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Opinión

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Política anticíclica

Isaac Katz

El choque real negativo que afecta a la economía mundial derivado de la pandemia de coronavirus es mayor que el que se experimentó durante la recesión mundial del 2009. Es un choque dual, tanto por el lado de la oferta como de la demanda. Por el lado de la oferta, primero el aislamiento de China seguido por otros países en varias partes del orbe ha dislocado las cadenas productivas a nivel mundial. Por el lado de la demanda también se ha experimentado una caída en la demanda mundial de bienes y servicios: materias primas, servicios de transporte aéreo y marítimo, restaurantes, etcétera, a lo que hay que adicionar la decisión de Arabia Saudita de aumentar su producción de petróleo, que ha repercutido en una caída todavía más pronunciada del precio.

Nos encontramos en una espiral decreciente de la actividad económica mundial que apunta hacia una significativa recesión, quizás más profunda que la de la Gran Recesión del 2009. Para la economía mexicana, en la ultima encuesta realizada por Citi entre analistas privados estiman una caída del PIB para todo el año de 3% (aunque probablemente será mucho más profunda, quizás 6 por ciento). Sin duda, el choque negativo agarró a la economía mexicana en un pésimo momento, con un estancamiento el año pasado derivado de graves errores de política pública y de política económica y con finanzas públicas significativamente débiles, tanto por la reducción esperada de los ingresos tributarios como de los petroleros y, de manera notoria, la muy débil situación financiera de Pemex. Lo anterior me lleva a que el margen de maniobra para una política fiscal contracíclica es muy bajo, a menos que el gobierno decida modificar significativamente dos decisiones de política: deuda pública e inversión pública.

Cuando la economía enfrenta un choque real negativo muy significativo, como éste que hemos de experimentar, la política económica recomendada es una combinación de una fiscal expansiva incurriendo en deuda, si se puede principalmente externa, junto con una política monetaria y financiera que garantice liquidez y el funcionamiento del sistema de pagos de la economía. Lo segundo ya lo anunció el Banco de México el viernes pasado. Falta, sin embargo, la parte fiscal.

El presidente necesita ser convencido de que en la situación crítica que se espera que detone en las próximas semanas y meses tiene que cambiar su postura de “cero déficit, cero endeudamiento” y aceptar que, transitoriamente, se incurra en un flujo de endeudamiento, aunque se tengan que pagar mayores tasas de interés. Adicionalmente, es indispensable suspender (aunque sería mejor cancelarlas definitivamente) las obras en Dos Bocas y en Santa Lucía, así como suspender la producción petrolera en campos no rentables a los precios vigentes y utilizar los recursos programados en otros usos, principalmente el sector salud y apoyos fiscales a las empresas y a sus empleados. Para las empresas esto incluye retrasar el pago de impuestos, principalmente los pagos provisionales del ISR, agilizar las devoluciones del IVA, así como permitir la deducibilidad total e inmediata de la inversión en capital física, lo que permitiría, al menos, atenuar el impacto sobre la economía, tanto en el nivel de la actividad como en el empleo. Seguir con lo mismo garantizaría una profunda y larga recesión.

Por otra parte, es indispensable garantizar que aquellos empleados derechohabientes del IMSS que pierdan su empleo sigan teniendo acceso a los servicios de salud que provee está institución, inclusive por un periodo mayor de las ocho semanas que establece el artículo 109 de la Ley del Seguro Social.

Finalmente, si el gobierno sigue generando incertidumbre jurídica para la inversión privada, la recesión será todavía mayor.

ikatz@eleconomista.com.mx

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