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Opinión

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Las piedras preciosas del Palacio de Minería

La Feria de Libro más grande de la CDMX es un obligado para lectores de todos los tamaños, formas e intereses.

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Como carbones que serán diamantes se recogen en la Feria del Libro del Palacio de Minería. Una docena de días para ir, venir, hacer listas y algunas cuentas y medidas para saber en qué gastaremos y cuántas tablas del librero ocuparemos. Y ¿nos dejaremos llevar por la nostalgia, el “más vale bueno conocido”, el cazador de novedades o el explorador que busca la tierra editorial prometida? Ése es el verdadero desafío.

Puede, lector querido, ingresar en la exhermosa escuela de Medicina, hoy cuajada de libros, con el recuerdo de José Emilio Pacheco, a punto de celebrar su cumpleaños número 70 y que durante una hora, en la Antigua Capilla del Palacio de Minería, se sentó frente a su público a conversar. Era la primera vez que Pacheco asistía como invitado a la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería y parecía que estaba divertido, nada incómodo y con ganas de hablar de sí mismo. Dijo que no se consideraba un escritor prolífico y que, a diferencia de Neruda o de Machado, él de poesía no escribía más que cuadernitos. Fernando Macotela le preguntó cuál era su obra más leída. El contestó que Las batallas en el desierto. En aquella ocasión hizo que los asistentes votaran para ayudarlo a decidir, entre cinco diferentes, el título de su próximo libro de poemas. El título ganador, por mayoría, fue La edad de las tinieblas. Y como el asunto ya estaba saldado, algunos nos tuvimos que quedar con las ganas de que se llamara Todo se va. Lo que no sabíamos era que no veríamos aquel libro publicado y que el que se iba a ir, más pronto e injustamente, iba a ser el propio José Emilio. Pero, si todavía se acuerda, si llega de este modo, no habrá problema alguno y sí toda la fiesta de sus libros. Toda la obra de José Emilio Pacheco lo estará esperando.

Si en cambio usted, lector querido, contagiado por otras fiebres, está buscando clásicos mexicanos, podrá usted hallar títulos desde El libro que la vida no me dejó escribir de Amado Nervo, hasta los Romanceros nacionales de Guillermo Prieto, para que atestigüe que en algún momento del devenir histórico de nuestro país los políticos inspiraron versos y no periodicazos.

Y si ya estamos en esas —lo electoral es tendencia— estará en el lugar correcto. Y no encontrará mejor colección de libros que la que ideó Emanuel Carballo, José Luis Martínez presagió que sería un éxito y que reúnen las crónicas semanales que Salvador Novo escribió durante años. El recopilador fue el joven José Emilio Pacheco, incluye varios temas, donde cada uno incluye un sexenio y en homenaje a madame Calderón de la Barca se llaman La vida en México en el periodo presidencial de... y empiezan con Lázaro Cárdenas. En el prólogo del primer tomo que Novo escribió 10 años antes de su muerte se lee:

“Firmar, ahora que se recogen en volumen, las crónicas que, semana a semana, despaché anónimas para la revista hoy en los años de 1937 a 1940, equivale al gesto —mitad mea culpa, mitad crepuscular beatitud— del padre que en su vejez decide reconocer a sus hijos bastardos y conferirles su apellido”, escribe Novo. Y continúa: “Son el fruto (en la medida en que un elote sea un fruto) prieto y granado del contacto asiduo entre un escritor de 30 años y unos años 30 fecundos en solicitaciones políticas de su alerta curiosidad, de sus antipatías, de su disposición a intervenir en la vida de México de la única manera como le fue dable hacerlo: con reflejar, en un espejo violento, el destello de cada día”.

Ya más divertido, Novo continúa platicando la historia de los avatares de su familia editorial, de cómo los Llergo le ofrecieron una columna semanal en su nueva revista, de su renuencia por las sumas irrisorias que sabía que ganaban periodistas y cronistas y, finalmente, de las condiciones para aceptar: que su colaboración no estuviera firmada y se publicara tal cual iba, sin una sola modificación. Y le hicieron caso. Fue así como, en forma, empezaron a aparecer las crónicas que, según él mismo, eran concisas, cortantes, venenosas, despiadadas que inventaban palabras, acuñaban expresiones, clavaban personajes cual si fueran insectos con alfileres y asombraban a los lectores por el conocimiento íntimo de las víctimas que aquel cronista anónimo desnudaba sin piedad. Después los lectores atestiguaron el resultado: La vida en México en el periodo presidencial de... siguió con Manuel Ávila Camacho y Miguel Alemán. Y después nos enteramos que José Emilio Pacheco se dio a la tarea de continuar compilando el material del periodo de Adolfo Ruiz Cortines y, en forma póstuma, salieron los tomos correspondientes a Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez, que se terminó en diciembre de 1973, semanas antes de que Novo dejara de escribir.

Hoy nos queda muy claro que las crónicas de Novo son joya literaria, divertidos documentos para estudio, ejemplo de buen periodismo, inteligente sátira, reflejo de la sociedad y delicia de los espíritus irreverentes. Y que podemos conseguirlos hoy para devorarnos la historia reciente de México en trozos deliciosos.

Si en esa vena andamos, pero se nos antoja la aventura, quizá podrá explorar los indómitos pasillos de la Feria hasta encontrar un libro peculiar y muy antiguo: el Diccionario de los políticos (para divertimento de los que ya lo han sido y enseñanza de los que aún quieren serlo) de Juan Rico y Amat. Su prólogo y la amarga, alfabética y deliciosa sátira de las entradas de sus definiciones le darán la sensación de estar leyendo el periódico de hoy y no un libro escrito hace más de 100 años. He aquí una breve selección:

Administración pública. Baturrillo que nadie comprende, ni el administrador ni el administrado. Laberinto de órdenes y contraórdenes; decretos que establecen, decretos que derogan; disposiciones que crean una cosa y circulares que la destruyen enseguida.

Aspiraciones. Proyectos mal encubiertos de algunos políticos para alcanzar una elevada posición. El político de aspiraciones se da a conocer desde el primer día que sale a tablas, aunque le toque un papel de reparto.

Bienes nacionales. Cena de negros donde todos han comido, menos la nación.

Cesante ( Desempleado). Mueble sin uso, cuerpo sin sombra, planta marchita, cuadro sin marco. Bebe recuerdos y se alimenta de esperanzas.

Democracia. Logogrifo político que nadie entiende y algunos quieren explicar a todo trance. (Los amigos de las charadas atribuyen a cada letra un significado político: la D, descentralización; E, economía; M, mejoras; O, orden; C, crédito; R, reformas; A, adelanto; C, conciencia política; I, igualdad: A, abundancia)

Elector. Masa suave y blanda que se presta fácilmente a toda clase de formas: generalmente vota sin saber quién ni para qué.

Hacienda. Complicado laberinto en cuyas vueltas y revueltas se extravían los más entendidos jardineros. En él hay tanta hojarasca que es muy fácil confundirse y perderse en sus innumerables y tortuosas sendas.

Legislatura. Desahogo que se concede a los políticos anualmente por vía de distracción y para que nunca se diga que no estamos regidos por un sistema representativo.

Al final del recorrido, quizá nos demos cuenta de que todo sigue igual y sólo podemos predecir el pasado. Pero podemos volver. La Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería no se acaba hasta la semana que entra.

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