En la primera parte se explicó que en las crisis económicas mundiales, como las ocurridas entre el 2008 y el 2009 y en 1994, para el caso de México, los flujos de financiamiento se redujeron por parte de las instituciones bancarias, lo cual colocó a las industrias en condiciones desfavorables para continuar con sus operaciones, obligándolas necesariamente a identificar mecanismos para volverse más eficientes en las diferentes fases de la cadena de valor.

Las agroindustrias, como muchas otras industrias, mostraron una tendencia de concentración de actividades a lo largo de la red de valor, lo que implica mantener relaciones de negocio únicamente con sus proveedores y sus clientes más confiables.

De acuerdo con el International Food Policy Research Institute (IFPRI, por su sigla en inglés), la red de valor está consolidada cuando hay relaciones formales entre sus eslabones, específicamente cuando se firman contratos. Los contratos agrícolas, o bien, la agricultura por contrato prevalece como uno de los instrumentos principales para vincular a los productores con los mercados. Las formas de contratos agrícolas son los siguientes:

1) Contratos de especificación de mercado. Son los más simples y establecen el precio, la cantidad y la calidad del producto que deberá ser entregado en una fecha determinada.

2) Contratos de gestión de la producción. Además de considerar las variables mencionadas en el punto anterior también establecen características deseables de la producción como algún método específico, estándares de calidad, etcétera.

3) Contratos de aprovisionamiento de recursos. Éste es el caso más complejo, ya que el comprador provee todos -o una parte- de los insumos que deben ser usados en la producción para asegurar las características deseables del producto final.

El tipo de contrato más adecuado dependerá de la naturaleza de la transacción a realizar, lo que requerirá tomar en cuenta las características de las transacciones para una mejor selección.

Para los productores, los beneficios de pertenecer formalmente a una cadena de valor son mejorar el acceso a los mercados, reducir riesgos de producción y de nivel de precios, el acceso a suministro de insumos y servicios de apoyo, así como el acceso al crédito. Para la agroindustria los beneficios son reducir la incertidumbre de aprovisionamiento y de precios, mejorar la calidad, reducir costos de producción y supervisión y conocer cambios en la demanda del producto.

En este sentido, en nuestro país es relevante analizar si en la red de valor de los agronegocios existen condiciones propicias para que se firmen contratos entre los productores agrícolas y la industria. En caso contrario es deseable fomentar el cambio requerido para que en mayor medida se formalicen las condiciones de intercambio y administrar los riesgos económicos y financieros que permitan asegurar el acceso de los productos agropecuarios y materias primas al mercado.

*Angélica Fermoso Gómez es especialista en la Subdirección Técnica y de Redes de Valor de FIRA. La opinión es del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA.

[email protected]