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La primaria es el infierno
Oso Polar o cómo seguir jodiendo al compañerito de banca.
Jean-Paul Sartre dijo la frase famosa de que el infierno son los otros. Le faltó al maese agregar que sí, son los otros, pero los otros niños de la escuela.
Vean un patio de primaria: es un campo de batalla. Idealizamos la infancia como un modo de anestesia. De niños tuvimos que sobrevivir cosas tremendas todos los días. Que si a fulano no hay que hablarle, que si sultano tiene cara de indio o que merengana ya le enseñó a todos los del salón los chones.
Todos tenemos recuerdos así. Ser niño no es fácil. El asunto es: ¿de adultos logramos dejar atrás a esos minimonstruos que fuimos?
Oso Polar, la película de Marcelo Tobar, contesta: no, no nos engañemos. Infancia es algo más que destino; es inercia.
La cinta se llevó la gloria en el Festival Internacional de Cine de Morelia y con justa razón. Mucho se ha hablado de la técnica con la que fue grabada: en un iPhone 5 con algunos instrumentos extras, pocos. Dice Tobar que ha filmado con las cámaras más avanzadas, pero que filmar con un celular no fue muy diferente.
Será, pero realmente eso es lo que menos importa de Oso Polar. Es una cinta muy bien escrita, profunda y al mismo tiempo irreverente. Lo que más disfruté de verla en Morelia fueron sus diálogos, todos muy naturales, las groserías donde deben ir. Bravo, hasta que veo una película mexicana en donde los personajes hablan como la gente.
Ésta es una road movie por el sur de la Ciudad de México. Heriberto (Humberto Busto, un actor desperdiciado y aquí exprimido en todas sus cualidades) era el típico puerquito de la primaria por ser morenito, bajito, pobre y probablemente gay. Perdió el contacto con sus compañeros de la escuela hasta hoy que por razones inciertas ha decidido ir a la reunión de aniversario.
En el camino se junta con Trujillo (Cristian Magaloni), el desmadroso del salón y Flor (Verónica Toussaint), la bonita. Las cosas no han cambiado: a pesar de que Heriberto tiene el buen detalle de pasar por ellos de camino a la fiesta, lo siguen fregando porque “es broma”.
A Heriberto le decían el Ruso en la escuela y durante el viaje no deja de ser el Ruso, maltratado y complaciente. O eso parece: algo tiene Heriberto guardado bajo la manga.
Heriberto tiene un solo recuerdo bonito de la primaria: un día en que salieron temprano de la escuela y se fueron a jugar a un parque. Ese día todos fueron iguales y Heri fue parte del grupo. En el trayecto rumbo a la fiesta les pide a Trujillo y a Flor que pasen al parque a tomarse una foto, pero ambos se niegan: ni siquiera se acuerdan de la ocasión. Es cierto que no todos recordamos igual el infierno.
La cinta tiene varios ángulos: el clasismo, la homofobia, el racismo a la mexicana y la hipocresía de la clase media. A pesar de que Heriberto es el más maduro del grupo —Flor y Trujillo tienen vidas desastrosas—, sigue siendo el Ruso.
La historia intercala escenas que el propio Heriberto toma con su celular. Son experiencias de su paso por el seminario, su iniciación sexual o momentos de simple belleza cotidiana. ¿Es Heriberto un psicópata y no nos hemos dado cuenta? Ya saben, el tipo que menos llama la atención es siempre el más peligroso.
Oso Polar demuestra que el cine mexicano puede hacerse de otro modo, que no hace falta clavarse en escenas supuestamente poéticas. Nuestro cine ha caído en un bache en el que sólo se hacen comedias románticas inocuas o rollos “contemplativos” de cineastas que únicamente saben fotografiar, pero no narrar.
Oso Polar es lo mejor de ambos mundos. Está en pocas salas, pero vale la pena salir a buscarla. Una de las mejores películas del año.
