La noche del domingo se estrenó el primer episodio de la temporada siete de The Walking Dead. Advertencia: el texto habla sobre lo que sucede en ese episodio, si no quieres que te cuenten antes de verlo no lo leas.

La respuesta a la interrogante de siete meses: quién resultó ganador del de-tin-marín de Negan en el vilipendiado final de la temporada seis.

Para la parte moderada de la crítica, el resultado fue decepcionante. Para el resto, francamente repugnante. El uso de la palabra decepcionante implica que uno tenía expectativas distintas y que el episodio estuvo debajo de ellas. En ese sentido no fue decepcionante, sino perfectamente consistente con la decadencia de la serie.

Sus productores habían recibido fuego por dos sucesos: la tomada de pelo que rodeó la muerte...siempre-no...de Glenn (Steven Yeun) en aquel episodio del contenedor de basura y la horda de zombis. Y, por supuesto, por cÓmo cerraron la temporada.

El equipo encabezado por Greg Nicotero prometió redimirse en un episodio épico que cambiaría todo... gracias a la introducción de Negan, un villano que haría palidecer al Gobernador (no me refiero a Duarte).

Se volvieron a equivocar. No sólo leen mal a la crítica, sino que parece que no tienen idea por qué su serie fue tan exitosa hasta su cima creativa por ahí de la temporada cinco (17 millones de espectadores).

Las series de TV son episódicas o mantienen arcos narrativos de largo plazo. En el primer caso, lo importante es el caso de la semana, en el segundo la confluencia de las historias individuales de sus personajes junto a la tensión creciente provocada por sucesos externos.

La gran mayoría de las series del segundo tipo barajan temas en sus episodios: el episodio de padres e hijos o el de redención , donde las pequeñas historias merodean el tema. Algunas usan ambos modelos, pero TWD siempre ha sido marcada por un solo arco: la supervivencia de un grupo de personas frente al apocalipsis zombie.

Los zombies, esos caminantes llenos de gore y salpicones de sangre son lo de menos. Son un pretexto para cuestionar la tensión, los hilos de humanidad que los protagonistas se van arrancando para sobrevivir, las alianzas que forman, preguntarse si serán lo suficientemente fuertes para salir adelante cuando lo que llamamos civilización desaparece.

En un principio, cuando Frank Darabont desarrolló el cómic de Robert Kirkman, ese era el centro de la trama. Después, las preguntas interesantes se acabaron y lo único que quedó fue el valor de shock: perturbar y sacudir al espectador. El equipo creativo empezó a abordar la serie como un reality donde la única manera de seducir al espectador es amenazarlo con eliminar a un participante. En TWD (como por momentos en Game of Thrones) el teaser por excelencia se volvió ¿a quién vamos a matar ahora?

Su estructura: mata un personaje, mata veinte zombies, mata un villano, enjuaga y repite. El problema de ese modelo es que los personajes de culto son un recurso no renovable. Cualquier personaje nuevo importa menos. No hay tiempo de desarrollarlo más allá del estereotipo. Y te convences que el público no te va a perdonar que mates a alguno de los más populares.

El engañoso final de la temporada seis iba de la mano con una campaña que decía podemos matar a quien sea con este bat ...nos vamos a atrever...nada será igual. Falso. Los creadores nunca matarían a Rick (Andrew Lincoln), a Carl (Chandler Riggs) o a Daryl (Norman Redus) porque se quedan sin serie. Tampoco a ninguna mujer. ¿Qué provocaría en EU matar a batazos a una mujer latina, negra o embarazada a cuadro?. Tampoco podía ser Aaron (Ross Marquand), el nuevo. Quedaban tres...

La única sorpresa de este episodio fue su mal gusto. En una serie protagonizada por el gore y las situaciones extremas desde el principio, uno pensaría que los espectadores estábamos acostumbrados a todo, que su violencia recurrente nos había adormecido lo suficiente. Nos equivocamos, pero la violencia gratuita, el porno de tortura, no tiene atractivo dramático. Es un ejercicio vacío que después del shock inicial se vuelve aburrido. La sensación que deja es malestar.

Ya lo he dicho, a Nicotero no le importan sus personajes, le importa el rating. El golpe de efecto es más importante que la consistencia. Se despacha a Abraham (Michael Cudlitz) como si aplastara una sandía cualquiera y después al amado Glenn en una escena grotesca sin dignidad alguna (más allá del gran trabajo de maquillaje). Una especie de guiño al cómic donde Glenn también muere a manos de Negan. Como si la producción estuviera obligada a seguir los designios del material fuente para amarrar al público del Comicon.

Ni siquiera cumple en contarlo directamente. Nos receta 20 minutos de relleno, incluidos algunos de los peores diálogos (Lucille tiene sed...es un bat vampiro) y flashbacks tramposos para seguir jugando con el espectador. La verosimilitud no le importa: El ritual dura toda la noche. Negan pontifica más que un villano de Bond. Su lugarteniente que lleva al apocalipsis zombie, por si se ofrece, un plumón azul. La febril embarazada que los forzó a estar en esa situación se queda de rodillas horas sin desmayarse. Etcétera.

Más tramposa aún es la sensiblería detrás de esa imagen de almuerzo dominical con Glenn en la cabecera. El video de salida del reality. Como si ahora sí se hubiera perdido la esperanza del final feliz. ¡Es el apocalipsis zombie! La esperanza la perdimos desde que Sophie salió del granero.

El único muerto que todavía camina es la serie misma (pero aún no se entera).

@rgarciamainou