Uno de los tópicos que toma relevancia en las problemáticas actuales, es la persistencia del racismo, no solamente en Estados Unidos con el movimiento de Black Lives Matter, sino en todo el mundo, en muchos casos, disfrazado de política antiinmigrantes en diferentes países del mundo. El racismo es una práctica anclada en la idiosincrasia de diferentes culturas, sumamente nociva pero también sumamente difícil de erradicar.

Las prácticas de racismo pueden estar tan ancladas en nuestro imaginario colectivo, que es imposible que no se manifieste en la vida cotidiana. En México el racismo está íntimamente ligado al clasismo intrínseco a la relación del color de piel con la clase social.

Ante el cuestionamiento sobre si la comida puede ser racista, en sociología se estudia cómo la concepción de la comida remite a ciertos racismos intrínsecos para un grupo de personas. Por ejemplo, cuando en otros países se acude a un supermercado, es común encontrar el pasillo dedicado a las llamadas comidas “Étnicas”. La palabra étnico está asociada a un sentido de comunidad en la que se comparten afinidades raciales, lingüísticas y culturales, según la RAE. Hasta aquí parecería que todo es neutral, de no ser por las malas interpretaciones de lo que significa una cultura culinaria y el verdadero origen de algunos ingredientes, por ejemplo, considerar que el chili con carne es de origen mexicano. De la misma manera, en muchas ocasiones lo  “étnico”, significa lo exótico, o por lo menos lo que está fuera de culturas en ocasiones etnocentristas, como aquellas de América del Norte o de Europa Central. Así, en un supermercado probablemente exista una sección de comida o productos españoles, y una sección de comida “étnica” en donde caben productos de origen africano, latinoamericano o asiático -salvo excepción de ingredientes japoneses-. Todos estos confluyen en una amalgama que parecería demarcar a “los nuestros” y a “los otros”.

Existen reinterpretaciones culturales que nada tienen que ver con la cultura de origen, cuando en algunos restaurantes se ofrecen “ensaladas asiáticas”, cuando se trata de enmarcar una gran diversidad culinaria de uno de los continentes más diversos del mundo, simplemente porque la ensalada tenga uno o dos ingredientes que involucren al arroz o a la salsa de soya. Probablemente esta noción no sea racista, pero sí es un malentendido cultural, en el que se intenta meter en un saco todo lo que resulta desconocido para los no asiáticos.

En recientes fechas, existió una polémica sobre el caso de una marca de harina para hot cakes que en su logotipo, retrataba a una mujer afroamericana, asociada al estereotipo de que en tiempos de la esclavitud en Estados Unidos, eran las mujeres negras quienes preparaban la comida para sus “amos” blancos. En tiempos del Black Lives Matter, la marca de la tía Jemima cambió su logotipo y hasta el nombre de su producto, cambiándolo por el de Pearl Milling Company. En México, hace algunos años, una marca retiró el nombre de unos pastelitos de chocolate llamados Negritos, por considerarlos políticamente incorrectos. De igual manera, en España se suscitó una polémica con una popular marca de chocolates llamada Conguitos, en la que se caricaturiza la imagen de personas de origen africano. Si bien la comida no es racista per se, las interpretaciones y los usos sociales que hacemos de ella reflejan de manera directa, los constructos sociales sobre el racismo que aún prevalecen en el mundo.

Twitter: @lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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