El primero, Ulises Ruiz, gobernó tan mal Oaxaca y dividió tanto a su partido que virtualmente le entregó el poder ejecutivo de su estado a un sucesor surgido de la oposición que finalmente resultó igual o peor que él. Fue un gobernante autoritario y ahora dice que quiere defender a la democracia.

El segundo, Fernando Lerdo de Tejada, utilizó la tribuna de la Cámara de Diputados, se dice que por órdenes de su entonces suegro, para tratar de impedirle la entrada al país a Madonna porque, según él, la reina del pop promovía “los antivalores más agudos, tales como el homosexualismo, el lesbianismo, las prácticas sodómicas [...] la proclividad al vicio y las malas costumbres”.

Y el tercero, Alito Moreno, prefirió abandonar a sus paisanos y la gubernatura que durante años tanto ambicionó para dirigir a su partido hacia la derrota que los votantes le propinaron el pasado 6 de junio. Su cinismo es tal que, pese a haber acabado con lo que quedaba de su partido, se niega a renunciar a la presidencia priista y pretende liderar a los próximos diputados federales del PRI.

Estos son los Tres Chiflados que pretenden refundar, reorganizar y redireccionar, resucitar diría yo, al que durante 71 años fue el partido político dominante en México.

Nació como el Partido Nacional Revolucionario (PNR) y fue fundado desde el poder en 1929 por un grupo de militares liderados por el entonces hombre fuerte y “Jefe Máximo de la Revolución”, el expresidente Plutarco Elías Calles.

No sólo nació desde el poder, sino que fue concebido para mantenerlo en las manos de quienes finalmente ganaron la guerra civil que se inició después del asesinato de Francisco I. Madero, en febrero de 1913.

En 1938 se refundó como el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y en 1946 como el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Los 13 presidentes que tuvo México de 1932 al 2000 pertenecieron a alguna de sus tres versiones.

De 1929 hasta 1989 todas las gubernaturas estuvieron en manos priistas y hasta 1997 el PRI tuvo la mayoría absoluta en el Congreso.

Y, hasta 1988, cualquier persona que aspirara a desarrollar una carrera política, se afilió al PRI sin que le molestara en lo más mínimo que los gobernantes priistas, tanto federales como locales,  hayan sido antidemocráticos, represores y hasta asesinos.

Ni los sangrientos eventos de 1952, 1968 y 1971, entre otros, que resultaron en cientos de muertos a manos de policías y soldados, motivaron a que no ingresaran al PRI personajes como Cuauhtémoc Cárdenas, Muñoz Ledo, Ebrard, Bartlett y López Obrador, por mencionar a algunos.

Los que lo abandonaron a partir de 1987 lo hicieron porque aceptaron que ya no tenían futuro político en ese partido, no porque de repente descubrieran que lo suyo era la democracia.

Derrotado en las elecciones presidenciales del 2000 y el 2006, el PRI ganó de nuevo con Peña Nieto la del 2012, para otra vez perder, de manera catastrófica, la elección del 2018 en donde su candidato, que ni era priista, quedó en el tercer lugar. Como resultado de la elección de julio del 2018, el PRI quedó reducido al tercer lugar en el Senado y al quinto en la Cámara de Diputados.

Dudo que alguno de estos Tres Chiflados sea capaz de salvar al PRI. Mejor papel que este trío lo harían Larry, Moe y Curly.

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Eduardo Ruiz-Healy

Periodista y productor

Columna invitada

Opinador, columnista, conferencista, media trainer, 35 años de experiencia en medios de comunicación, microempresario.

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