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Opinión

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Nostalgia del Caviar, el odiador número uno

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Las tres ausencias de López Obrador en las mañaneras han mostrado que ninguno de sus colaboradores tiene el tamaño para sustituirlo. Ni Olga Sánchez Cordero ni Adán Augusto López Hernández han hecho un trabajo a la altura de su jefe. Esta última ausencia fue la que mostró en mayor medida las carencias. El presidente López no es, evidentemente, un buen orador, ni siquiera uno medianamente aceptable, tiene un vocabulario limitado, sus deficiencias de pronunciación son notorias, pero logra conectar con un amplio público gracias a sus ocurrencias y la imagen de un hombre del pueblo. Por supuesto, ayuda que las mañaneras están sembradas de preguntones a modo, pero su carisma es genuino. Si no lo fuera, los fracasos y su propia ineptitud ya lo tendrían en una mala situación. 

AMLO ha concentrado no sólo un gran poder político, sino que es el sostén de su “proyecto”, por llamarlo de alguna manera, y es el gran comunicador. Dijo bien cuando señaló que no se necesitaba a Notimex si existían las mañaneras. La única verdad oficial es la que él dice. Si el secretario López Hernández negó que se hubiera desmayado el pasado domingo 23 de abril, no hay que creerle; si el doctor Alcocer afirma que no hubo crisis de salud tampoco hay que creerle. La única verdad es la del mandatario, quien admitió que sí se desmayó y que sí hubo crisis (“me hizo crisis”). 

Estas características representan la gran fuerza del presidente, pero también significan la gran debilidad del gobierno, de su partido y de sus precandidatos. Sin AMLO no hay unidad, ni siquiera una aparente, y tampoco capacidad de comunicar los mensajes necesarios para salir adelante. Esto se demostró en los pocos días que duró su ausencia. El gobierno y MORENA están en problemas sin López Obrador. Son débiles porque la fuerza y el carisma no se contagian. Si se retira victorioso después de la elección de 2024, los siguientes comicios barrerán a Morena. 

El partido del presidente no está cerca de lograr lo que el PRI tenía: una estructura territorial y política más allá del presidente en turno. Era esta estructura, que se ponía sexenalmente en manos del mandatario en turno, lo que lo hacía fuerte. En el caso de MORENA es al revés, la fuerza del partido le cae de su jefe político. Me temo que este diseño ya no se puede cambiar, así nació y así lo procura mantener López Obrador. Esto deviene del hecho de que el proyecto del presidente es él mismo, no la cuarta transformación, cualquiera cosa que sea eso. 

Si políticamente AMLO parece ser sólido, físicamente podría ya no estar todo lo entero que se requiere para llevar adelante todos los proyectos que quiere dejar. Su legado será de palabras y grandes obras deficientes. La fuerza de votos no está aquí sino en los programas asistenciales con los que ha creado clientelas probablemente leales. Aunque podría apostar que los millones que estarían dispuestos a votar por su partido no están convencidos de que su gobierno lo esté haciendo bien, sino que las condiciones de pobreza los llevan a tratar de cuidar los recursos que reciben. En este punto, la oposición no ha desarrollado una buena y creíble línea discursiva, lo que es muestra de su miopía. 

En otro tema, AMLO, el secretario de Gobernación y el séquito mañanero se quejan de la campaña de odio contra el tabasqueño. Y sí, hubo muestras de odio durante su ausencia, pero estas no vinieron de los medios, los opositores o los periodistas. La mayoría de estas muestras de odio, que lo daban por muerto o de estar escondido mientras su partido mayoriteaba en la Cámara de Diputados, provenían de ciudadanos y ciudadanas cansados de la demagogia, la hipocresía y los abusos del actual régimen. Los medios sólo se quejaron de la falta de información oportuna y verosímil.  Las palabras del presidente en ese video de su reaparición les dieron la razón: no hubo información verídica. 

Sin embargo, el origen de ese odio hacia la persona de López Obrador es un reflejo del odio que ha destilado el presidente durante cuatro años de gobierno y más de una década de candidato. AMLO es el gran odiador. Todos los días acusa con nombre y apellido a periodista, intelectuales y opositores, los insulta y les dirige palabras que revelan ese odio producto de su creencia de que estuvieron en su contra y le escamotearon triunfos y reconocimientos. 

El caso del presidente López demuestra que el odio puede ser contagioso y es una buena arma política. Pero hasta en eso hay talentos. Ninguno de sus aspirantes a la candidatura presidencial guarda en su pecho tanto odio y tanta capacidad para expresarlo. Las posibilidades del odio, como diría María Luisa Puga. 

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