El filme Parasite del director Bong Joon-ho arrasa con la temporada de premios cinematográficos y también nos hace reflexionar sobre las inequidades con el poderoso ejemplo de la comida.

Parasite es la aclamada cinta coreana que no escapa de ninguna nominación en las entregas de premios cinematográficos internacionales. Ganó ya la Palme d’Or, y se perfila para ganar en los premios Oscar. Siendo simplistas, podríamos decir que Parasite es un filme que trata sobre la lucha de clases. Pero va más allá, demostrando cómo las inequidades y las injusticias son vividas por parte de dos familias coreanas, una pobre y una rica, que en un momento de sus vidas empiezan a coexistir de manera cercana. El guion del filme da diferentes giros de tuerca, pero entre los elementos más interesantes, se encuentra la comida como una muestra de las inequidades. La comida también es un elemento central, incluso para las vulnerabilidades de un ama de llaves, o el evento social por el que los miembros de una clase conviven para reafirmar su pertenencia a esa clase.

En algún momento de la película, ante una situación de desilusión del hijo menor de la familia rica, la madre pide al ama de llaves que prepare un plato de jjapaguri para reconfortar al hijo menor. El jjappaguri es la mezcla de udon y de ramen instantáneo. Los noodles instantáneos, desde que fueron inventados en Japón y adoptados como un alimento que se comercializa en el mundo, son uno de los alimentos más accesibles y más difundidos de origen asiático. El detalle con el jjapaguri, que se supone sería una comida democrática, es que la señora insiste en que incluya un pedazo de rib eye. Ésta es la forma en la que ella usa al final el pedazo de carne para distinguirse, por retomar el término que acuñó el sociólogo francés Pierre Bourdieu en La Distinción, para explicar cómo las clases dominantes buscan distinguirse, añadiendo un toque incluso a platillos que podrían ser consumidos de manera masiva. El diseño de arte de la película muestra, también, el contraste de los espacios como sótanos y cocinas superequipadas con vajillas de exhibición, entre las asociaciones culturales que hacemos de los olores y a lo que éstos nos remiten.

En otra escena de la película, se ve cómo la familia de bajos recursos organiza un festín —borrachera alrededor de los alimentos que toman del refrigerador de la familia acomodada. Se pueden distinguir diversos alcoholes, un queso camembert y muchos alimentos de origen “occidental” como un símbolo del acceso diferenciado a ciertos productos en función de los recursos económicos. La “occidentalización”, como un modelo aspiracional en torno a lo que se consume, ha sido uno de los temas mayormente tratados en los estudios sobre los modelos alimentarios de algunos países asiáticos.

Diferentes medios de prensa, sobre todo estadounidenses, han sido etnocentristas en calificar que las cuestiones de inequidad de clase de Parasite son propias de países en desarrollo. Las inequidades sociales, manifestadas en la cotidianeidad de lo que comen, lo que visten e incluso lo que huelen y a lo que huelen las personas son retratadas en la película como una manera de exponer una realidad en la que no hay malos ni buenos. Cuando lo que tiene que decir una película es universal y habla a todo mundo no importando que lo que se coma es un jjappaguri o unos tacos, así es cuando el arte trasciende y logra impactar al público.

Twitter: @Lillie_ML

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.