De acuerdo con la investigación pionera de la economista y politóloga australiana Karen Stenner, alrededor de un tercio de la población de cualquier país del mundo tiene una subrepticia y latente predisposición autoritaria que se manifiesta en contra de la diversidad, la heterogeneidad y el pluralismo y que, en definitiva, no se alinea con definiciones ideológicas pertenecientes a la llamada geometría política.

Esos grupos articulan, ante coyunturas políticas específicas, una postura de venganza contra un contexto que, de repente, deciden dejar de tolerar. Los predispuestos no son necesariamente conservadores ni nacionalistas irredentos, no tienen convicciones de izquierda o derecha, no son identificables tampoco por tener en manos un ideario radical ni son producto de realidades objetivas o estructurales como la marginación, la pobreza o los grados educativos inferiores. Son comunidades bien identificadas, por su intolerancia a la complejidad -concebida esta como un fenómeno intrínsecamente asociado a la modernidad y a la globalidad- o bien por su profunda inconformidad con los valores de las democracias liberales.

Pero hay otro rasgo común que resulta inquietante. Según la investigación de Stenner, la percepción generalizada de una constante amenaza sociocultural es el elemento central que los conglomera. Otrora cómodos y conformes con su percepción de orden colectivo del pasado, estos individuos ven con enorme sospecha los súbitos giros de una modernidad compleja que entraña, entre otros elementos, dosis de diversidad, libertad y pluralismo que desafían sus limitaciones cognitivas. En consecuencia, están dispuestos a apoyar liderazgos carismáticos, promover desmantelamientos institucionales y trastrocamientos diversos, aún si no son constitucionales o si amenazan las libertades individuales y los contrapesos republicanos del poder, con tal de hacer algo que calme su desasosiego. El objetivo último: respaldar un proyecto político de unicidad y similaridad frente a lo que consideran agendas políticas de cambio, apertura y diversidad sin límites.

La aversión al cambio se manifiesta en ellos mediante la adhesión a teorías de la conspiración como las del supremacismo blanco y las del “Gran reemplazo”. Esto no los convierte en seres irracionales o en personas que no merecen ser convencidas de los errores en que incurren. Son individuos que con el paso del tiempo han forjado la profunda convicción de que el interés colectivo estriba en minimizar las diferencias y que consideran que la democracia liberal no ha hecho otra cosa que agrandarlas prácticamente en todos los ámbitos.

Indudablemente, el trabajo de Stenner, ofrece una dimensión nueva y ciertamente más fresca a la literatura sobre populismos, nuevos autoritarismos, movimientos radicales, regímenes híbridos y democracias antiliberales. Uno de sus grandes méritos es traer de vuelta al centro de las preocupaciones de la ciencia política contemporánea la observación del comportamiento de los individuos y las claves psicológicas de la acción colectiva. El otro, es recordarnos que hay momentos en la historia especialmente proclives al surgimiento de lo que Adorno llamaba, hace varias décadas, “personalidades antidemocráticas”, tanto en referencia a los líderes políticos como a grandes colectividades de electores o activistas.

Hay ya demasiadas evidencias de que estamos viviendo un nuevo periodo propicio para desencadenar estas pulsiones. Lo importante ahora es concentrarse en las soluciones a este inmenso desafío para las democracias. ¿Se puede seguir marginando a ese tercio de la población una vez que su propensión aflora? Muy difícilmente. Pero es claro que podrían intentarse medios para desactivar esa predisposición. La obra de Stenner da pistas de sobra. Antes que promover su defenestración o pensar que las democracias liberales han muerto, conviene leerla con atención.

*Internacionalista. Consejero editorial de Globalitika.

@Duplancher