En diversos círculos de estudios y especulación política de Estados  Unidos y de Europa, se discute por parte de destacados economistas el modelo económico que podría ser el más justo, dada la evidente desigualdad y desempleo que caracteriza al mundo. Destacan las referencias al modelo socialdemócrata escandinavo que se define por una economía de mercado en la inversión, producción, consumo, desarrollo tecnológico y una fuerte redistribución de ingresos por parte del gobierno a través de servicios públicos.

Ésta es una valiosa experiencia, útil para América Latina, que pasa por momentos de incertidumbre después de un recorrido agridulce con el modelo denominado Consenso de Washington, que consistió en avanzar en una estrategia de desarrollo abierto a la competencia externa, más desregulado, la privatización de empresas públicas y una menor participación del sector público en las esferas productivas. Ello significó debilitar a la economía mixta y a los enfoques keynesianos de la política económica que venían desde los años 40.

El cambio de paradigmas propició el desarrollo de dos experiencias productivas. Una fue el TLC entre México, EU y Canadá, que ya fue modificado (ahora se denomina T-MEC) y que sólo está pendiente su ratificación por parte de los congresos de EU y Canadá. Para México significan ajustes importantes en la política laboral, en el contenido importado de las exportaciones y en comercio digital. El otro desarrollo es el Mercosur, orientado al comercio con Europa, concentrándose en las industrias procesadoras de recursos naturales, productos primarios como hierro y acero, celulosa y papel, y aceites comestibles.

Estas experiencias si bien ofrecieron resultados positivos, faltaron políticas complementarias integrales para las economías latinoamericanas. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe recomendaba insistentemente el diseño de políticas con nuevos marcos regulatorios, políticas de desarrollo productivo y tecnológico, nuevas acciones de fomento de la competencia, que motivara acelerar el ritmo de crecimiento de la productividad global y asegurar una mayor equidad en la distribución de los beneficios.

El Consenso de Washington fracasó en lo fundamental: el crecimiento económico y la equidad. Ello a pesar de que hubo periodos de bonanza en los precios de las materias primas y que ahora se revierte.

La región tiene la necesidad de buscar salidas a la desaceleración económica y a la injusticia social. No debe limitarse a incentivar unas pocas islas de modernidad rodeadas de pobreza. Ello explica que la población salga a la calle a protestar.

Sobre las bases de que no hay fórmulas mágicas ni milagros económicos, es pertinente diseñar políticas sectoriales y regionales consensuadas por los intereses públicos, privados y sociales.

También hay que advertir que existen condicionamientos globales y geoestratégicos dada la interdependencia internacional. A continuación algunos: 1) la conformación del liderazgo mundial entre EU, China, la UE y Rusia; 2) el lento crecimiento económico mundial; 3) las elecciones en EU en este año que determinarán cambios o la continuidad de la política exterior de ese país; 4) el rechazo de los países desarrollados a la migración proveniente del tercer mundo; 5) la transición de una economía carbonizada a otra verde para contribuir a reducir el cambio climático. Esto conduce a desarrollar las alternativas limpias de producción de energía, 6) la guerra comercial entre EU y China continuará, aunque con menor tensión; 7) los monopolios despiadados de tipo tecnológico que manipulan a los políticos y explotan a los ciudadanos; 8) el futuro del precio del petróleo si se agudizan las tensiones en Medio Oriente.

América Latina tiene que verse a sí misma y apoyarse. La historia lo demuestra con experiencias valiosas en el pasado, intentando la integración regional. Geopolíticamente, si estamos divididos somos débiles, si nos unimos tenemos capacidad defensiva.

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.