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¿Nobel a los bienes comunes?
Casi todos hemos sabido y experimentado que lo valioso, y que además pertenece a todos o a muchos, se dilapida, sobreexplota, degrada y/o agota. Los ejemplos abundan: bosques, pesquerías, atmósfera, acuíferos, calles y parques, koljoses soviéticos y ejidos, paisaje urbano y rural. .
De hecho, prácticamente todos los problemas ambientales que laceran a la civilización moderna caen en ese protocolo teórico: la tragedia de los recursos comunes, acuñada hace cuarenta años por Garret Hardin.
Si fuese falsa la metáfora de Hardin viviríamos en una arcadia ecológica. Pero Elinor Ostrom, recién galardonada con el Premio Nobel de Economía, brillantemente nos ha dicho que no siempre; que hay ocasiones en que los usuarios o propietarios (siendo políticamente correctos: las comunidades) se las arreglan para hacer un aprovechamiento sostenible de sus recursos sin la intervención externa del Estado, y mejor, sin privatización. Su obra cumbre, Governing the Commons es espléndida.
Ostrom ha peinado el mundo buscando ejemplos de sustentabilidad comunitaria y los ha encontrado: praderas en Suiza, áreas de pesca en Asia y América del Norte, sistemas colectivos de irrigación en España, y hasta algunos bosques mexicanos. Desgraciadamente son excepciones a la tragedia de Hardin.
La misión intelectual asumida por Ostrom ha sido refutar a Hardin, pero también a Mancur Olson, quien hace cuatro décadas propuso que los costos de emprender iniciativas de beneficio común, al recaer en individuos específicos (frente a beneficios potenciales difusos y comunes), inhibirían las acciones colectivas -The Logic of Collective Action.
El mérito de Ostrom, sin embargo, no es haber derrotado a Hardin y a Olson, sino haber explicado las excepciones a sus rotundos y universales argumentos. Es haber descubierto formas de superar la tragedia de lo común cuando no son posibles o aconsejables la regulación del Estado o la propiedad privada para solucionar los problemas (o generar bienes públicos).
Ostrom es clara y didáctica en ello; la clave está en las instituciones locales. ¿Cuándo es posible y viable la acción colectiva autónoma para el manejo exitoso de recursos comunes? Cuando los actores locales son suficientemente pocos para ponerse de acuerdo, cuando tienen intereses y cultura común, cuando existe información compartida, cuando hay confianza mutua, cuando hay sanciones creíbles al incumplimiento de las reglas y cuando los famosos costos de transacción son bajos.
Por cierto, el concepto de los costos de transacción hace de Ostrom una distinguida exponente del neo-institucionalismo económico.
Irónicamente, siendo emblema intelectual de una cierta izquierda ilustrada -por su defensa de las capacidades colectivas-, aquí Ostrom se alía involuntariamente con una de sus némesis ultra-liberales (¿lo saben?): Ronald Coase, también premio Nobel.
Coase afirmó en los años 60 que, ante costos de transacción bajos, el acuerdo y los contratos directos entre actores privados hacen innecesaria la intervención del Estado. En fin, Hardin, Coase, Olson y Ostrom son mentores verdaderos de lo verde en serio. Enhorabuena el Nobel.?
gquadri@eleconomista.com.mx