El gobierno de Felipe Calderón magnificó percepciones negras en la opinión pública internacional sobre la inseguridad en México, aunque tuvo éxito al promoverse como adalid en la lucha en contra el calentamiento global. Las primeras ahora mejoran, mientras que la OCDE nos desenmascara casi como impostores en lo segundo en su Evaluación sobre el Desempeño Ambiental de México, presentada el martes pasado.

Es un regaño envuelto en elipsis, cuidadosas omisiones, retórica gentil, y recuentos sobre avances durante la última década. Que si la calidad del aire ha mejorado, que si el volumen tratado de aguas residuales se ha expandido, que si la disposición de residuos en rellenos sanitarios ha aumentado, que si los presupuestos para bosques han crecido, que si es mayor la cobertura de áreas naturales protegidas, que si hay nueva legislación y burocracias climáticas, que si se aplican numerosas inspecciones y evaluaciones de impacto ambiental a proyectos, que si el célebre Programa Especial de Cambio Climático se ha casi sobre-cumplido (¡en 95 % como en la antigua URSS!). En fin, valen, aunque se trate de inercias tendenciales en cualquier país en vías de desarrollo cuya institucionalidad ambiental medianamente funcione. Es el dulce que permite mantener la atención de un menor mientras se le sermonea.

El gobierno calderonista se labró una imagen de virtud en la lucha contra el cambio climático. Logró elogios por la COP 16 en Cancún, a pesar de que ahí se hizo evidente el descarrilamiento del proceso de Kioto. Fuimos competentes facilitadores y organizadores de eventos internacionales (el Salón de fiestas México), sin posiciones claras o liderazgo en materia de políticas. Todavía nos atrevimos a extender una mano menesterosa a la comunidad internacional con el malhadado Fondo Verde, siendo la treceava economía del mundo: un país grande pedigüeño y sin vocación de liderazgo. Ahora, el reporte de la OCDE nos ubica como candil de la calle, indicando perversas políticas internas opuestas a toda racionalidad ambiental y climática; se trata, poco menos, que de un señalamiento de hipocresía. El rey se queda desnudo.

En los primeros 10 años del siglo, las emisiones de Gases de Efecto Invernadero de nuestro país aumentaron cerca de 20 por ciento. La intensidad de carbono de la economía (emisiones de CO2 con relación al PIB) creció significativamente, después de haberse reducido durante los 90 del siglo pasado. También las emisiones aumentaron con respecto al ingreso disponible. México es uno de los pocos países de la OCDE que no han desacoplado el suministro total de energía primaria del crecimiento económico, uno de los fundamentos esenciales para avanzar hacia una economía verde o sostenible. De hecho, el consumo de energía primaria se ha expandido a tasas más elevadas que el PIB. Hay un uso creciente de energía para la extracción de petróleo y gas, al igual que en refinación, lo que revela cada vez más ineficiencias sectoriales, no obstante que seremos importadores netos de petróleo hacia el 2020. La proporción de energías renovables en la producción de electricidad bajó de 20% en el 2000 a 18% en el 2010, a pesar de que en los últimos años culminaron varios proyectos eólicos en desarrollo durante más de una década.

México es el país de la OCDE que ostenta los precios más bajos para los combustibles automotrices, lo que fomenta el derroche y la ineficiencia, y por supuesto, las emisiones de Gases de Efecto Invernadero. Además, es el único miembro de esa organización que subsidia tales combustibles y no los utiliza como base fiscal para fortalecer las finanzas del Estado. Nuestro país también es señalado por ser el único que prácticamente no aplica ningún impuesto como instrumento económico de política ambiental, a pesar de tener la recaudación fiscal más baja con respecto al PIB (menos de 10 por ciento).

Otros gobiernos de la OCDE captan por impuestos ambientales entre 2 y 15% del PIB. México, adicionalmente, subsidia la electricidad y no tiene ningún esquema de pagos de primas por kW/h a los generadores de energía con fuentes renovables. Por otro lado, nuestro país mantiene un sistema de subsidios agropecuarios que inducen las emisiones de CO2 por deforestación e impiden la recuperación y captura de carbono en ecosistemas forestales (Procampo, Progan).

La evaluación ambiental de la OCDE sobre México, si bien está coja, ya que inexplicablemente omite temas vitales como mares y ciudades, es un te lo digo, Juan, para que lo escuches, Pedro . El nuevo gobierno tiene la oportunidad de escuchar y corregir el rumbo.

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