Hace poco hice una asesoría a una persona que tenía 15 tarjetas de crédito distintas. Inmediatamente pensé en lo complicado que debía ser administrar tantas fechas de corte y de pago distintas. Le pregunté y me dijo simplemente que su secretaria le manejaba todo eso, lo cual a su vez representa un riesgo porque implica que otra persona tenga completo conocimiento de sus gastos y quizá también de su patrimonio.

Alguna vez, cuando salí de la universidad y empecé a formar un hogar, también tuve varias. La razón fue sencilla: acababan de operar de urgencia a mi padre en un hospital privado y a pesar que contaba con seguro de gastos médicos mayores, el hospital exigía un depósito o una garantía.

Entonces, como apenas empezaba a trabajar y el límite de crédito que me daban era muy pequeño, busqué tener varias. Siempre de manera disciplinada y pagando el saldo total cada mes. Jamás las he usado para endeudarme.

Mi buen comportamiento crediticio poco a poco me abrió las puertas a ofertas de incremento en mi límite de crédito. Cuando pude también saqué una de esa tarjetas de servicio sin límite preestablecido de cargos, que utilicé con regularidad. Hoy no la tengo más, por su altísimo costo y menores beneficios comparados con otras.

También en su momento, cuando pude comprar un departamento y dejar de rentar, había que poner cortinas y algunos pocos muebles. Entonces saqué dos tarjetas de crédito departamentales que ofrecían 10% de descuento el primer día de uso, en adición a todas las demás promociones y descuentos que había en la tienda. Dado que me disponía a hacer una compra de un monto elevado, valía la pena aprovecharlo.

Pero, como dije, poco a poco la administración de mis finanzas personales se empezó a complicar.  A pesar de que llevaba un calendario con fechas límite de pago, más de una vez la actividad en el trabajo (citas fuera de la oficina todo el día, regresar tarde por la noche) hizo que más de una vez se me pasara la hora límite para pagar. Curiosamente en ese tiempo los bancos tenían un horario mucho más restringido en su banca electrónica y después de cierta hora ya no era posible hacer pagos. hoy en día eso se ha flexibilizado bastante.

Decidí entonces simplificar el manejo de mis finanzas personales y hacer todos mis pagos dos días del mes, en las fechas que a mí me fueran convenientes (siempre antes de mi fecha límite). Eso ayudó muchísimo, salvo que todavía tenía que estar haciendo varios pagos y eso me llevaba tiempo. Además, en el caso de las tarjetas departamentales, no siempre podía hacerlo en línea: tenía que ir físicamente a una tienda.

También me di cuenta que había varios meses que no casi no utilizaba ciertas tarjetas, porque quería maximizar un programa de recompensas en específico. Además algunos bancos empezaron a sacar promociones en los que bonificaban la cuota anual si se cumplían ciertas condiciones.

Entonces me pregunté si realmente necesitaba tantas y decidí quedarme con dos bancarias, de marcas distintas e internacionalmente aceptadas. Cancelé todas las departamentales y la de servicio, porque me empezó a doler la anualidad y realmente no la necesitaba. ¿Por qué dos? Porque si alguna tiene un problema (por alguna razón la rechazan, encuentro algún cargo no reconocido o me la tienen que cambiar), puedo usar la otra. No necesito más y con ellas vivo muy tranquilo.

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Joan Lanzagorta

Coach en Finanzas Personales

Patrimonio

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia.

Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com