En 1958 se publicó en Inglaterra un libro que se vendió como pan caliente, cuyo autor era un joven historiador de 23 años llamado Burgo Partridge. El provocativo tema de su libro fue el estudio de las orgías sexuales en el devenir de la humanidad, donde relata la historia de esta multitudinaria práctica.

Las orgías sexuales se pueden clasificar en dos tipos: las que se practican bajo las normas de la comunidad y las individuales. Según Partridge, las orgías en una sociedad más o menos organizada no sólo son inevitables, sino necesarias, ya que cumplen una doble función: liberar tensiones acumuladas y anhelar la rutina de la vida diaria. Pero nunca faltan aquellos que desean disfrutar los placeres sexuales cuando se les antoje, sin restricciones de temporadas o adorando a una divinidad.

Griegos y romanos: de la devoción a la barbarie

Los griegos vivieron su sexualidad sin complejos ni culpas, para ellos, la desnudez era algo tan natural y la homosexualidad no era escandalosa. Sus festividades eran dedicadas a diversos dioses, donde las orgías eran el principal componente: los juegos olímpicos, el teatro y los cultos divinos, sobre todo a Afrodita en todas sus manifestaciones —diosa del amor, de la primavera, de las flores y la Bien Nalgada de Siracusa— llevaban a hombres y mujeres a celebrar danzas eróticas, baños rituales y a abstenerse de tener relaciones sexuales los días anteriores a la celebración, para vivir la orgía con mayor intensidad.

Por su parte, el pueblo romano, que adoptó el Panteón Griego, heredó también celebraciones como las Saturnales, con su espíritu orgiástico. Los soldados latinos que arrasaron regiones, asesinaron, violaron y convirtieron en esclavos a los vencidos, regresaron a sus pacíficos hogares con una desarrollada atracción por la violencia y una desmedida afición a la crueldad. De ahí su gusto por ver cómo corría la sangre en el Circo Máximo, por mostrar su supremacía torturando a sus esclavos, por el sadomasoquismo en sus prácticas sexuales y por rendir a sus dioses un culto impregnado de salvajismo. Los mejores exponentes de esto fueron algunos césares, quienes disfrutaban de las violaciones y el incesto, eran bisexuales, se vestían de prostitutas, además de que participaban en orgías.

El Medievo y el Carnaval

Con el cristianismo llegó la noción del pecado. La Iglesia católica, en su obsesión por eliminar las prácticas paganas, aplicó castigos cada vez más estrictos a los renegados que no querían dejar de pecar. Paradójicamente, algunos de los hombres más licenciosos de la Edad Media fueron precisamente los miembros de la Iglesia. Por ejemplo, Baldassare Cossa, conocido como el antipapa Juan XXIII, fue uno de los más depravados: 200 vírgenes, viudas, casadas y monjas fueron víctimas de su lujuria.

Durante el Renacimiento se popularizó en Italia un festejo que provenía de los cultos romanos, pero que era católico: el festival de la carne, o sea, el Carnaval, unas semanas antes del miércoles de ceniza, que comienza con la cuaresma, y que incluía el sacrificio de toros y mucha promiscuidad. Ricos y pobres desfilaban enmascarados o con antifaz por las calles y danzaban en forma lasciva. El anonimato permitía que se cometieran crímenes y excesos impunemente. La Iglesia lo prohibió una y otra vez, pero, evidentemente, no lo consiguió y en la actualidad se sigue celebrando.

Las orgías como transgresión

En la Inglaterra del siglo XVII, los puritanos ejercieron un control demasiado rígido sobre los comportamientos sociales. En respuesta, surgieron grupos como la Familia del Amor, que se reunía en secreto para rendir culto a los dioses del amor y la fertilidad de forma por demás orgiástica. Asimismo, varios miembros de la nobleza fueron consumados libertinos y exhibicionistas. Personajes como el veneciano Giacomo Casanova nos dejó a la posteridad sus memorias, en las que relató sus aventuras amorosas con más de cien mujeres, cuyo rasgo más acentuado fue su exhibicionismo, pues a menudo relató su excitación por ser observado durante los actos de sexo en grupo.

O el célebre Marqués de Sade, que tuvo en Francia una vida extremadamente licenciosa, trasladada en buena parte de su obra literaria. Sus conductas inspiraron el término sadismo para caracterizar a quienes les excita el dolor de los demás; organizaba banquetes en los que llegó a administrar dosis tan grandes de cantárida que algunos de los invitados morían por efecto de esa droga en medio de orgías frenéticas. Finalmente, el inglés Aleister Crowley, quien adoró al dios Pan y, para honrarlo, practicó lo que él llamaba sex magic —magia sexual—. Promiscuo y drogadicto, el también apodado la Bestia buscaba mujeres enanas, jorobadas o con algún tipo de deformidad para hacerlas sus amantes, con las que realizaba extraños rituales que incluían sacrificios de animales y actos sexuales sadomasoquistas.

Burgo Partridge murió en la década de los 60, por lo que sólo alcanzó a vislumbrar las tendencias de los comportamientos orgiásticos en la era moderna. Observó que la humanidad estará tratando de alcanzar la libertad sexual sin el freno de la religión y ahondando en el autoconocimiento.

Lo que no se dijo

Si nuestro autor hubiera sobrevivido al siglo XXI, seguramente hubiera aportado opiniones originales acerca de sujetos tan infames como Jim Jones o Sergio Andrade, o de prácticas como el barebackin —sexo grupal sin protección—, el gang-bang —violación de una mujer por varios hombres—, o de las variedades de orgías que organizan los grupos de swingers o las escenificadas que es posible ver en las películas XXX. En la época actual cada quien establece su propia moral y decide cómo ejercer su sexualidad. A fin de cuentas, a nadie se le puede negar echarse una canita al aire de vez en cuando.

María Luisa Durán es periodista y, al igual que Burgo Partridge, opina que en el mundo habría menos estrés y más salud mental si, como en la cultura griega, se institucionalizara la celebración de orgías unas cuantas veces al año.

Carmina Capistrán

Las palabras con s o con c, no cabe duda, son difíciles. Siempre nos hacen detenernos a pensar si están o no bien escritas y, por más que nos aprendamos la regla de principio a fin y hasta memoricemos las excepciones, nos topamos con alguna que otra palabra escurridiza.

Éste es el caso de idiosincrasia, palabra que representa un alto nivel de dificultad, porque para colmo tiene dos eses o ¿serán ces? O ¿la primera es ese y la última ce? La clave está en conocer el origen de la palabra, de dónde se deriva.

El error de escribir esta palabra con c al final quizá se debe a que aplicamos la misma regla que en democracia, tecnocracia, aristocracia, pero no debe ser así, porque la raíz de la que provienen estas palabras es diferente.

La palabra -cracia proviene de la voz griega krátos, que quiere decir autoridad; mientras que idiosincrasia se deriva de idios, lo propio, y sýnkrasis, forma de ser; esto es, de acuerdo con la Real Academia Española, los rasgos, temperamento, carácter, etcétera, distintivos y propios de un individuo o una colectividad, un grupo.

Ahora bien, al momento de utilizarla como adjetivo, también somos propensos a cometer errores: decimos idiosincrático, cuando lo correcto es idiosincrásico o idiosincrásica.

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