El temor entre los responsables de la política monetaria de que los gobiernos reafirmen el control sobre las tasas de interés es exagerado. En lugar de lamentarse por la oleada de comentarios y desafíos, los bancos centrales deben mejorar su juego, su transparencia y ser más eficaces al explicar y justificar sus acciones y decisiones.

Londres. La decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de nominar a la economista Judy Shelton para uno de los puestos vacantes en la Junta de la Reserva Federal (Fed) ha puesto nuevamente el futuro de la independencia del banco central en la agenda. Shelton ha puesto en duda la conveniencia y la base legal de la independencia de la Fed. El año pasado dijo: “No veo ninguna referencia a la independencia en la legislación que ha definido el papel de la Reserva Federal” y ha abogado por “una relación más coordinada con el Congreso y el presidente”.

Si la política de la Fed fuera “coordinada” con Trump, entonces está bastante claro quién tomaría las decisiones.

Por supuesto, un nuevo gobernador de la Fed no podría mejorar décadas de práctica. Pero hay sugerencias de que, de ser nombrada, Shelton podría remplazar a Jay Powell cuando su mandato tenga que renovarse, en el 2022, dejando a un zorro a cargo del gallinero.

Sin embargo, no sólo en EU la independencia del banco central está amenazada. En Turquía, el presidente Recep Tayyip Erdogan despidió a su gobernador del banco central el año pasado, diciendo que “le dijimos varias veces que redujera las tasas de interés”, pero no lo hizo. En la India, el gobierno solicitó al Banco de la Reserva que entregue algunas de sus reservas, y el gobernador Urjit Patel renunció “por razones personales”. Unos meses antes, su diputado clave había cuestionado a la administración del primer ministro Narendra Modi: “Gobiernos que no respeten la independencia del banco central, tarde o temprano incurrirán en la ira de los mercados financieros“.

Los bancos centrales de todo el mundo están preocupados por estas palabras al aire. Otmar Issing, el primer economista jefe del Banco Central Europeo, ha escrito sobre “el futuro incierto de la independencia del banco central”. El expresidente del BCE, Mario Draghi, antes de concluir su gestión se empeñó en emitir una defensa firme del concepto. El Banco de Pagos Internacionales ha destacado “la carga extraordinaria que recae sobre la banca central desde la crisis financiera mundial del 2008” y advirtió que los bancos centrales no pueden cumplir con las expectativas que la gente tiene. Joachim Fels, de Pimco, ha concluido que “el apogeo de la independencia del banco central ahora está detrás de nosotros”.

¿Están en los correcto estos profetas de la fatalidad? ¿Pronto veremos el control de las tasas de interés nuevamente en manos interesadas de los ministerios de finanzas?

Parafraseando la letra de una canción popular, ¿fue la independencia del banco central sólo una fase tonta por la que estábamos pasando? Yo creo que no.

Aunque fue reconocido que se realizó en el 2014, la encuesta mundial más reciente, realizada por los economistas Nergiz Dincer y Barry Eichengreen, muestra que a lo largo del tiempo ha prevalecido un “movimiento constante en dirección de una mayor transparencia e independencia (y persisten) pocos indicios de que estas tendencias están siendo repensadas. “Uno podría tener algunos motivos para el escepticismo sobre las medidas de independencia que utilizan, según su modelo —Kirguistán se jacta del banco central más independiente del mundo—, pero no pueden encontrar casos en los que se hayan implantado cambios en la legislación que ponen al banco central bajo control político.

En occidente, aunque Trump sopló y resopló, Jay Powell, un hombre con instintos convencionales y una columna vertebral, se ha mantenido firme en la Fed. El primer ministro británico, Boris Johnson, resistió la tentación de nombrar un partidario del Brexit para el Banco de Inglaterra y nombró a Andrew Bailey, veterano del BOE, que tiene un carácter independentista acendrado hasta el hueso. En la zona euro surgió una elección igualmente neutral como sucesor de Draghi, y un cambio en el estado del BCE requeriría un nuevo tratado de la Unión Europea. Las posibilidades de eso son muy pequeñas.

Los líderes de la UE no muestran indicios de correr el riesgo de abrir la constitución a nuevos referéndums, como sería necesario en algunos países. Además, parte de la presión política para la acción ha disminuido. La confianza en el BCE cayó bruscamente después de la crisis de la eurozona hace casi una década, pero se ha recuperado en la mayoría de los países en los últimos años. Incluso en Grecia, el BCE es más confiable que el gobierno nacional.

Es cierto que ha habido un cambio en la retórica política. Después de un largo periodo en el que los gobiernos se resistieron a cualquier comentario acerca de las decisiones sobre tasas de interés, algunos ahora se han vuelto más expresivos. Jacob Rees-Mogg, el líder conservador en la Cámara de los Comunes, se expresó de Mark Carney, el gobernador saliente de BOE, como un “político canadiense de segundo nivel” que no consiguió un trabajo en casa, después de que Carney estuvo en desacuerdo con el juicio económico de Rees-Mogg sobre Los costos del Brexit. Y Trump ha intervenido característicamente con críticas a la Reserva Federal en Twitter.

¿Deberían los bancos centrales considerar esta renovada disputa como algo malo y peligroso? Pueden, si lo desean, pero sospecho que están empujando el agua cuesta arriba. Nos hemos movido a una edad menos respetuosa, lo cual no es sorprendente, dados los errores cometidos por los bancos centrales (y otros) en el periodo previo a la crisis del 2008. En lugar de lamentarse por la oleada de comentarios y desafíos, los bancos centrales deben mejorar su juego, mejorar su transparencia y mejorar al explicar y justificar sus acciones y decisiones.

Andy Haldane, el economista jefe del BOE, ha demostrado que gran parte de lo que dicen los banqueros centrales es incomprensible para todos menos para una pequeña proporción de la población; 2% de la población puede comprender fácilmente las actas del Comité de Mercado Abierto de la Fed, que establece las tasas de interés, mientras que 70% puede entender un discurso de campaña de Trump. Esa brecha debe cerrarse, y los bancos centrales deberían hacer que su trabajo sea más accesible al público. Tal vez un viaje colectivo a Kirguistán es para observar las mejores prácticas en acción.

El autor

Howard Davies, primer presidente de la Autoridad de Servicios Financieros del Reino Unido (1997-2003), es presidente del Royal Bank of Scotland. Fue director de la London School of Economics (2003-2011) y se desempeñó como vicegobernador del Banco de Inglaterra y director general de la Confederación de la Industria Británica.