El presidente de la República se dice “liberal”, pero también, junto con el nuevo secretario de la Semarnat, fustiga rabiosamente al “neoliberalismo”. Incluso ha decretado oficialmente su “fin”. En otro contexto, este delirio sería sólo una curiosa contorsión intelectual; sin embargo, en la cabeza del Estado, genera calosfríos.

El liberalismo (que incluye en distintas versiones al “neoliberalismo”, del cual hablé en mi columna anterior) no es una receta para la felicidad, sino una fórmula para asegurar los valores esenciales de la civilización occidental configurados desde fines del siglo XVIII: libertades individuales, derechos humanos, libertades económicas, democracia representativa, tolerancia, Estado de Derecho y legalidad, igualdad de todos ante la ley, igualdad de oportunidades, respecto y protección a la propiedad privada, y progreso a través de la razón y de la ciencia y la tecnología. Todo liberal asume, con distintos matices, al “neoliberalismo”. Sin ser en alguna medida “neoliberal”, no se puede ser liberal a secas. Se puede ser capitalista sin ser liberal, pero no se puede ser liberal sin una economía de mercado. El mercado tiene muchas fallas y limitaciones, todos lo sabemos, pero tampoco pretende resolver todos los problemas y desafíos de la humanidad. Existen bienes públicos que no pueden ser generados por el mercado (al menos espontáneamente) y requieren acciones colectivas generalmente encabezadas por el Estado en las sociedades modernas. En éstos se incluyen todos los temas ambientales y muchos más. Para ello se crean instituciones, regulaciones, mercados, normas y otros instrumentos, y es función esencial del Estado proveer de estos bienes públicos. La sustentabilidad implica la provisión de tales bienes públicos, y respetar umbrales biofísicos, territoriales y ecológicos que lo permitan. Éstos deben ser definidos por la ciencia, por ejemplo, la superficie mínima de Áreas Naturales Protegidas en el territorio nacional terrestre y marino para garantizar la continuidad de procesos evolutivos, la supervivencia de poblaciones y especies, la calidad ambiental, y valores escénicos y paisajísticos, así como capacidades de carga de ecosistemas, atmósfera, suelo, océanos, costas, ríos, lagos y demás. Una vez definidos y asumidos, una economía de mercado puede ser sujeta a los incentivos y a las regulaciones necesarias para respetarlos a través de la ley, e instrumentos económicos y normativos específicos.  Son los límites o las fronteras del capitalismo, que además puede contribuir enormemente, a través del poder formidable del mercado y del interés individual, a la creación de bienes públicos ambientales y a la conservación del capital natural. Dentro de esos límites biofísicos la economía puede crecer indefinidamente a través de un proceso de desmaterialización y de un avance tecnológico permanente. No podemos cancelar el crecimiento, a menos que queramos condenar a la pobreza y al desempleo a la mayoría de la población, e imponer una diabólica tiranía polpotiana. Tampoco es necesario para asegurar la sustentabilidad. En los países avanzados el crecimiento continúa con un cada vez menor consumo de energía y de recursos,  recuperación de especies y ecosistemas, y mejoramiento continuo de la calidad ambiental. Claramente, ha habido y hay una curva de Kuznets ambiental; en estos momentos la vemos palmariamente en China. El crecimiento es inherente a la naturaleza humana y es resultado de decisiones individuales de ahorro, inversión, emprendimiento, consumo y producción, de la libre interacción, y del deseo de progreso y bienestar; no de alguna decisión impuesta por fuerzas metahumanas. Claro, el liberalismo le queda a deber al mundo muchas cosas, pero tengamos en cuenta el progreso colosal que ha vivido la humanidad desde la Revolución Industrial, y en particular en el último medio siglo: democracia, libertad, esperanza de vida, reducción de la pobreza extrema e incluso de la desigualdad, alfabetismo, mortalidad infantil, mortalidad materna, acceso a satisfactores, movilidad, paz y seguridad, derechos humanos, y un larguísimo etcétera. Preocupa el calentamiento global, y la incapacidad hasta ahora de una acción colectiva global para confrontarlo con la necesaria eficacia. Y por supuesto, preocupa el saqueo ambiental en países y regiones sin los sistemas necesarios de gobernanza, como la atmósfera, los mares, y selvas en los trópicos que no ha sido posible detener, aunque también hay avances prometedores a través de Áreas Naturales Protegidas en tierra y en el mar.

Preocupan también renovadas presiones hacia la desigualdad, catalizadas por las nuevas tecnologías de la información y la economía del conocimiento, enormes economías de redes (entre más grandes más eficientes), automatización y robótica, inteligencia artificial, y salarios estratosféricos en el sector financiero y en nuevos sectores de información. Pero, por otro lado, es mentira que el capitalismo moderno esté destruyendo más empleos de los que crea (hay que leer The Economist de esta semana). No es necesario tirar al niño (la economía liberal y la democracia liberal) con todo y agua sucia (las fallas del mercado, y diversas fallas institucionales, sino atenderlas y resolverlas). Al final, no creo que nadie razonable abogue por el fin del imperio de la libertad, de la ley, de la ciencia y de la razón, y de la democracia.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.