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Opinión

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Los enemigos de la productividad

La gente no hace su trabajo porque no se concentra, lo que debería tomarle dos horas le toma mucho más, causando una enorme pérdida de producto.

En los últimos tres quinquenios la productividad no ha crecido lo suficiente como para garantizar un aumento sostenido en las percepciones y en el bienestar, pudiendo observar esto a través de las bajas tasas de crecimiento de la economía. Ya es de sobra conocido que la baja inversión en capital humano, educación y salud, así como la mala calidad de lo que se ofrece se encuentran entre las causas. El rezago en infraestructura, la falta de competencia, la regulación excesiva, el lento y obsoleto aparato burocrático, la inseguridad, la falta de protección al Estado de Derecho y el torcido sistema fiscal han sido identificados también como causantes del bajo crecimiento y enemigos del bienestar, aunque al parecer los señores legisladores andan más preocupados en sus asuntos partidistas y en elaborar su agenda legislativa de modo que les quede tiempo para atender los procesos electorales y realizar sus necesarias labores de operación política en favor de los candidatos de su partido.

Pero hay otros elementos de nueva creación a los que poco se les ha observado y, por lo tanto, para muchos son desconocidos. Imagine los famosos edificios inteligentes y las leyes antitabaco que prohíben fumar en casi cualquier área pública. Esto obliga a quienes no pueden abandonar el vicio del tabaco a tomar un número de descansos en exceso de cualquier criterio razonable en pro de la productividad. Tanto burócratas públicos como privados lo hacen. Luego pensemos en todos aquellos que siguen haciendo sus animadas reuniones en fin de semana, que los dejan en calidad de bultos para iniciar actividades el lunes, debiendo declararlo día muerto, si es que asisten. Luego están el correo electrónico y las consultas a las redes sociales que, sin tener nada que ver con el trabajo que desarrolla la mayoría de la gente que los consulta, son una enorme pérdida de tiempo.

Luego están los teléfonos inteligentes, que suenan a cada momento para avisar a la gente que hay alguien que quiere estar en contacto, aunque lo justificamos con el argumento de que es una forma de comunicarnos. Podemos seguir con la música en los dispositivos portátiles y las distracciones que esto significa. La gente no hace su trabajo porque no se concentra; en lo que debería tomarle dos horas invierte dos días y nada más acumulemos en número de horas y démosle un valor para tener una idea de por qué crecemos tan poco.

mrodarte@eleconomista.com.mx

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