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Opinión

Lectura 3:00 min

Los dos comediantes

Pamela Cerdeira

El comediante ha construido su discurso a través de la división, señalar al otro y llevarlo al extremo en su representación para poder ridiculizarlo. Así, quien no es señalado por él, puede sentirse aliviado, a través de la risa sacar la tensión y saberse salvado. El comediante no se toca el corazón, omite que en sus estereotipos se esconden personas con nombre y apellido, repletas de matices que harían imposible encajonarlas en absolutos, pero no lo importa, igual lo hace, lo hace porque le es redituable.

El comediante no inventó el mundo que nos ha dividido, solo lo reconoce y lo utiliza a su favor. No importándole si desde su discurso ensancha esas brechas, las utiliza, las explota y lo hace porque en eso radica su éxito.  El comediante sabe que provocar es parte de su trabajo. El comediante vive de las reacciones, de quienes celebran a carcajada suelta su pequeño espectáculo, tanto como de quienes se llevan la mano a la boca en señal de horror e incredulidad, de quienes se sienten aludidos. Porque el comediante sabe que será exitoso en la medida que sea reconocido y para ser reconocido debe provocar. Las críticas y los señalamientos son también una forma de popularidad, y entre más incendios provoque, más grandes serán las reacciones, y con ellas, él también crecerá.

El comediante debe asegurarse de ser escuchado, contar con los canales suficientes para exponer su mensaje, pero controlarlos los suficiente para no ser exhibido en sus propias debilidades e intenciones. Así, elige cuidadosamente quién será objeto de sus chistes: alguien con suficiente poder para que el público pueda identificarle y sentir que sus frustraciones han encontrado descargo, pero no tanto como para aplastar a nuestro cuenta chistes con un quita risas. El comediante sabe con quién meterse y con quién no.

El comediante se debe a su audiencia, y seguirá haciendo reír a costa de quien sea, mientras exista quien le aplauda. Su mayor temor es un escenario sin público por lo que se encargará de que siempre esté ahí alguien que pueda hacer eco a sus risas.

Así han sido siempre los comediantes, en especial aquellos que devoran audiencias y atrapan desde las entrañas y el corazón a quienes le siguen y quienes no, para bien y para mal. Ya deberíamos saberlo, su rutina no acepta medias tintas y está escrita para odiarla o amarla. Y puedes odiarla, pero te verás obligado a reconocer que moral o inmoral, es exitosa.

Y podríamos elegir entre verlo y no verlo, podríamos reírnos o no, si no fuera porque el comediante es también jefe de Estado. Y que cuando aplasta con un chiste, atrás de él está todo el aparato de gobierno y las Fuerzas Armadas. El otro, el otro es un youtuber.

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