En días recientes, a raíz de que Kim – Jong un, el líder de Corea del Norte, quien antes tenía una gran corpulencia, mostró una significativa baja de peso, las especulaciones, los rumores y las preocupaciones acerca del futuro político de su nación no se hicieron esperar. Corea del Norte es uno de los países con mayor prevalencia de desnutrición, la más alta de la zona Asia- Pacífico. Las percepciones ante la disminución de peso de su dirigente de 37 años fueron de preocupación, asociando esta disminución inevitablemente a una condición patológica, y no a una mejora de su estado físico.

Todo lo anterior resulta irónico de pensar situándolo en el mal llamado contexto “occidental”: en muchos contextos, la disminución de peso para algunas personas es sinónimo de un cumplido, o de la realización de un logro personal. La estigmatización de la obesidad ha llevado también a pensar que alguien que sube de peso, por el motivo que sea, es alguien que podría estar cayendo en desgracia. Sin embargo, cuando extrapolamos estas cuestiones a la salud de los líderes del mundo, las especulaciones relacionadas con su corpulencia, provocan especulaciones que pueden impactar sobre la continuidad de sus mandatos, sobre sus proyectos políticos e incluso sobre la estabilidad económica de los países que gobiernan. 

Históricamente, la salud de los líderes ha sido un tema de ostracismo que se presta a la especulación. Despojados de toda condición humana y de fragilidad, cualquier signo de mala salud demerita su imagen pública. Es por muchos conocido por ejemplo, que el presidente Franklin Roosevelt, quien quedó paralítico a los 39 años, se negaba a aparecer en público en su silla de ruedas. Cuando Angela Merkel se muestra temblorosa en un acto público, las especulaciones sobre una simple deshidratación hasta un mal de Parkinson alarman a la población. Ni hablamos de la salud mental de los mandatarios, también ha sido un tema delicado, que si de por sí es ya tabú entre la población en general, es una cuestión de secreto de Estado en algunos casos. 

El tema con la corpulencia es todavía más complejo, puesto que es inevitablemente vinculado al tema de salud por la medicalización de la obesidad. Como lo podemos ver en este caso, también depende de las apreciaciones culturalmente ancladas que se hacen del mismo, en donde el exceso de tejido adiposo podría significar fortaleza y la disminución de peso podría significar la vulnerabilidad de un líder. La salud se ha convertido en uno de los valores más mercantilizados en el mundo contemporáneo, y la obsesión con el bienestar lleva paradójicamente, a situaciones de malestar en pos de un ideal de corpulencia sólo basado en lo que se ve. 

Esto no significa sin embargo, que se condene a quienes perciben la pérdida de peso de su líder como un signo de alarma, por ser “ignorantes” de las implicaciones a la salud de la obesidad. Por difícil que parezca, los criterios o “los anteojos” culturales con los que evaluamos si alguien parece sano o insano – sobre todo tratándose de un líder- responden a un aparato complejo de referencias con las que crecimos, que adoptamos y que construimos a través de la información que tenemos. El ejemplo de la percepción de la corpulencia del líder de Corea del Norte es una muestra de cómo las percepciones de una condición se anclan y construyen socio-culturalmente.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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