Comenzó el verano y, con él, la añoranza de los viajes; ocasión para revisitar la Ciudad de México con la guía de tres plumas viajeras

 

Que una golondrina no hace verano, ya lo sabíamos. Pero también estábamos seguros de que eran tiempos de calor, sol rutilante, ropa ligera, cielos luminosos y vacaciones. Pero no ha sido así, llevamos lo que va del verano quitándonos y poniéndonos el suéter, cargando el paraguas por si acaso y reprimiendo las ansias de visitar tierras anheladas y lejanas. Pero no hay tiempo ni dinero, lector querido. Solamente el camino que está ahora a nuestros pies y, para viajar, nada más las memorias de los que nos visitaron.

Fueron muchos los que, siguiendo la tradición de los viajeros europeos, llegaron hasta aquí y escribieron crónicas y notas sobre la Ciudad de México. Algunas mejores que otras y no siempre de la misma época. Luis González Obregón, por ejemplo, nacido en Guanajuato en 1865, a su llegada a la ciudad de los palacios, se dedicó a reunir un gran acervo documental y pintó un cuadro insuperable de cómo era el bullicio citadino justo en el año de 1810. En su increíble libro, La vida en México en 1810, escribe:

“Más de cuatrocientas calles y callejones tenía entonces la ciudad de México, que ostentaban en las esquinas, y en placas de barro vidriado con negros caracteres del siglo XVIII, los nombres que les habían impuesto; y eso sí, la mayor parte eran anchas, espaciosas y tiradas a cordel. Crecido también era el número de carros que diariamente recorrían las calles, incomodando con el ruido infernal de su tráfico, cimbrando los edificios con lo pesado de sus cargas, estropeando el empedrado, y causando no poca alarma a los buenos habitantes. Los carros iban tirados por cuatro mulas, colmados de piedras, sacos de harina, tercios de azúcar, barriles de vino o pulque, y los más de una porción de vigas, y encima de ellos el conductor, que conservando un perfecto equilibrio con las rodillas, un poco encorvado y separados los pies, con la una mano dirigía los brutos y con la otra llevaba una vara larga con su corderillo, que en el remate tenía atada una pequeña piedra, la que le servía de látigo. Los cargadores que transitaban por las calles el bendito año de 1810 conducían en las espaldas, en los hombros y en las manos, pesados tercios, largas y gruesas vigas, y grandes cazuelas de espeso y caliente mole. Imaginen al escobero picando con las puntas de los popotes a un distraído transeúnte; al vendedor de sebo untar el rostro de un meditabundo poeta con la pestilente mercancía; al vendedor de asaduras sancochadas, manchar el flameante levitón de un almibarado caballero; a la chimolera, ungir con sus albóndigas o mondongos hirviendo, la mantilla airosa de una señorita”. Cualquier vecino ocioso u ocupado que transitara por las calles antes del toque de queda—nos cuenta González Obregón— se vería expuesto a que el buen sereno —aquel hombre que decía la hora y era el velador de todos los ciudadanos— empezara a sonar su campana y a dar voces de auxilio para llamar a la ronda.

En contraste, Adolfo Dollero, un italiano que tuvo la suerte de llegar a México en el verano de 1910, describe en su libro México al día una ciudad completamente diferente:

“México es un caleidoscopio. A cada momento la escena cambia radicalmente o cuando menos se modifica. Después de la cárcel de Belén, sigue una calle muy amplia con graciosas casitas de dos pisos al estilo norteamericano. Es la avenida de los Arcos de Belén. En seguida el gran edificio de la Compañía Cigarrera Mexicana, la calle Bucareli y las colonias Juárez y Roma que constituyen los barrios aristocráticos y modernos por excelencia, dignos de la más hermosa ciudad del mundo. Allí todas las construcciones son elegantes y de arquitectura muy variada: las calles son amplias, muy limpias y bien pavimentadas y fajas de jardines con arbolitos que denominan truenos corren paralelamente a las banquetas. Reinaba una calma absoluta, solamente interrumpida de vez en cuando por el paso de algún automóvil o de algún coche elegante. Parecía un rinconcito de Europa que hubiera sido trasladado allá por un misterioso poder sobrenatural”.

