La llamada “cultura de la cancelación” se ceba no solo contra quienes opinen algo que se desvíe del nuevo puritanismo: incluso si alguien no es lo suficientemente fervoroso en sus convicciones ideológicas puede ser linchado y humillado públicamente. Como en tiempos de Mao...

Hace unos días, más de 400 miembros de la Sociedad Lingüística de Estados Unidos (LSA), casi todos estudiantes, enviaron una carta para pedir la expulsión de Steven Pinker de ese organismo. Acusaban que el autor y también lingüista había tuiteado (¡en 2015!), citando una investigación, que los tiroteos policiales no eran solo asunto de sesgo racial, sino que había otros factores involucrados.

Ante lo inaceptable de este y otros tuits similares, se aprestaron a excomulgar a Pinker, influidos por la “cancel culture”, o la “cultura de la cancelación”. Pero en su carta faltaba una firma destacada: la de Noam Chomsky, padre de la lingüística moderna.

El tema es que para Chomsky la libertad de expresión es un derecho inalienable, sin el cual una sociedad no puede llamarse verdaderamente libre. Alguien recordó que, en una ocasión, el profesor emérito del MIT se enteró de que esa institución había contratado a Walt Rostow, uno de los arquitectos de la guerra de Vietnam, y dijo lo siguiente: “ese criminal de guerra tiene derecho a dar clases”.

Precisamente Chomsky es uno de los nombres que aparecen debajo de la carta que más de 150 intelectuales publicaron en la revista Harper's en días recientes, sobre la nueva pureza ideológica. En ella critican a las fuerzas del i-liberalismo provenientes tanto de la extrema derecha (Donald Trump y sus seguidores) como de la extrema izquierda. “La inclusión democrática que queremos solo puede alcanzarse si nos pronunciamos en contra del clima de intolerancia que se ha instalado en todas partes”, dicen los firmantes.

¿Qué es la cultura de la cancelación?

Este movimiento nació en las redes sociales e inicialmente estaba dirigido contra las celebridades que no mantenían opiniones políticamente correctas. Quienes ofenden a los nuevos y ubicuos censores son “cancelados”, es decir, se promueve su rechazo generalizado y el bloqueo masivo de sus cuentas en redes.

En su aspecto más extremo, es una forma de ejercer violencia contra quien no concuerda con las ideas dominantes de un colectivo, y no se ejerce exclusivamente contra quienes ostentan ideas contrarias (que ciertamente pueden ayudar a preservar estructuras racistas, homofóbicas o patriarcales), sino contra quienes pertenecen a la misma ideología pero que no tienen la suficiente devoción en sus posicionamientos.

¿Se puede decir, entonces, que esta “pureza” se induce por la fuerza? Para algunos autores esto queda claro, puesto que se busca que los defenestrados pierdan no solo su honorabilidad, sino su sustento. Por eso exigen renuncias y expulsiones. Quienes se dedican a monitorear indicios de “traición” (lo que constituye la “cultura woke”, el “despertar”, que significa estar “vigilantes” en todo momento, y que va de la mano con la “cancel culture”) buscan que los herejes ya no puedan beneficiarse de la “economía de la atención”, que es su modo de vida. No quieren solamente boicotear, sino terminar con la carrera de las personas, como señala Stephanie Smith-Strickland.

Otros han visto en la “cancelación” el peligro del pensamiento unidimensional, donde “cada error se paga con el silenciamiento” y “con un bullying público que cada vez se vuelve más agresivo y destructivo”. Algunos simpatizantes del movimiento Black Lives Matter “denuncian” a quienes no son lo suficientemente antirracistas. ¿Quién en su sano juicio, a menos que sea un ultraderechista o nativista, puede estar en contra de BLM? Pero no es suficiente simpatizar con ellos: hay que abstenerse de comentar estudios o investigaciones que ahonden en la complejidad del fenómeno del racismo.

No basta con pedir perdón

Esto se ilustra en un amplio texto de Jonathan Chait publicado en The New York Magazine, titulado The Still-Vital Case for Liberalism in a Radical Age, y que circuló por todos los círculos de la política. En él se relata la historia de David Shor, un joven con plenas convicciones progresistas que trabajó en la campaña de reelección de Barak Obama. El pasado 28 de mayo se le ocurrió tuitear las conclusiones de un estudio del profesor Omar Wasow, de Princeton, quien encontró que las protestas y las tácticas violentas de los manifestantes negros después del asesinato de Martin Luther King, en los años 60, habrían restado votos a los demócratas y podrían haber facilitado la victoria de Richard Nixon.

