Hacia finales del Jurásico y principios del Cretácico los dinosaurios eran los amos y señores de la Tierra, con una variedad de formas, tamaños y hábitats que demostraban los millones de años (Ma) que estas familias llevaban evolucionando. Las plantas sin embargo eran un reino más bien soso y aburrido, con sólo unos cuantos cientos de especies en ambientes muy limitados (básicamente pantanos y lugares húmedos) y no particularmente coloridas, con muy pocas variaciones del verde y sólo unas cuantas especies arbóreas. Fue en esa época, hace unos 125 Ma, en un estanque en lo que hoy es en el noroeste de China que apareció una planta con una característica radical: poseía las primeras y más simples flores de que tenemos noticia.

Las flores de Archaefructus no eran particularmente grandes ni bonitas, esta planta era apenas poco más que una hierba acuática, pero son las primeras angiospermas de que tenemos noticia, plantas con flores en las que se esconde una semilla envuelta en un ovario que usualmente termina por adoptar la forma de un fruto. A diferencia de las gimnospermas (del griego para semilla desnuda) que tienen sus semillas alrededor de una estructura rígida que medio las protege, las angiospermas (semillas ocultas) no necesitan ni vivir en un medio empantanado para poder reproducirse a través de esporas como hacen los helechos, ni producir inmensas cantidades de polen para lanzar al aire esperando que aterrice en la planta correcta, como hacen las coníferas.

Las angiospermas fueron más allá y desarrollaron órganos sexuales especializados en atraer miembros de otra familia que estaba en auge en esos momentos: los insectos. Esta es la principal función de una flor, atraer polinizadores con una recompensa de polen y/o néctar, o con el puro estímulo de su llamativa apariencia; cuando el insecto se posa o entra en la flor queda cubierto por los gametos sexuales de la planta –algo bastante grotesco, depende desde donde se le mire– y posteriormente estos son depositados en la siguiente flor que el compañero sexual involuntario visite. Una vez fertilizadas, las flores alojan la o las semillas en el interior de un fruto (protegidas por el endocarpo, la parte dura que recubre las semillas y que impide que sean digeridas junto con la pulpa) que al ser ingerido por un animal, consigue esparcir sus semillas mucho más lejos que cualquier otro mecanismo.

Puede parecer poca cosa, pero este diseño que evolucionó para permitir a un tercero de otra especie (vamos, de otro reino) tomar parte en sus ritos sexuales fue el que permitió por primera vez a las plantas asegurar una tasa alta de reproducción, lo que permitió que las plantas con flores evolucionaron vertiginosamente, dando lugar a cientos de miles de especies en unos cuantos millones de años: en esta época las angiospermas abarcan más del 90% de las especies vegetales del planeta; especies de una variedad asombrosa, desde los primeros bosques de magnolias, una de las plantas más antiguas que conocemos, hasta cualquier variedad de rosa o tulipán creada recientemente por manos humanas. Al mismo tiempo las angiospermas colonizaron literalmente todos los nichos ecológicos del planeta, gracias a que los animales ingerían sus frutos y al defecar esparcían las semillas en áreas cada vez más extensas, desde los desiertos más calientes a las tundras más heladas, pasando por otros árboles sobre los que se posan, o de los que se alimentan.

La aparición de las angiospermas en el árbol evolutivo de... bueno, de los árboles, es un fenómeno que los científicos siempre han encontrado misterioso y fascinante, al grado de que el mismo Darwin lo llamó “un misterio abominable”. No estamos realmente seguros de que Archaefructus sea realmente la primera planta con flores en la historia de la vegetalidad, especialmente por los resultados contradictorios que arrojan mecanismos científicos como el registro fósil o el reloj molecular, que no nos dan certeza de cuándo apareció la primera flor en el planeta. Lo que sí sabemos es que gracias a la aparición de ese órgano sexual, colorido y aromático que dio origen no sólo a las abejas sino a cientos de miles de especies de plantas, hoy nuestra Tierra es tanto azul, como verde.

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Ramón Martínez Leyva

Ingeniero

Un pálido punto azul

Es ingeniero en Sistemas Computacionales. Sus áreas de conocimiento son tecnologías, ciencia y medio ambiente.

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