La mejor de las cronistas

Otros viajeros llegaron cuando el recuerdo de aquellos que, a punta de golpes y gritos de independencia habían despojado a España de su mejor territorio conquistado, se había desdibujado. Cuando España había firmado un Tratado de Paz y Amistad con México y don Ángel Calderón de la Barca y su mujer llegaron a nuestro país en misión diplomática. Corría el año de 1939 y el verano apenas había comenzado.

A pesar de su apellido de aroma literario, don Ángel nada tenía que ver con las letras. Pero su mujer sí. Llamada Frances Erskine Inglis, escocesa avecindada en Boston, era fanática de todo lo hispano, escritora de a ratos, muy entusiasta lectora y resultó ser una de las mejores cronistas de viajes sobre nuestro país. Cuentan que a los 32 años —ya alarmada su familia por su inminente soltería— había aceptado la propuesta matrimonial de don Ángel Calderón que, a pesar de haber alcanzado la cincuentena, no tenía malos bigotes. En ese mismo año, 1938, se realizó la boda y ya sin apellido de soltera, convertida en madame Calderón de la Barca, se dispuso a viajar a México con su marido. En 1939 desembarcaron en Veracruz sin saber que se quedarían mucho tiempo, como disfrutando unas “eternas vacaciones de verano”.

Muchos días antes de tocar tierra, madame comenzó a escribir copiosas cartas a su familia de Boston describiendo puntualmente lo que sus inquietos ojos descubrían. La primera misiva describe sus impresiones al llegar desde la barandilla del barco y decía así: “El aspecto de todo lo que estamos viendo mientras nos vamos acercando es de lo más desconsolador que puede uno imaginarse. De un lado, la fortaleza con sus murallas rojinegras; del otro, la ciudad miserable y tétrica, llena de bandadas de grandes pájaros negros llamados zopilotes”.

Poco a poco y sin saber que sus cartas acabarían reunidas en dos tomos bajo el título La vida en México durante una residencia de dos años en ese país, madame Calderón fue descubriendo los encantos, curiosidades y peligros de estas tierras. Ya para el 10 de julio de 1840, Madame escribía fascinada:

“No hay mujeres más afectuosas en modales que las mexicanas. De hecho, un extranjero, especialmente si se trata de un inglés y es retraído y acostumbrado a la frialdad de sus compatriotas, sólo tiene que vivir aquí algunos años, entender el idioma, habituarse al peculiar modo de ser de las mujeres, para darse cuenta de que las señoritas mexicanas son, sencillamente, irresistibles”. Resultan excelentes esposas, dice, pero advierte que “cuando un inglés se casa en México debe estar preparado para echar raíces aquí, porque es muy raro que una mexicaine pueda vivir fuera de su patria. Echan de menos el clima, la comida y aquel afecto cálido y cordialidad que aquí las envuelve. Son verdaderas patriotas y sus deseos no van más allá de su propio horizonte”.

Después, carta, tras carta, madame Calderón de la Barca escribe sobre todo lo posible: las tortillas, la vestimenta, las fiestas de Semana Santa, la manera de hablar, los menjurjes y platillos chilangos. Pero más pronto que tarde, llegó la ocasión en que tuvo que abandonar su estilo costumbrista y asistir a la asonada federalista de Gómez Farías, encerrada en su casa y oyendo las balas pasar sobre su cabeza. Debe ser “la forma de proceder de los mexicanos”, escribía en sus últimas cartas mientras su visita a nuestras tierras terminaba.

No le quepa duda: los viajes son los viajeros y ningún verano se parece a otro.