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Opinión

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La política y sus símbolos

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Miguel González Compeán

La semana ha estado cargada de símbolos, que apuntan a un despertar social y a una franca oposición al régimen.

Primero los obispos de Guerrero lanzan una carta, que a cualquiera habría preocupado, en el que la iglesia reclama el abandono absoluto a la seguridad y la paz social, ejercido por este gobierno. No es que la iglesia sea el poder que fue hasta hace unas décadas, pero el hecho de que obispos anden negociando con el narco y que del contacto con su feligresía les lleguen noticias del deterioro profundo en el que se encuentra la seguridad pública, no es cosa menor.

El presidente celebra la participación de la iglesia, pero no se hace cargo de que los obispos actúan porque el gobierno se ha mostrado displicente y omiso frente a este tema. Insisto, no es que la iglesia ponga nervioso al presidente, pero la iglesia suele tener un buen pulso del humor social y de las carencias de la gente. Su actuar, además, trae el beneplácito del jefe máximo de la iglesia y, seguramente, la desesperación de las comunidades en las que la iglesia suele atender. Muy mal signo es el que la iglesia vuelva a participar en política. Tardamos siglos en sacarlos del ejercicio político, para que por omisión tengan que volver, expresando preocupaciones sociales y se hagan, por vía de los hechos, voceros de una sociedad agraviada y desprotegida.

El segundo símbolo incomprensible es el registro de Claudia Sheinbaum el mismo día y a la misma hora que se estaba llenando la plaza de la constitución para reclamar la serie de reformas que el presidente ha propuesto para, según él, que la gente vote por un proyecto y no sólo por un/una candidata y con ello meterse de lleno a la elección. El asunto asombra por varias razones. ¿Qué sentido tiene jugar a las vencidas contra la sociedad? En un discurso lleno de lugares comunes y con la voz sin fuerza ni carácter, Claudia Sheinbaum apela a la convocatoria de toda la sociedad, acusa a aquellos asistentes a la marcha de ser los representantes de la corrupción y los privilegios y se vanagloria de ser la continuadora de un proyecto que es moralmente indispensable. Por un momento se piensa que lo que estamos es haciendo política, no moral, pero allá ella. La paradoja, sin embargo, es que en medio del discurso se vanagloria de que su lucha es por una democracia participativa y ¿Qué otra cosa fue la marcha de ayer, que no sea exactamente eso? ¿Qué sentido tiene además, obligar a los medios a cubrir el registro de la candidata oficial, en vez de seguir la marcha minuto a minuto?

Finalmente, la marcha de ayer se llenó de símbolos. No causó sorpresa, pero el presidente volvió a hacer de las suyas. Manda no izar la bandera, como si fuera de su propiedad. El mensaje es claro, esa bandera es mía y del pueblo que yo considere digno de tal calificativo. Para él la bandera no es de todos los mexicanos, es de él y de los que piensan como él. Lo único que alcanza a calificar es la intención de la marcha. Según él, los que marcharon este domingo, son los que defienden la corrupción. Así no más, de nuevo que ganas de jugar vencidas con la sociedad. ¿A quién cree que le sigue hablando el presidente, si no alcanza más que a denostar una marcha ciudadana? Ya no digamos las vallas de acero para proteger el palacio casa del ejecutivo contra una marcha especialmente pacífica. En el templete Lorenzo Córdova y atrás de él José Ramón Cossío, ministro en retiro. Un discurso conceptual y contundente y en medio de sus palabras miles de almas gritando ¡fuera López, fuera! Y no menor: ¡narco presidente, narco presidente! Nada más, pero nada menos, también.

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Miguel González Compeán

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.

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