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Para celebrar septiembre entero
Sepa usted –lector querido– que el protocolo ha cambiado muchas veces. El volumen y tono de la celebración se modifican, pero septiembre sigue siendo el mes de la patria, sabe a tequila, se escucha a mariachi, se viste de tricolor y quiere fiesta. Una muy particular que celebre a gritos que México nació al grito de pedir la libertad y es uno de nuestros pasajes favoritos de la historia.
El calendario atestigua que la primera vez que se celebró oficialmente el Grito de Independencia fue el 16 de septiembre de 1812, todavía en plena lucha. Al año siguiente, José María Morelos y Pavón –no por nada el original y más verdadero Siervo de la patria– incluyó en su documento Sentimientos de la Nación, la ordenanza de que la conmemoración de la Independencia se celebrara siempre el 16 de septiembre. Y así se hizo durante mucho tiempo. El primer presidente que tocó la campana para celebrar el Grito fue Guadalupe Victoria en 1827. Más tarde, Antonio López de Santa Anna –alias “El Quinceuñas” – decidió, como acostumbraba, torcerlo todo y trasladar la fiesta al 15 de septiembre. Desde entonces, llueve, truene o mal rayo nos parta, cada presidente, en punto de las once de la noche del día 15 de septiembre, grita e inicia oficialmente la celebración, muchas veces cambiando los nombres, incluyendo a sus héroes preferidos, olvidando a más de dos o enredándose con la política y la bandera.
Ante el tan moderno y multicitado cambio de paradigma, transitemos hoy, lector querido, por ciertos símbolos que parece van a seguir aquí y no van a cambiar de ropa o ambición. El primero, la campana de Dolores. De ella, podemos decir que es el primer emblema de la Independencia, porque su llamado cambió para siempre el curso de la Historia y a pesar de haber sido olvidada en la Parroquia de Dolores desde julio 1768 hasta agosto de 1896, que fue rescatada por Porfirio Díaz y recibida con honores en la Ciudad de México en el aniversario número 86 de la Independencia, y todavía sobrevive colgada en el balcón central de Palacio Nacional.
El segundo, un símbolo ignorado injustamente, es: el zapato de Doña Josefa. Ortiz de Domínguez, por supuesto. Porque la rebelión comenzó a planearse desde su casa y si no hubiera sido porque se quitó el calzado y comenzó a golpear fuerte en el piso de su cuarto, el alcalde Ignacio Pérez, en el piso de abajo, no hubiera alcanzado a escuchar que debía dirigirse a San Miguel el Grande y enterar al capitán Allende que la conspiración había sido descubierta. Todo se hizo en tiempo y forma: Hidalgo pudo dar el Grito y doña Josefa se convirtió en una heroína nacional. Todo en ella, desde su cabeza hasta su zapato, fueron cruciales para conformar una nación.
El tercero, el paliacate que José María Morelos y Pavón llevaba en la cabeza. Uno de los símbolos más fuertes de la iconografía nacional que nos impide saber cómo era realmente su cabello, pero que pudo ser una pañoleta de trabajo para recoger el sudor de la lucha del cuello y la cabeza, una pieza esencial para sostenerse algún miembro lastimado, hacer un torniquete o esconder el rostro del enemigo. Sin duda, un elemento indispensable para proteger la identidad de un caudillo insurgente.
El último, que entra por la boca, siempre llega en septiembre. Se trata de los chiles en nogada y su historia fascinante:
Cuentan que tras la última batalla, el general Agustín de Iturbide se disponía a celebrar el reconocimiento de la Independencia, desfilando a la cabeza del Ejército Trigarante y era menester apapacharlo. (Que cabalgara triunfante, pero bien comido). El camino era largo y la algarabía muy grande y por ello tuvo que parar en Puebla, donde un grupo de monjas agustinas reclamó participar en la celebración. Para halagar al general, decidieron cocinarle algo original y delicioso, echando mano de los ingredientes de su despensa y de otros propios de la región.
Entonces, en la receta, incluyeron la nuez de castilla de Calpan, la manzana de Zacatlán, el durazno y la pera de Huejotzingo, la granada de Tehuacán y los chiles poblanos de San Martín Texmelucan. Por las prisas, pero con inspiración divina, se les ocurrió mezclarlo todo: cocinar un chile poblano relleno bañado en una salsa de nuez blanca y adornarlo con semillas de granada roja y hojitas de verde perejil. Innecesario decir que tales ingredientes evocaban los colores verde, blanco y rojo de la naciente bandera mexicana y fueron el epítome de la vanguardia culinaria del siglo entero.
Las religiosas fueron muy cuidadosas en la composición, pues habían previsto que si el chile le resultaba muy picoso, la dulzura de la nogada impediría que se enchilara y ya no quisiera comérselo. Sin embargo, la comida tuvo un éxito rotundo y el agasajado repitió tres veces.
Nunca sabremos, lector querido, por qué nos tocó septiembre de mes patrio, si no es tan soleado como julio, ni tan airoso como febrero y no tiene las lunas que miramos en octubre. Será porque puede celebrarse el mes entero.

