El tiempo de las ciberguerras ya comenzó. No se tratan de guiones de ciencia ficción ni de historias encargadas por Netflix.

Las revelaciones que en su momento hiciera Edward Snowden y el destape de caso Crypto AG confirman el inicio de las ciberguerras, pero como seguimos viviendo bajo la creencia heredada por Santo Tomás hace más de 2000 años, “ver para creer”, pensamos que detrás de la guerra existen los ejércitos que combaten sobre un terreno geográfico y que las batallas dejan muertos y heridos.

Los papeles de Snowden revelaron la existencia de programas de espionaje operados por la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en inglés) a través de empresas privadas como Facebook, Amazon y Apple, entre otras. Los CEO de las empresas negaron su voluntad para aportar información a las tecnológicas sin embargo, funcionarios de la NSA comentaron a periodistas del diario The Guardian que la cooperación de las empresas era “obligada por ley” (29 de octubre de 2020).

“El gobierno de Estados Unidos no debería tener ningún papel en la instalación de puertas traseras secretas en la tecnología”, de empresas como Facebook, comentó el senador Ron Wyden, miembro del comité de Inteligencia” (The Guardian, 29 de octubre de 2020).

El caso Crypto AG revela que durante décadas, los servicios de inteligencia de Estados Unidos y de Alemania usaron dispositivos de encriptación y líneas de comunicación seguras de la empresa suiza Crypto AG para espiar a varios países. La CIA y los servicios de espionaje de la entonces Alemania Occidental intervinieron los aparatos para recopilar información. Estamos hablando desde los tiempos de la Guerra Fría. Algo más, los verdaderos propietarios de la empresa Crypto Ag fueron la CIA y la agencia de espionaje alemán, rasgo que nunca supieron los gobiernos que adquirieron la tecnología.

Fue en febrero del 2020 cuando el diario The Washington Post y la cadena de televisión alemana ZDF destaparon el caso. Los clientes de Crypto AG fueron dictaduras latinoamericanas o gobiernos como el de Irán, India, Pakistán o el Vaticano.

Los legados de los casos de Snowden y Crypto AG revelan el deseo que tiene Estados Unidos en monopolizar el control del ciberespacio, y lo anterior se sustenta en diversas campañas en contra de los competidores más desarrollados. El riesgo de que Estados Unidos no acepte ser regulado transformaría a muchos países en una especie de colonias digitales cuya soberanía en el ciberespacio sería inexistente.

Muchas empresas de tecnología se encuentran nerviosas por trabajar de forma encubierta con el gobierno de Estados Unidos, comentó a Reuters un funcionario de la poderosa NSA hace un par de años. El prestigio y la credibilidad son activos intangibles que las empresas pueden perder cuando programas de espionaje tipo Prism son revelados.

Cuando Estados Unidos ofrece cooperación en temas de ciberespacio, han aprovechado para obtener acceso a información sensible.

Las noticias de ciberataques a ciudadanos, organizaciones, empresas e instalaciones críticas de países como plantas de energía química y centrales nucleares, se han vuelto habituales.

The Economist reflejó hace algunos años los preparativos de Estados Unidos para la ciberguerra. El presidente Obama declaró la infraestructura digital de su país como “un activo estratégico nacional”, y nombró a Howard Schmidt, antiguo jefe de seguridad de Microsoft, como su zar de ciberseguridad. Posteriormente creó el Cyber Comand (Cybercom) y nombró director general al General Keith Alexander, quien estuvo al frente de la NSA.

El mundo intangible nos presenta enormes desafíos. No vemos las ciberguerras, pero podemos ser víctimas de ellas. Necesaria su regulación, como en la guerra misma.