El lenguaje que utilizó el secretario de Hacienda para anunciar que ahora se darían a los padres de manera directa los recursos de apoyo para el cuidado de sus hijos en edad maternal fue muy desafortunado: “le podrán dar el dinero a la abuela que va a cuidar mucho mejor a los niños”. Su frase fue ofensiva, pues no todos tienen a su disposición una abuela en condiciones aptas, física y mentalmente, para encargarse de un menor. De paso, descalificó a educadoras profesionales. Pero más allá de la calamitosa frase, la idea del apoyo directo es buena. Veamos.

El asunto tiene dos vertientes. Primero, el presupuesto de egresos para el 2019 contempla canalizar 2,000 millones de pesos a las estancias infantiles, monto 50% inferior a los 4,000 millones que se presupuestaron en el 2018. Los dueños de estas estancias han reprochado este recorte. De acuerdo con el padrón de cada estancia, se les daban 1,900 pesos bimestrales por niño. Segundo, el gobierno detectó irregularidades en el manejo de varias estancias infantiles: registros inflados de niños asistentes a estos locales, así como estancias semifantasma y que no tienen la capacidad para cuidar infantes.

A esto último obedece la propuesta de destinar el subsidio de manera directa a los usuarios del servicio, ahora de 1,600 pesos bimestrales. El principio es muy simple: en vez de otorgar apoyo al oferente, es más eficiente canalizarlo al demandante del servicio. Este sistema fomentaría la competencia y seguramente la mejor calidad de estos servicios.

Este concepto surgió desde los años 50 atribuido al economista Milton Friedman. Para mejorar la educación, propuso que el gobierno debería entregar certificados o cupones a los padres, con los cuales podrían elegir para sus hijos la escuela de su preferencia, sea pública o privada. Es un uso más eficiente del subsidio, mejor direccionado al no subvencionar a las instituciones. Sin embargo, es un tema controvertido. Recientemente tres académicos publicaron (JEL junio 2017, doi:10.1257/jel.20150679) una revisión del tema y concluyeron que la evidencia no es contundente para recomendar la adopción de este sistema de manera generalizada, pero hay múltiples evidencias positivas que apoyan que el esquema se siga considerando.

La idea es buena y puede funcionar. Pero hay varios aspectos que deben definirse: las reglas de operación del programa deberán contemplar una cuidadosa integración del padrón de beneficiarios, el perfil de éstos, la canalización de los recursos deberá ser mediante tarjetas etiquetadas para evitar el uso del dinero para otros fines, las estancias infantiles deberán sujetarse al cumplimiento de normas, entre otros aspectos.

Así que más allá de la mofa de que “los abuelitos van a cuidar a los niños”, ésta es una buena propuesta de López Obrador. Finalmente, el presidente le hace caso a Milton Friedman, un emblemático pensador del liberalismo económico.