Alimentar el espíritu, devorar un libro, hambre de conocimiento. Éstas y otras metáforas que utilizamos como expresiones comunes, involucran dos mundos que curiosamente, siempre han estado ligados: el de la comida y el de los intelectuales.

El intelectual, término ahora desvirtuado y con un uso extendido que generalmente refiere a una persona culta, designa básicamente a aquellas personas que hacen el uso de su inteligencia para desempeñar cualquier actividad profesional. Sin embargo, a todos nos vienen a la cabeza todos aquellos grandes genios que por sus contribuciones y aportaciones cambiaron en muchos sentidos la historia de la humanidad. Revisando los hábitos y costumbres relacionadas a la alimentación de estos personajes, obtenemos variopintas anécdotas.

Tenemos por un lado, a aquellos que creyendo que la comida es un acto banal que sólo distrae a la mente, y la despreocupa de las cosas verdaderamente importantes, consumían dietas frugales para mantener según ellos, la vivacidad cognitiva. Entre estos encontramos al griego Aristófanes y a Steve Jobs, quien se alimentaba casi exclusivamente de almendras, dátiles y zanahorias. En el lado opuesto, tenemos a todos aquellos que desconfiaban de la gente que no gozaba del buen comer y del buen beber, como Thomas Alva Edison, quien entrevistaba a sus asistentes invitándoles una sopa. Si el candidato condimentaba la sopa antes de probarla, era completamente descartado. Representando a amantes de la comida en el límite de lo exótico, Charles Darwin gustaba no sólo de estudiar especies de animales sino también de comerlas en su club de glotones. Ernest Hemingway es célebre porque además de sus contribuciones literarias, era conocido por su afición a la bebida y a la fiesta. Es casi imposible desligar a Van Gogh del ajenjo, y a Balzac de la cafeína que incluso le provocó la muerte- . ¿Serían las grandes obras lo mismo si no hubieran sido producidas bajo el influjo de sustancias estimulantes? Pregunta difícil de responder, considerando que un discurso que pondere la necesidad de este tipo de inspiraciones puede interpretarse como una apología de las adicciones.

Las alegorías gastronómicas también han quedado como muestra del quehacer intelectual. Aquí resulta ineludible remitirnos a la magdalena de Proust, ese panecillo de mantequilla al que el autor hace referencia en Por el camino de Swann. hoy en día, la Magdalena de Proust se usa para designar aquellos olores y sabores que al ser percibidos por nuestro paladar, nos remiten a algún recuerdo: el chocolate de la abuela, los olores de la cocina de mamá, el olor a tierra mojada del terruño, etc.

La tarea del intelectual precisa también del intercambio con pares. Los primeros cafés se posicionaron como los primeros espacios públicos de reunión para discutir ideas. Imposible pensar en la conspiración para la lucha de la Revolución Francesa sin las reuniones Le Procope el restaurant más antiguo de París que aún funciona-que a la postre sería frecuentado por Benjamin Franklin para tomar inspiración ideológica para la independencia de Estados Unidos. Y si de revoluciones se trata, en la Ciudad de México, el Café La Habana es célebre por haber sido el lugar que sirvió de lugar de reunión para la gestación la revolución cubana, sirviendo de lugar de reunión de Fidel Castro y Ernesto Guevara. Además este lugar quedó inmortalizado en la novela Los detectives salvajes , de Roberto Bolaño, quien en este mismo café gestaría el movimiento poético infrarrealista junto a Santiago Papasquiaro.

El legendario Café de Flore, hoy sólo sería un café de jettesers y bohemios burgueses, de no haber sido lugar obligado para Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, entre otros. En México cantinas como la Ópera fueron testigos mudos de la guerra de revolución, hasta las francachelas con partícipes que iban desde un premio nobel de literatura, el muralista, el concertista de Bellas Artes y el cronista de la ciudad.

Las tertulias de Frida Kahlo y Diego Rivera sirvieron de la misma manera, de marco para el intercambio de ideas en la prolífica vida intelectual que caracterizó su época, y el gusto de Frida por la cocina es legendario. El reconocimiento de la cocina como parte esencial de la actividad y evolución humana es homenajeado magníficamente por el premio nobel Günter Grass, en una de sus obras literarias más importantes, El rodaballo. Innumerables son las citas que homenajean el valor de la comida, la bebida y la buena compañía en el comer.

Al final, el genio es una construcción social, en el sentido en que es la sociedad la que determina qué características específicas de un tipo de inteligencia serán consideradas como sobresalientes a los estándares de la época. El genio de una época es el loco en otra época. En cambio, el intelectual es aquel que hace del pensamiento una afición y una profesión. La comida, por su parte, representa un mundo que si bien para algunos puede resultar banal, para otros no es solo un gusto o una necesidad, sino toda una forma de ver el mundo con los ojos de quien encuentra en los olores y los sabores, fuentes de placer, inspiración y por qué no, de disertación.

@Lillie_ML

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

Lee más de este autor