Lo único que hizo Shor fue postear un estudio académico, que además provenía de un investigador negro, pero la simple sospecha de que con ello estaba criticando las tácticas violentas (de las que, con acierto, Chait analiza que los ultras se niegan a deslindarse), bastó para que fuera linchado y tratado de racista. Shor llegó incluso a pedir una disculpa por su “error”, pero ya nada era suficiente: la ira se había desatado. Sus inquisidores querían sangre. No cejaron hasta que su nombre fue manchado, él fue despedido de su trabajo y se le retiró de un importante grupo de activistas a favor del partido demócrata, llamado Progressphiles. El veredicto “del pueblo” se había emitido y el castigo tenía que ser el exilio.

El ensayo de Chalit pone otros ejemplos, como el de Lee Fang, reportero de Intercept, quien entrevistó a uno de los asistentes a una marcha contra la violencia policiaca. Esa persona a la que Fang entrevistó, que también era de color, dijo de manera inocente (no todos son intelectuales y no todos siguen el complejo Weltanschauung de cada momento) que también se debería de hacer algo contra la violencia de los negros contra los negros, una situación que él vivía cotidianamente en su comunidad. ¿Alguien puede dudar que TAMBIÉN existe la violencia de los negros contra los negros? Pero no había ya nada que hacer: se le fueron encima al periodista de una forma tan salvaje, que sus amigos y colegas tuvieron que intervenir para tratar de limpiar su nombre. Al final Feng tuvo que someterse, publicando una larga disculpa.

Como estos, hay decenas de casos, expuestos en prácticamente cada medio de importancia a nivel internacional. Es el debate más candente en estos días, y con él se está dirimiendo algo que puede poner en peligro las libertades. Algunos periodistas y autores lo están evaluando con sus matices, encontrando también lo positivo, aunque parece haber una conclusión: tirar anatemas, acusaciones e insultos, con esa tendencia casi soviética de purgar a la gente, no fomenta ningún diálogo ni avance democrático.

La carta publicada en Harper's fue firmada por Salman Rushdie, Gloria Steinem, Margaret Atwood, Martin Amis, Francis Fukuyama, Mark Lilla, Michael Ignatieff y Malcolm Gladwell, entre muchos otros, además del citado Chomsky, y en ella advierten que “no se puede permitir que la resistencia se convierta en dogma o coerción”, y que “la inclusión democrática que queremos solo puede alcanzarse si hablamos en contra del clima de intolerancia que se ha instalado en todas partes”.

Peligro de autocensura

“El intercambio libre de información e ideas, el fluido vital de una sociedad liberal, está cada día más constreñido”, manifestaron los intelectuales, quienes criticaron “la intolerancia a las visiones opuestas, la moda de la vergüenza pública y el ostracismo, y la tendencia a disolver complejos asuntos políticos en una certeza moral cegadora”.

Uno de los riesgos, por supuesto, es la autocensura. En la China de la Revolución Cultural, cuando escuchar a Bach o simplemente usar lentes (señal de ser pequeñoburgués) era un motivo de sospecha de regresión, a la gente se le obligaba a pedir perdón en la plaza pública y rogar al partido que en su infinita clemencia le indicara el verdadero camino, para evitar ser enviados a los campos de reeducación. Así que la gente se autocensuraba, como sucedía en la URSS o en la RDA de la Stasi, y como todavía hoy sigue pasando en Corea del Norte.

“Ya estamos pagando el precio en una mayor aversión al riesgo entre escritores, artistas y periodistas que temen por su forma de vida si se alejan del consenso, o incluso si carecen del celo suficiente a la hora de sumarse a él”, dicen quienes suscribieron la carta. “Esta atmósfera sofocante acabará por dañar las causas más vitales de nuestro tiempo. La forma de derrotar las malas ideas es a través de la exposición, el argumento y la persuasión, no intentando silenciarlas o deseando que no existieran”.

La respuesta ante los contenidos antidemocráticos (machistas, racistas, homofóbicos) no puede estar dirigida contra las personas, sino contra las ideas. Y ciertamente, las fuerzas del i-liberalismo pueden provenir del extremismo en ambos polos del espectro ideológico.

Por supuesto, mucha gente que está encantada con la “cancel culture” puso el grito en el cielo por la carta que firmaron los intelectuales. Algunos, desde la ultraizquierda, se preguntan por qué Noam Chomsky, ultraizquierdista si los hay, firmó esa carta. La respuesta está en el comentario que hizo al derecho que tenía aquel “criminal de guerra” a decir lo que pensaba.

José Manuel Valiñas

Analista de temas internacionales

Planetario

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

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