cita. Doña Catalina lo busca por todo el asilo temiendo que algo le hubiera ocurrido.

Sorprendida, lo encuentra sentado en la orilla de la alberca del asilo junto a doña Aurorita, mujer de 82 años, que le sostiene el miembro viril, lo que causa el enojo de Catalina, quien increpa a don Mario:

-Traidor. ¿Qué tiene Aurorita que no tenga yo?

-Parkinson.