Hoy en día, ya no basta si un jitomate es jugoso y con mucho sabor. Las consideraciones éticas involucran también la manera en la que fue producido

La alimentación contemporánea comprende una serie de sensibilidades éticas para los consumidores y productores. Analizamos algunos de los puntos de tensión en la ética alrededor de la alimentación.

Desde el inicio de los tiempos, una de las características del ser humano en relación a la manera en la que piensa su alimentación es el pensamiento clasificatorio. El pensamiento clasificatorio es calificar las cosas en bueno y malo para comer. Desde un aspecto evolutivo, este pensamiento sirvió al ser humano para poder clasificar alimentos y alejarse de aquellos potencialmente venenosos. Con el tiempo, el pensamiento clasificatorio permaneció, pero sabemos que hoy lo que es considerado bueno y malo para comer no sólo depende de su potencial tóxico, sino también de su sabor, olor, propiedades nutricionales, relación costo/beneficio, percepción cultural compartida, de la ocasión y de otras variables que intervienen en la percepción de ese alimento.

Sabemos, además, que en la época actual esas variables se han complejizado y que, ante la multiplicidad de informaciones, en ocasiones no es tan fácil determinar qué es lo bueno y lo malo para comer. Estudios sobre diferentes tipos de consumidores alrededor del mundo nos hacen saber que hoy en día las personas buscan sobre todo alejarse de esa confusión que provoca el no saber si algo es conveniente o inconveniente para comer en ese momento. Lo bueno y lo malo, o la ética de que la alimentación no es sólo una cuestión de “tomar las mejores decisiones”, sino que además hay una serie de valores que permean hacia la práctica cotidiana de alimentarse. Uno de los grandes paradigmas médicos nutricionales que ha probado su ineficacia es el de depositar en la responsabilidad individual el hecho de tomar buenas decisiones para la alimentación, además de su inefectividad, puesto que considera que un hecho social total puede ser reducido a elecciones individuales. Existen otras dimensiones éticas que intervienen en cómo los consumidores consideran su alimentación.

hoy en día, ya no basta si, por ejemplo, un jitomate es jugoso y con mucho sabor. Las consideraciones éticas de la alimentación involucran también la manera en la que fue producido, quiénes se beneficiaron en el sistema económico de su producción. Con la alimentación como uno de los pilares esenciales para cumplir los objetivos de sostenibilidad, las implicaciones éticas en los consumos ya no se focalizan más en las propiedades organolépticas de los alimentos o en sus propiedades nutricionales. En la actualidad, nuevas consideraciones éticas juegan en las percepciones de los consumidores: las maneras de producir, los empaques que se utilizan en los alimentos, su origen, el comercio justo o incluso no involucrar sufrimiento animal en la producción del alimento.

Por ejemplo, la producción de alimentos alternativos para sustituir la proteína, los movimientos en contra del consumo de productos de origen animal, o los movimientos en contra del desperdicio se dan en el marco de esta economía moral. El consumo ético es, tal vez, el campo emergente dentro de la alimentación que tomará importancia en los consumidores, dadas las contingencias planetarias que hoy priman. Desde los impactos ecológicos hasta los económicos, existe ya hoy una economía moral sobre cómo nuestro consumo impacta en el complejo sistema de relaciones interplanetarias.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.