No es frívolo ni trivial. El deporte organizado ofrece cohesión a un mundo atomizado. Enciende nuestras sensaciones de pertenencia y autoestima, y desde luego influye en el ánimo social. Encauza productivamente y de manera incruenta las pulsiones de acción gregaria codificadas en nuestro DNA. Permite una expresión sana de las identidades colectivas y es un mecanismo de catarsis pública casi terapéutico.

Es disciplina y esfuerzo personal que fortalece a otros ámbitos de nuestra vida individual, que conduce al mérito y al reconocimiento legítimo. También es cooperación y capital social; método y pensamiento estratégico.

Desarrolla mentalidades de respeto a las reglas del juego, a la competencia leal y a las instituciones. Crea lazos de solidaridad y convivencia, y desde luego, tiene la capacidad de atraer y conducir el ímpetu de los individuos jóvenes hacia formas socialmente constructivas de desa­hogo, alejadas de la delincuencia, los vicios . y de la obesidad. El deporte organizado es una construcción social que requiere de sólidos cimientos en cuatro dimensiones fundamentales: sociedad civil, espacio público, educación, y la institucionalidad correspondiente de gobernanza. En México, estos cimientos son débiles o inexistentes, o están corroídos y en decadencia.

No debe extrañarnos el fracaso recurrente de nuestro deporte y las frustraciones nacionales que acumula. La desconfianza, apatía, y una profunda dependencia paternalista –con raíces tal vez prehispánicas, coloniales y posrevolucionarias– inhiben o matan casi todo fermento de participación cooperativa. Esperamos y pedimos todo de la mano generosa del Estado.

Clubes verdaderos, creados por determinación asociativa de personas y familias, donde se incuban y desarrollan los equipos y deportistas de países exitosos, son en México una rareza.

Por su parte, en la ciudad, que es el locus y el sustrato de toda convivencia social y, por tanto, del deporte, es un espacio público que se degrada y envilece. Prácticamente no se construyen más instalaciones deportivas públicas, las existentes, antes espléndidas, se han rendido en su mayoría a otros fines, o al abandono y a la decadencia; mientras que banquetas, plazas, parques, calles y jardines han sido conquistados por el ambulantaje, el vandalismo, la inseguridad, la basura y el grafiti. No olvidemos que espacios públicos dignos y aptos para el juego y la práctica espontánea del deporte son el terreno donde se siembran, germinan y arraigan redes sociales e instituciones (familias, equipos, clubes, empresas, escuelas, ligas, asociaciones y federaciones). Éstas después se multiplican, enlazan e interactúan productivamente con entidades privadas y de gobierno interesadas en la promoción del deporte. Es el binomio indispensable entre el espacio público y la sociedad civil; no se desarrolla uno sin la otra, y en ausencia de las dos, el deporte organizado, cuando más, es una farsa mediocre y deprimente.

La escuela, que podría compensar esa ausencia, arroja a los niños al sedentarismo y a la vagancia desde las 12:30 de la tarde (las escuelas públicas) y por supuesto carece de mínimos equipamientos deportivos. El contraste con otros países es traumatizante.

Por último, el corporativismo en el deporte organizado corrompe y destruye.

Las asociaciones estatales de cada deporte que debieran ser auténticas asociaciones civiles, lo son mayoritariamente sólo de membrete, en el mejor de los casos, e integran con una lógica piramidal y clientelar a las federaciones nacionales.

Los institutos estatales del deporte improvisan en paralelo lo que pueden, con medios de precariedad vergonzosa (ver al Instituto del Deporte del DF).

Las federaciones son el dominio de burócratas y caciques, que las controlan por medio de asambleas simuladas o manipuladas, la compra-venta de favores, y a través de la exclusión y veto a clubes, organizaciones y deportistas no afines.

Todas las federaciones se alimentan con presupuestos de gobierno (Conade) y se sostienen políticamente desde arriba gracias al cacicazgo supremo de la Codeme (Confederación Deportiva Mexicana). Esta perversa estructura es hasta ahora intocable.

Por todo esto, perdemos.