La Constitución de Polonia del 3 de mayo de 1791 pasó a la historia como la segunda ley básica, escrita después de la estadounidense, y como un gran acto de libertad de esa época: el final del siglo XVIII. Puso en orden los principios sistémicos del Estado, declarando al mismo tiempo que "todo poder de la sociedad humana deriva de la voluntad de la nación". Proclamó la igualdad de derechos, aunque en ese momento no convirtió a todos los habitantes de Polonia en ciudadanos, siendo cautelosa ante los cambios en la estructura social del Estado, lo cual se consideraba una ventaja en la era de la revolución, cuando la igualdad sería pronto introducida con una guillotina. Garantizó libertades civiles: “La seguridad personal y toda propiedad, a quien le pertenezca por la ley, como un nudo comunitario real y pupila de la libertad cívica, la respetamos, aseguramos, fortalecemos, queriendo gozarla intacta en tiempos futuros”.

A diferencia de otros países europeos, Polonia no evolucionó desde una monarquía estatal a una monarquía absoluta, sino hacia una Res Publica, con un sistema mixto, siendo al mismo tiempo una monarquía electiva y una república en la que alrededor del 10 por ciento de los residentes tenían derecho a elegir un rey y sus representantes ante el Parlamento y concejos.

El concepto de libertad que dominaba en esa mancomunidad polaco-lituana, territorialmente vasta, era similar al que los historiadores hallan entre las ideas de las ciudades-estado italianas. Sus ciudadanos la comparaban con la antigua república romana. En su opinión, el estado no era un "Leviatán", una criatura elevada por encima de la nación política, por encima de la sociedad, sino una "cosa común", sostenida por la acción común, y la libertad se entendía no sólo como libertad individual, sino como posibilidad de decidir conjuntamente sobre los derechos por establecerse. No hubo inquisición en Polonia, no hubo persecución de los disidentes; sólo después de la devastadora invasión de la Suecia protestante en 1655, la tolerancia comenzó a ser limitada. Los ciudadanos de la República de Polonia eran, se podría decir sin exagerar, las personas más libres de Europa y se consideraban a sí mismos como tales.

Desde su punto de vista, las monarquías absolutas no eran países libres, sino ejemplos disuasorios de esclavitud, donde no había libertad de expresión, donde un noble podía ser encarcelado sin sentencia judicial y el gobierno interfería con la economía.

Para los luminarios intelectuales de la Europa del siglo XVIII, como Diderot o Voltaire, admiradores de déspotas ilustrados como Catalina II o Federico II, aquella libertad polaca era un exceso, algo contrario a la razón. También Kant se quejó de que Polonia era un país donde todos deseaban ser amos y nadie quería ser súbdito. Al mismo tiempo, se acusaba a los polacos de que esa libertad se aplicaba a un solo estrato: la nobleza.

Si la República de Polonia hubiese sobrevivido, la historia de Europa habría sido diferente: las tradiciones del republicanismo clásico no se habrían olvidado tan fácilmente, el despotismo ruso habría permanecido confinado a sus fronteras y el militarismo prusiano habría sido domado. Habiendo perdido la independencia y dándose cuenta de que sin ella tampoco existe la libertad personal completa, los polacos lucharon por ella durante todo el siglo XIX, comenzando con la Insurrección de Tadeusz Kościuszko en contra de los rusos de 1794.

Este apego polaco a la libertad también se manifestó en el siglo XX, en 1920 con la oposición a la invasión bolchevique de Europa, en 1939 con la lucha armada contra el Tercer Reich, en 1980 a través del surgimiento de Solidaridad, en 1989 – con la superación del comunismo.

Zdzisław Krasnodębski es diputado del Parlamento Europeo, sociólogo y filósofo político; el artículo se publica simultáneamente en la revista mensual polaca Todo lo importante / Wszystko Co Najważniejsze, como parte de un proyecto llevado a cabo con el Instituto de la Memoria Nacional y KGHM.