Un proverbio anglosajón habla del atolondrado individuo que al deshacerse del agua sucia de la bañera arroja también al desagüe al niño recién bañado. La metáfora se aplica con bastante precisión a la lucha contra los huachicoleros —delincuentes que se roban los combustibles de Pemex para revenderlos en el mercado negro— que ha emprendido la actual administración autodenominada de la cuarta transformación. Y en esta problemática, el papel del niño arrojado al desagüe lo están jugando los consumidores amenazados con el desabasto de gasolinas. Según los diarios de hoy ya el pánico llegó hasta la Ciudad de México.

Pero el punto a destacar es la falta de claridad que parece marcar la estrategia de combate que se ha elegido. Claramente, la clave de esa estrategia no puede descansar en el cierre de los ductos para que los huachicoleros no los puedan ordeñar. Ese enfoque es miope en la medida en que, irremisiblemente, pronto tendrán que volverse a abrir las válvulas de flujo. La clave, para que pueda ser verdaderamente exitosa, tiene que ser otra: desmembrar las bandas del huachicol y meter a la cárcel a las cabecillas y a sus cómplices.

El enfrentamiento del actual gobierno contra los huachicoleros empezó bien cuando el propio presidente López Obrador reconoció desde el poder algo que ya era un secreto a voces: que en el robo de gasolinas y combustibles que sufría Pemex estaban involucrados agentes dentro de la entidad. Sin embargo, AMLO nos metió en una gran desilusión cuando extendió el perdón a priori a todos los altos funcionarios de esa muy saqueada empresa estatal. ¿Y si algunos de ellos no son inocentes en este caso escandaloso y abusivo, cómo se debe proceder?

Tengo para mí que no puede haber un combate efectivo en contra de la corrupción y del delito cuando subsiste la impunidad. No es imposible que algunos huachicoleros, escondidos en sus madrigueras, se encuentren incluso riendo ante el cierre de los ductos. Para una verdadera solución del problema se requiere que los primeros sean aprehendidos y castigados para que el escarmiento empiece a surtir efectos benéficos. No se ve, ni puede pensarse, en otra forma de proceder que no sea ésa. Así que, señor presidente López Obrador, quedamos a la espera de tan venturoso momento que de llegar aplaudiremos de todo corazón.

BrunoDonatello

Columnista

Debate Económico