Aparte de golpes militares y revoluciones, existe otra manera de hacer quebrar a las democracias, de una forma gradual, a veces imperceptible, a manos de líderes populistas y demagogos electos que subvierten el proceso mismo que los condujo al poder; como lo señalan Levitsky y Ziblatt en Cómo mueren las democracias. Las acciones que subvierten la democracia son con frecuencia legales, en el sentido en que las aprueban congresos, asambleas o tribunales. Incluso pueden ser medidas populares formuladas bajo coartadas de austeridad, democracia directa, lucha contra la corrupción, eficacia y unidad. No se identifica un único momento de quiebra, como puede ser un golpe de Estado o ley marcial, o suspensión de la constitución; el régimen se convierte en una dictadura de manera sutil, que no enciende rechazos ni reacciones masivas en la sociedad. Quienes lo notan y advierten son señalados como alarmistas, exagerados, corruptos, o enemigos del pueblo. Una mayoría hace popular al populista, es aquiescente o se somete de manera inercial; trata de proteger sus cotos e intereses, negocios, posiciones, proyectos y profesiones, recibe subsidios, espera dádivas y contratos, o bien hacer tratos con el régimen. Intentan congraciarse; son cómplices; asumen la fantasía de que si le va bien al gobierno, les irá bien a ellos y al país. Cuando despiertan y abren los ojos, lo han perdido todo, es demasiado tarde. (Hay que leer nuevamente, con esta óptica, Sumisión de Michel Houellebecq).

El populismo tiene rasgos inequívocos, que se van manifestando día con día. Carece de un proyecto, doctrina o visión codificada y coherente de nación, más bien actúa y se legitima a partir de una colección de arrebatos, ocurrencias, y venganzas, manipulando personajes y símbolos históricos para erigirse como heredero y encarnación de una gesta de siglos. Acapara la comunicación con un formato narcisista de adulación y proximidad al pueblo en una campaña política permanente de plazas y muchedumbres. El populismo trata o logra capturar a los otros poderes, al Congreso, y al Poder Judicial con un afán totalitario y monolítico. Hostiga a la sociedad civil. Construye gigantescas redes de subsidios y dádivas para asegurarse una base electoral amplia y leal que le permita ganar elecciones y perpetuarse en el poder. También, el populismo captura a la autoridad electoral, con el fin de adquirir ventajas competitivas, dominar sus decisiones y debilitar, ahogar o anular a los partidos de oposición. Acosa a los medios de comunicación críticos, los amenaza y trata de silenciarlos. Toda opinión contraria es señalada como traidora o corrupta. Desestima la ley y pasa por encima de ella, aplicándola con saña a sus adversarios. Destruye los controles constitucionales y a los órganos autónomos del Estado, que son balance y contrapeso del poder, núcleos de estabilidad en políticas públicas, y de racionalidad técnica. El populismo desprecia a las élites, a la ciencia, a la técnica, a los expertos y a la inteligencia; contradice las estadísticas. Imagina conspiraciones de adversarios; los lincha mediáticamente y los convierte en enemigos del pueblo. Sólo el líder populista representa al pueblo, y lo hace directamente, sin mediaciones; el pueblo unitario habla por su boca y se manifiesta a través de su voluntad; el populista es antipluralista. Se cree infalible; no escucha, sólo habla, anuncia, decide, amaga, y gesticula. Recurre con frecuencia a consultas prefabricadas o supuestamente espontáneas, donde el resultado ha sido predeterminado por él mismo, la voz del pueblo. El populismo explota políticamente el resentimiento, el rencor y la frustración. Articula el odio, ansiedades y vicios paternalistas en la sociedad como resortes de poder. Su estrategia es la polarización social: ellos, las élites corruptas, y nosotros, el pueblo bueno y sabio. Miente regularmente, y ofrece soluciones simplistas y vulgares a problemas complejos; lenguaje sencillo, repetitivo y populachero que lo identifica con las masas. Forja y promueve una visión moralista de la política, asumiendo estilos y contenidos religiosos. Culpa de sus fracasos a élites corruptas y a gobiernos anteriores; denuncia sabotaje y guerra económica de las cúpulas empresariales y emprende tomas de empresas y confiscaciones. Coloniza al Estado, destituyendo a técnicos expertos, y sustituyéndolos con incompetentes pero incondicionales; no admite más que el liderazgo y el poder absolutos. Demuele instituciones para transferir presupuestos a subsidios clientelares; va dejando una estela de escombros y de cascajo. Claramente, el populismo es una forma de fascismo. Crea guardias pretorianas e involucra a las Fuerzas Armadas en negocios para asegurarse su lealtad.

Aunque pocos advierten la extinción de la democracia, el proceso de demolición institucional y la concentración omnívora de poder en manos del populismo, todos sabemos cómo termina y cómo acaban las naciones que son sus víctimas. Sólo coaliciones amplias, pragmáticas, generosas y visionarias entre organizaciones sociales, ciudadanos, partidos y fuerzas democráticas, que hagan a un lado diferencias y mezquindades ideológicas pueden contener al populismo y evitar sus peores desenlaces.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.