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Opinión

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La revolución de las mujeres en Bielorrusia

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Los reflejos de un autócrata siempre se miden a través de la represión. Las brutales golpizas propinadas por la policía y ordenadas por el presidente bielorruso Alexander Lukashenko tienen como objetivo único eliminar el campo de acción de los manifestantes cuyas protestas fueron detonadas por el fraude electoral del pasado 9 de agosto.

Los resultados de las elecciones presidenciales se convirtieron en uno más de los actos vulgares de la dictadura de Lukashenko, quien se dice ganador de ocho de cada 10 votos, escenario nada creíble y no aceptado por la oposición.

Lukashenko llegó al poder el siglo pasado, en 1994, centrando su discurso en la corrupción del país. Una vez instalado en la presidencia, se dedicó a realizar reformas a la Constitución en beneficio propio: ampliación de su mandato, organización de elecciones amañadas y debilitamiento de la oposición, a quien trata como ganado. “Vamos a retorcer el pescuezo a los opositores como si fueran patos”, comentó en alguna ocasión. Esa era la intención que tuvo Lukashenko en contra de Svetlana Tikhonóvskaya, la candidata opositora que tuvo que viajar a Lituania escapando del látigo de Lukashenko.

El número de manifestaciones en Minsk y en las principales ciudades de Bielorrusia no corresponde al ridículo 9.9% de los votos que el gobierno le concede a Tikhonóvskaya.

Frente al regreso de las sanciones de la Unión Europea, Lukashenko recurre a la infalible estrategia orwelliana que consiste de señalar al exterior como el enemigo más próximo y peligroso que desea dañar a Bielorrusia: “No debemos convertirnos en letrinas de Europa”.

Sin asumir costos del fraude electoral, Lukashenko está viendo nacer una revolución de mujeres en defensa de Svetlana Tikhonóvskaya. Dos de las líderes del movimiento contra la dictadura son Veronika Tsepkalo y Maria Kolesnikova.

Nikita Telyzhenko, periodista del medio digital ruso znack.com, fue arrestado el 10 de agosto en una manifestación en Minsk. Su experiencia la describió en la edición de este fin de semana de Le Monde. “Era una alfombra de personas, tendidas en el suelo lleno de sangre; busqué un espacio en donde no hubiera sangre para sentarme”, comenta Telizhenko cuando fue trasladado a un centro de detención.

Un cuarto de siglo después de haberse instalado en la presidencia, Lukashenko asegura que solamente muerto estaría dispuesto a abandonarla.

Es decir, los votos de unas elecciones legítimas no serían suficientes para abandonar el poder. El último dictador de Europa se tendrá que ir.

faustopretelin@eleconomista.mx

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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