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Porfirio

Tuve el privilegio de convivir muchas veces con Porfirio Muñoz Ledo. Mi primer recuerdo de él es levantándome a altas horas de la noche por el griterío en la casa de mis padres. Ahí estaban discutiendo, jugando dominó y cantando lo que se llamaría la generación de medio siglo, por la revista que los nucleó en la facultad de derecho, al amparo de Mario de la Cueva.
Ahí estaban de manera intermitente, pero con frecuencia Porfirio, Fernando Zertuche, mi padre Miguel González Avelar, Sergio García Ramírez, Miguel de la Madrid, Javier Wimer, Eduardo Lizalde, Carlos Monsivais, Arturo González Cosío, Carlos Fuentes y muchos otros que ahora ya no me llegan a la mente. Porfirio lidereaba con frecuencia las discusiones, como niño me parecía demasiado imponente, gritaba, golpeaba las mesas ante una mala ficha de dominó y mi madre hacía tortas para que pudieran seguir jugando hasta las 6 de la mañana. Nunca descansaban de discutir todos, sobre literatura, política o sobre la vida de alguien más.
Mi padre y él se distanciaron en algún momento de mi adolescencia y no lo volví a ver hasta que se presentó en la facultad de derecho en medio del movimiento del CEU, en el que estábamos metidos Carlos Imaz, Antonio Santos, Alberto Begné, Ordorica y yo. Lo invitamos a dar una plática y ahí me reclamó que no estuviera en la corriente democrática que él y Cuauhtémoc Cárdenas lidereaban en el PRI. De esa plática reclutó a compañeros míos a su causa y se burló un poco, pues en ese momento yo usaba la camioneta, ya muy desgastada, que había sido su vehículo en la SEP.
Comenzamos entonces una recurrente conversación sobre la política mexicana. Usualmente en algún restaurant en dónde discutía como cuando era niño y no pocas veces estábamos en desacuerdo. Nunca le perdonó a de la Madrid, la llegada de la corriente neoliberal y la presencia de Carlos Salinas de Gortari como presidente.
Tenía obsesiones, deudas y malestares con personas y temas en específico. A veces inventaba cosas y citaba autores que jamás había leído, pero lo hacía con una seguridad digna del erudito.
Una de sus debilidades eran las mujeres. Se casó tres veces y en los tres casos no por muchos años. Tenía debilidad por sus hijos algunos de ellos fueron también mis amigos, todos compartían algo de su carácter e inteligencia.
Lo que no puede regateársele es su inteligencia y su sentido profundo del significado de lo que llamaríamos una visión de estado. La política era para él un medio y un fin al que le dedicó toda la vida a un grado superlativo. Como buen socialdemócrata y parlamentario contumaz, le hubiera gustado un sistema parlamentario en México y menos el sistema presidencialista en el que nos encontramos.
Hace un buen tiempo que no lo veía, ni hablaba con él. En mi formación, sin embargo, hay momentos claves en los que sólo puedo agradecer sus consejos y sus pláticas. Nuestra realidad política y social, lo van a extrañar mucho. La lucidez con las que contextualizaba las circunstancias y las alternativas políticas para México, lo van a echar de menos.
Muchos de aquellos que se forjaron bajo la mano de Mario de la Cueva y alrededor de las páginas de la revista Medio Siglo, han muerto. Nuestro país se ha ido quedando huérfano de una generación que fue la primera en salir a estudiar al extranjero y, con ello, darle una visión e impulso al México moderno que pretendemos ser el día de hoy. Lo lamento mucho. Nada más, pero nada menos, también.

