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Opinión

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Lo que queda de los restos

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Tumba de Juárez, panteón de San Fernando. Foto: Especial

Hay de restos a restos. Entre la pierna de Santa Anna y la mano de Obregón hay una larga historia. Extremidades perdidas, que por ausentes otorgaron más presencia, resultaron símbolos de sacrificio patrio, tragedia heroica y hasta seña particular. (No por nada, a Santa Anna siempre le dijeron El Quinceuñas).

Ambas —pierna y mano— fueron candidateadas para monumento, pero la primera se perdió entre la oscuridad de la batalla perdida y la furia de los vencidos sin conseguir ni un zócalo para dignificarse. Mas la segunda lo logró: dentro de una enorme estructura de concreto, tan alta como sus glorias y tan ancha como sus berrinches, la mano del general Álvaro Obregón obtuvo su recinto de homenaje. Un monumento, en las huertas de Chimalistac, donde estuvo el restaurante La Bombilla, justo en el mismo lugar de su asesinato, el 17 de julio de 1928. Justo un día como hoy, lector querido

La historia del magnicidio fue, por supuesto, primera plana en todos los periódicos y comidilla de aristócratas, políticos, intelectuales, clérigos, militares y público en general.

Aquel día, José de León Toral, que parecía dueño de la más pura inocencia, con sus ojos grandototes y manitas cuidadas, dibujaba en un rincón, callado y solitario. Mientras, el general Obregón festejaba, ruidoso y glotón, su triunfo como presidente electo.  A pesar de la custodia y de cierta vigilancia estrecha, los presentes, enceguecidos por la alegría y las bebidas espirituosas no concebían más tragedia que se acabaran las tortillas. No se imaginaban que bajo aquel modesto dibujante se escondía un católico radical y un radical asesino.

Toral se acercó al general con el pretexto de mostrarle los dibujos que le había hecho. Obregón, accedió y  —si le creemos  a la mejor historia escrita— antes de sufrir la herida fatal tuvo tiempo para pedir más cabrito y frijoles. Después, cayó muerto.

El juicio empezó hasta noviembre. La madre Conchita, una religiosa, fue señalada como la autora intelectual del crimen. Había pervertido a tan ejemplar muchacho, inculcándole erróneas y socialistas voluntades divinas. Demetrio Sodi fue el defensor del asesino y el Chango García Cabral, el dibujante asignado por el periódico Excélsior para cubrir las incidencias del juicio. Ambos acusados sufrieron ejemplar castigo y los restos del general Álvaro Obregón —a excepción de su  mano que permaneció inamovible e intacta— fueron llevados a Huatabampo, Sonora para darles  sepultura. En su momento la gran tragedia pareció ensombrecer todos los cielos de julio, pero peores magnicidios y nublados habrían de venir.

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Como acostumbraba, Jorge Ibargüengoitia fue el único escritor en recrear con inteligencia e ironía el sangriento hecho. En las primeras páginas de su obra El atentado —sólo por informar— escribió lo siguiente: “Si alguna semejanza hay en esta obra con un hecho de nuestra historia, no se trata de un accidente, sino de una vergüenza nacional''.

Los restos de Benito Juárez tuvieron inmortal destino. Después de su muerte el 18 de julio de 1872, la historia se relató de otro modo. Perseguido durante cuatro años, sin someterse a las fuerzas imperiales, escribiendo sobre el regazo y firmando a todo galope las nuevas leyes que harían del país una República, se convirtió en un héroe ético y poético. Regresó a la capital, fusiló al rubicundo y ojiazul Maximiliano para tristeza de todos aquellos a los que les gustaban más los miriñaques que la justicia, se rodeó de una generación de mexicanos irrepetibles (hablemos por ejemplo de Guillermo Prieto) y se convirtió en ejemplar viudo de una mujer valerosa que no pidió hermosear el Paseo de la Reforma, tuvo doce hijos, perdió a tres y conservó la cordura hasta el final.

Cuando Juárez murió, habitaba de nuevo en su casa dentro de Palacio Nacional, en el ala norte, –lugar que el emperador Maximiliano había designado para la servidumbre– marcado con el número 1 de la calle de Moneda. Tenía 66 años. La noche anterior, después de haber cenado profusamente, le comenzó a doler el pecho. Por la mañana, Benito, su hijo varón, fue hasta Puente de Alvarado por el médico que le aplicó trapos previamente sumergidos en agua hirviendo, para reanimar su cansado músculo cardíaco. Le aconsejó quedarse quieto y no atender ningún asunto. De todos modos, el presidente recibió a dos de sus ministros y les dio instrucciones. A las once de la noche todo acabó. Fue el único de todos los gobernantes de aquellos tiempos que se murió en su cama, no por la mano asesina, ni en el campo de batalla y perdió la vida dejando solo un resto: el libro de Historia Política y Económica en francés que llevaba una semana de empezado y quedó sobre su mesa de noche.

Buscaron más restos de sus últimas palabras y aparecieron algunas disfrazadas de frases célebres: “que lo que México no pudiera hacer por sí mismo nadie lo iba a poder hacer por él, que valía la pena juzgar por hechos y no por dichos”. Sin embargo, quedó una por escrito. Tan grande y certera que sigue provocando escalofríos: “Existe una cosa que no puede alcanzar ni la falsedad ni la perfidia y es la tremenda sentencia de la historia.”

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