Los promedios son como el bikini: muestran mucho pero tapan lo esencial. Decir que México crece en promedio 2% puede servir para explicar muchas cosas, pero no cuenta toda la película. Hay entidades que en este sexenio han tenido tasas de crecimiento asiáticas, como Baja California Sur (6.1%) y Aguascalientes (5.9 por ciento). En el otro extremo, hay estados que viven crisis del tipo “bolivariano”, como Campeche, que decreció 5.3% entre el 2013 y el 2018 y 5.6% en el sexenio anterior.

La revisión del comportamiento del Producto Interno Bruto, tomando en cuenta la situación de los estados, nos permite también cuestionar la “narrativa” simple de los dos Méxicos. No es tan fácil como decir: el norte es rico y va en la ruta de la prosperidad, mientras que el sur es pobre y vive en el estancamiento. No son dos Méxicos, sino un mosaico que tiene más de dos ventanas para asomarse.

La primera excepción a la regla está en la región del Bajío. Es la zona más dinámica de México desde hace tres lustros. El primero en destaparse fue Aguascalientes, con gobiernos del PRI, y luego Guanajuato con administraciones panistas. En los últimos años se han sumado Querétaro y San Luis Potosí, que han vivido la alternancia. No hay fórmulas mágicas en el Bajío, pero sí algunas lecciones: trabajo sostenido en el tiempo, con visión de largo plazo; atención al desarrollo de la infraestructura, y esfuerzo constante en la formación de capital humano.

La segunda excepción está en el norte: Tamaulipas. Esta magnífica entidad lleva dos sexenios de crecimiento miserable, 0.7% en el sexenio de Calderón y 0.9% en los años de Enrique Peña Nieto. ¿Por qué Tamaulipas no crece? Es un estado que tiene todo: recursos naturales, población emprendedora, infraestructura e inmejorable posición geográfica, con costa y vecindad con Estados Unidos. Su desempeño económico es el más deficiente, entre los estados de la frontera norte, en buena medida porque es una entidad que no ha podido resolver la situación crónica de violencia y crimen. Tamaulipas es un ejemplo de que estar en el norte puede ser un hándicap: su posición geográfica lo ha vuelto muy atractivo para la operación de los grupos criminales. Es un estado que debería protagonizar grandes noticias económicas, pero gana más “primeras planas” con notas de crimen y violencia.

Hablando de violencia, el caso de Colima es interesante. Hace 10 años, era uno de los estados más tranquilos y ahora encabeza los rankings de inseguridad, pero este deterioro no se ha visto reflejado tanto en el PIB. Crecía 3.9% en el sexenio de Calderón y ahora promedia 2.9 por ciento. Sigue estando por encima del promedio nacional. ¿Cuánto tarda la violencia en golpear al PIB? Ésa es la cuestión.

La península de Yucatán es un microcosmos lleno de contrastes. El estado de Quintana Roo presenta una tasa de crecimiento superior a 4% en los últimos 12 años, esto es más que el doble del promedio nacional. Yucatán, por su parte, presenta un crecimiento de 3% en este sexenio y 2.5% en el anterior. Los dos sexenios de empobrecimiento de Campeche se explican principalmente por la caída de la actividad petrolera, pero es necesario hacer un análisis más fino: ¿Por qué ha sido mucho más afectado que el resto de las entidades petroleras?, ¿por qué no ha podido diversificarse y desarrollar otras actividades?, ¿por qué no ha podido contagiarse del “éxito” de sus vecinos?

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Luis Miguel González

Director General Editorial de El Economista

Caja Fuerte

Licenciado en Economía por la Universidad de Guadalajara. Estudió el Master de Periodismo en El País, en la Universidad Autónoma de Madrid en 1994, y una especialización en periodismo económico en la Universidad de Columbia en Nueva York. Ha sido reportero, editor de negocios y director editorial del diario PÚBLICO de Guadalajara, y ha trabajado en los periódicos Siglo 21 y Milenio.

Se ha especializado en periodismo económico y en periodismo de investigación, y ha realizado estancias profesionales en Cinco Días de Madrid y San Antonio Express News, de San Antonio, Texas.