La Revolución Cubana ha entrado en una fase de crisis aguda y prolongada. Las razones son muchas, algunas de ellas consabidas y difundidas popularmente: el embargo estadounidense, la caída de la Unión Soviética, el Periodo Especial, la crisis económica y la desaparición de la industria azucarera, entre otras.

Otras razones son menos conocidas, pero igualmente importantes: la presencia de una nueva generación de cubanas y cubanos jóvenes desafectos del gobierno revolucionario, la presencia de las nuevas tecnologías de comunicación que permite un intercambio libre de ideas al margen del discurso oficial, la creciente afectación social por la pandemia de Covid19, la pauperización y degradación de la vida cotidiana de la mayoría de los cubanos y la notoria escisión social entre los integrantes de la pequeña nomenclatura dorada política del país y las masas desposeídas del país.

Es ésta la combinación de factores donde se encuentra el corazón que explica la explosión social que ese país experimentó, y que el mundo observó, el pasado domingo 11 de julio. Una explosión de ira, de reclamo, de reunión y reconocimiento de una porción importante del país, sin poder afirmar si son mayoría o minoría. Pero eso es lo de menos. Los movimientos de cambio siempre empiezan con expresiones minoritarias, hasta que se tornan mayoritarias.

Lo que sí llamó la atención, y seguramente sorprendió a propios y extraños, fue la extensión territorial de la manifestación de descontento. Más de 40 localidades vieron movilizaciones relevantes, si no por sus números, sí por la convicción de exigir vida y libertad.

El gobierno fue el primer sorprendido. La reacción del Presidente Díaz-Canel fue intempestiva y equivocada, desde el punto de vista de cualquier gobernante que se define como democrático. Primero, acusó a los Estados Unidos de estar detrás del movimiento, cosa que la mayoría de cubanos escuchan como el pretexto de siempre. Y segundo, llamó abiertamente a la represión y la guerra civil. Citó a sus seguidores “comunistas” a enfrentarse a los “contrarrevolucionarios”, policías vestidos con o sin uniforme, bastones en mano, para disolver las manifestaciones. A partir de ese momento se desató la represión, con probablemente (nadie informa claramente) cientos de golpeados, detenidos, desaparecidos y por lo menos un muerto reportado.

Ha de ser muy amplia la represión en Cuba porque la ONU, en un pronunciamiento poco común, llamó al gobierno cubano a liberar a los presos políticos y restaurar el servicio de internet. En boca de Michelle Bachelet ese llamado tiene un doble significado, por ser ella Comisionada de Derechos Humanos de la ONU, ex Presidenta de Chile y militante de izquierda cuyo padre era general y fue asesinado por Pinochet por oponerse al golpe de Estado contra Allende en 1973.

Cuba está cada vez más aislada internacionalmente. Y la izquierda mundial está cada vez más desilusionada con lo que fue la gran promesa cubana hace 60 años.

El choque entre la Revolución cubana, con su pensamiento único y totalitario por un lado, y por el otro la revolución tecnológica vía internet, que despierta una cultura democrática, plural y de tolerancia a la diversidad de ideas está marcando el carácter de la encrucijada que enfrenta Cuba hoy. Vive el país un enfrentamiento entre un régimen de ideas únicas, impositivas y la creciente cultura de debate, tolerancia y democracia.

El futuro inmediato es incierto. La represión domina la planicie. Pero el internet volverá y los jóvenes volverán a comunicarse. El viejo régimen está condenado a fenecer. Lo que importa ahora es bajo qué condiciones: con una transición pactada con el pueblo o vía el caos que significa una transformación forzada. Esto último no es lo deseable. Lo deseable es que el régimen tenga la sabiduría de cambiar internamente para crear un nuevo pacto social que corresponda al Siglo 21.

Lo cierto es que al viejo régimen cubano le queda poco tiempo de vida. Deberá valorar ese hecho, y actuar en consecuencia.

*Ex Embajador de México en Cuba.

@rpascoep