El pronóstico sobre la paridad del tipo de cambio que incluyen los analistas que consulta el Banco de México es algo más parecido a una adivinanza que a un estimado.

Y no podría ser de otra manera cuando esa relación depende de tantos factores externos tan imponderables como los precios del petróleo, las palabras del comunicado de política monetaria de la Reserva Federal o la siguiente jugada del nuevo gobierno griego.

De hecho, son tiempos en que los cálculos más estables empiezan a tener movimientos altamente notables.

La inflación estimada para este año por los 33 grupos de análisis consultados en esta ocasión por el banco central se redujo a 3.20 desde 3.54% de la encuesta anterior.

Evidentemente, la inesperada baja inflacionaria de la primera quincena alentó a los especialistas a mostrar un optimismo tal que algunos de ellos ubicaron la política monetaria que se aplica como uno de los lastres para crecer.

Seguro que algunos verían espacio suficiente para que el Banco de México redujera sus tasas de interés para apuntalar la economía, al menos en lo que llega el primer aumento de las tasas en Estados Unidos.

El primero en advertir que hay que ser prudentes con los festejos inflacionarios fue el gobernador del banco central. Agustín Carstens sí ve una baja en la inflación pero no tan rápida, no tan mágica. Habrá que esperar las siguientes mediciones del Inegi y las reacciones de los pronosticadores.

Lo que no cambia es la preocupación sobre la inseguridad pública como el principal lastre para este país. Son ya 14 meses con esta respuesta como la primera y, lejos de atenuar su incidencia, concentra 26% de todas las opciones de nerviosismo por el futuro económico.

La debilidad del mercado interno se mantiene como una segunda preocupación, lo que implica también un problema prolongado para una economía que depende de la fortaleza interna para poder crecer a tasas elevadas.

La baja en el precio de exportación del petróleo se ha convertido en una preocupación más que evidente para el desempeño económico del país. Es la razón por la que ahora se ha tenido que recortar el presupuesto, con todo y el moche que sufrirán las industrias petrolera y eléctrica.

Pero desde la perspectiva de los analistas, deberían considerar que el petróleo es un problema para el crecimiento futuro de la economía por la dependencia fiscal que existe.

Por lo tanto, deberían considerar la ausencia de esa reforma estructural como el verdadero problema.

La ausencia de una reforma fiscal que permita liberar al gasto público de un precio que tiene variaciones tan extremas y externas debería ser una de las preocupaciones mayores de quien analiza la economía.

No es políticamente posible llevar a cabo una reforma fiscal donde se grave el consumo, de tal manera que los que más productos compren, más aporten al gasto. Sin embargo, el hecho de que no haya una manera política de hacerlo, no significa que no sea indispensable para las finanzas del país.

Pero no, hoy en la encuesta que levanta el Banco de México, la ausencia de cambios estructurales en la economía mexicana es una preocupación totalmente olvidada. Pero el combate a la inseguridad, a la dependencia fiscal del petróleo y el abatimiento de la corrupción pasan por reformas estructurales hoy pendientes.