La música popular contemporánea se ha definido por las etiquetas que le ha impuesto la industria discográfica, los medios de comunicación y sobre todo los escuchas a nuestras canciones favoritas. Las clasificaciones de géneros van más allá de cómo ordenar una biblioteca musical, una tienda de discos, la programación de una estación de radio o la portada de una revista. La taxonomía de la música popular ha ayudado a construir también nuestras identidades. Son las que nos definen como rockeros, punks, metaleros, poperos, y nos diferencian, aparentemente, de los otros como una tribu de macacos. 

En Major Labels: A history of popular music in seven genres (2021, Penguin Press), el periodista y crítico de música estadounidense, Kelefa Sanneh, traza la historia de la música popular americana desde la segunda mitad del siglo XX al 2020 sobre siete géneros musicales: Rock, R&B, Country, Punk, Hip-Hop, Dance y Pop. Además de hacer un breve repaso de los orígenes de cada estilo, Sanneh obliga a explorar las contradicciones de cada género y las similitudes que hay en su relación con la popularidad de la música o simple y sencillamente: música pop.

Estas etiquetas musicales son también la manera en la que segmentamos al mundo y nuestras propias filias. El pop que siempre se ha visto como un género de índole comercial, superfluo y desechable; mientras que el rock se convirtió en un género predominantemente blanco que puso sobre un pedestal un panteón de dioses de la guitarra y edificó una idea de intelectualidad y supuesta superioridad estética que permanece dentro del género.

La identidad punk se concibió como un rechazo a los valores anticuados y conservadores del rock, ese género que se apropió de expresiones afroamericanas, que siempre ha estado en contraposición con la superficialidad y los aspectos comerciales y desechables del pop, aunque también vende millones de discos.

Sanneh nos obliga a romper con la teoría rockerocentrista de que en 1967 la aparición de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles y otros álbumes de la época hicieron al rock un género más importante que trascendía lo efímero de la música popular, y donde dominaba una narrativa conceptual que sólo fueron evolucionando hacia expresiones como el metal o volviéndose más complejas como lo fue el rock progresivo.

El hip-hop que surge como una bifurcación del soul y el funk y se convierte en una identidad propia que se ha internacionalizado. El country que vive en un mundo aparte. El R&B, un género que, aunque nació de la identidad afroamericana siempre ha buscado cruzar hacia el mundo pop y conquistar otros oídos sin perder su esencia. Son comunidades que tienen la misma capacidad para integrar que para separarse y distinguirse de otras identidades musicales.

La música para bailar en todas sus vertientes —como el disco, house, EDM o trance— surgieron como movimientos contraculturales verdaderamente revolucionarios en Nueva York y Detroit que albergaron minorías latinas, LGBT y afroamericanos en una misma pista de baile democratizadora y a la vez utópica. Estas expresiones se convirtieron en corrientes populares y hasta ser blanco de otros géneros, para después perder popularidad y quedarse otra vez en su nicho.

Esta exploración sobre la historia de la música popular a partir de los géneros sobre las cuales dividimos la música que escuchamos es una discusión sobre cómo nos relacionamos con la música y cómo ayudan a construir nuestras propias identidades personales. Cada género adopta su propio estilo de vestir, lenguaje, símbolos y sobre ellos construimos nuestras propias identidades musicales y personales.

Major Labels también observa cómo se ha escrito y cubierto estos fenómenos en la prensa, la literatura musical y más recientemente en el efímero mundo del internet, desde Greil Marcus, Lester Bangs, Jim DeRogatis, Ann Powers, hasta Carl Wilson con su tratado sobre el pop y la música de Céline Dion.

Kelefa Sanneh nos invita a encontrar el placer en las contradicciones de estos géneros sobre los que hemos buscado delimitar nuestras bibliotecas y hemos construido nuestras identidades musicales. En el fondo sólo es nuestra forma de querer clasificar toda la música que nos obsesiona, por la que discutimos interminablemente, y un pretexto para volver a escuchar nuestras canciones favoritas otra vez.

antonio.becerril@eleconomista.mx

Antonio Becerril Romo

Coordinador de operaciones de El Economista en línea

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