El fuerte crecimiento de la participación laboral femenina es uno de los cambios socioeconómicos más importantes del último medio siglo. En América Latina, el porcentaje de mujeres adultas que trabajan o buscan trabajo activamente incrementó en este periodo de 20 a 65 por ciento. México no es la excepción, su participación laboral se duplicó, alcanzando una tasa de casi 60 por ciento. Indudablemente, se trata de un gran logro que debemos celebrar. Hoy sabemos, sobre la base de numerosos estudios, que la participación laboral femenina no sólo beneficia a las mujeres, sino que también favorece la productividad de las empresas, el desarrollo económico y el progreso hacia sociedades más equitativas.

Sin embargo, serias desigualdades de género persisten en los mercados de trabajo de nuestra región y en México. En América Latina, la brecha de participación entre hombres y mujeres es de casi 30 puntos porcentuales, mucho más de lo que se observa en países con mayor grado de desarrollo. Y en México, la brecha de género es aún mayor, 35% aproximadamente.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) junto al Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS) realizó un estudio comparativo para entender qué factores determinan la brecha en la participación laboral femenina entre México y Perú, dos países que comparten varias dimensiones asociadas al comportamiento laboral de las mujeres, pero cuyas tasas de participación laboral femenina difieren en más de 20 puntos, siendo la de Perú de casi 80 por ciento. ¿Qué explica una brecha tan grande entre estos países?

El estudio indica que la diferencia responde a que una mayor proporción de mujeres peruanas trabaja en empleos precarios, informales o no remunerados, especialmente en áreas rurales y, aunque esta situación se observa en menor medida en México, es un patrón que se repite en varios países de América Latina. El aprendizaje común es que tanto la cantidad como la calidad del empleo son relevantes. Tasas de participación más altas no significan automáticamente empleos de buena calidad. Las mujeres necesitan trabajos que les garanticen un salario decente, independencia y seguridad económica. La promoción del empleo femenino, en términos de cantidad y calidad, debe ser uno de los objetivos de política prioritarios en México, en Perú y en la región. ¿Cómo podemos impulsar un cambio?

Una manera es expandir el acceso a servicios de alta calidad de cuidado infantil, de educación preescolar y de atención a adultos mayores, así como a las escuelas con horario extendido, porque la baja oferta de estos servicios conlleva a que las responsabilidades de cuidado recaigan en el interior del hogar—en las mujeres, particularmente. Un estudio reciente del BID ha demostrado que la implementación de políticas públicas que minimizan el tiempo que las mujeres dedican a la atención (por ejemplo, más guarderías) pueden lograr un aumento del PIB en México de casi 6 por ciento.

De igual forma, las licencias por maternidad y paternidad balanceadas e intransferibles contribuyen a promover la corresponsabilidad en el hogar para vencer los estereotipos de género, empoderar a las mujeres y facilitar su inserción laboral. Otras medidas incluyen extender la educación a las mujeres en situación más vulnerable y fomentar la flexibilidad laboral.

La igualdad de género en los mercados laborales no sólo es lo correcto por hacer, sino lo más inteligente, ya que diversos estudios arrojan que el PIB de América Latina podría crecer en 2.6 billones de dólares (34%) si se cerrará por completo la brecha de género en la participación de la fuerza laboral. Esperar más de dos siglos para cerrar la brecha económica de género —el tiempo que tomará si nos mantenemos en la trayectoria actual— no es una opción. El éxito dependerá de que gobiernos, empresas, sociedad civil, hombres y mujeres nos unamos en un esfuerzo conjunto para la construcción de un futuro más equitativo.

*Representante del Banco Interamericano de Desarrollo en México.