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Joseph Anton, del mejor Salman Rushdie
A Joseph Anton de Salman Rushdie, se le pueden poner adjetivos como extraordinario, fascinante y maravilloso, aunque no fantástico, ya que, a diferencia de otras grandes creaciones del autor (como Los hijos de la medianoche), este libro no tiene que ver con la fantasía sino con la cruda realidad.
Joseph Anton es el nombre en clave que Rushdie utilizó durante los años que estuvo escondido de quienes, queriendo cumplir con la fetua que el ayatolah Jomeini puso sobre el escritor, quisieran asesinarlo.
La extraordinaria realidad que le tocó vivir, el escritor la narra de forma absolutamente fascinante. En especial, digo adelantando un poco la conclusión de este texto, porque, a pesar de ocuparse de la que fácilmente se puede calificar como la nota cultural más importante de la segunda mitad del siglo XX, no solo se avoca a lo que se salió de lo ordinario, sino porque jamás pierde de vista lo cotidiano, lo que también nos pasa al resto de los seres humanos a los que no nos persiguen asesinos fanáticos religiosos.
El 14 de febrero de 1989, Rushdie se enteró de que había sido condenado a muerte por el moribundo ayatolah de Irán Jomeini a causa de su libro Los versos satánicos. Y sí hay que poner esa causa entrecomillada no solo porque resulta muy dudoso que Jomeini haya siquiera ojeado, ya no digamos leído, el libro sino porque éste es una ficción basada en un hecho histórico aceptado y estudiado: que Mahoma corrigió algunos de los versos que Alá le dictaba (resistí la tentación de ponerle comillas a esa palabra) y el propio profeta dijo que podían haber sido inspirados más bien por Satán (por cierto que esos versos, que finalmente quedaron fuera del Corán, hacían posible un cierto politeísmo no tan machista como el que impera actualmente en la religión musulmana).
Aquel día de finales de los 80, aún tan lejano al Internet, Rushdie, tras saber de la condena, acudió a dos citas: un funeral y a una entrevista para la televisión. Pero a partir de ese momento desapareció de la luz pública. Poco después, a petición del servicio secreto inglés que lo protegía, adquiriría el pseudónimo de Joseph Anton a partir de los nombres de los escritores Joseph Conrad y Anton Chejov. Sus cuidadores, cuatro hombres armados que se hospedarían permanentemente en cualquier casa que ocupara a partir de entonces y durante los siguientes 11 años, lo llamaban Joe.
Sorprende un poco la cantidad de situaciones y nombres verdaderos que incluye Rushdie. Solo dos personas aparecen con seudónimo, son altos funcionarios de la inteligencia británica. Por lo demás sabemos quién accedió a esconderlo un tiempo en su casa, quien lo apoyó y quién lo visitaba a escondidas, qué editor se ánimo a publicarlo y cuál no.
Pero lo más sorprendente de todo es el origen del conflicto. Porque Rushdie no estaba defendiendo, como tal, lo que normalmente entendemos por libertad de expresión. Él no había hecho una crítica a la religión musulmana ni a su profeta ni a sus autoridades, oficiantes o creyentes del momento. No estaba expresando una opinión sobre nada ni nadie, se le atacó por algo mucho más tenue e impreciso: la libertad de inventar e imaginar. No defendía algo que hubiera dicho sobre un tema dado sino una historia que se inventó a partir de uno.
Así durante más de una década arriesgó cosas tan tangibles como la vida y la integridad física, no solo la suya sino las de sus seres queridos y las de sus traductores, editores y libreros, algunos de los cuales no salieron muy bien librados (uno incluso murió apuñalado y su asesino fue recibido como un héroe en Irán), y todo por la vaguedad de una ficción.
De hecho, una de las partes más impactantes del libro es cuando algunos directivos del servicio secreto expresan su desagrado por tener que cuidarlo, ya que otros de los protegidos hicieron algo por el país, en cambio usted . No, Rushdie no hizo nada concreto por Inglaterra pero era ficha de negociación para conflictos económicos y armados.
Joseph Anton se convierte entonces en un privilegiado reportaje (escrito desde adentro y con una magnífica pluma) de la que sin duda fue la nota cultural de finales del siglo XX, una que, a partir de una novela, puso en evidencia los recovecos de la compleja relación entre dos culturas o civilizaciones, entre los ateos, los creyentes digamos normales o moderados y los fanáticos religiosos (resulta increíble la cantidad de gente de entre los dos primeros grupos que dijo que Rushdie no debía andar insultando religiones, con lo que evidenciaban que no habían leído el libro pues de haberlo hecho no hubieran encontrado insulto alguno- y creían que un moribundo líder teocrático sí lo había hecho).
No es exagerado decir que este conflicto (el que existe entre dos culturas o civilizaciones, del que Rushdie fue un caso particular) tuvo su punto más álgido el 11 de septiembre de 2001, fecha que, más allá de redondeces milenarias marcó el final del siglo XX e inicio del XXI.
Pero Rushdie, en Joseph Anton, no solo se retrata como una hoja en medio de ese vendaval de poderosas fuerzas sociales, es también un ser humano, padre, marido, divorciado, vuelto a casar y otra vez a divorciar, amante, alguien como cualquiera de nosotros con el añadido de que sus relaciones personales se complican porque casi no puede salir de una casa en la que hay unos señores armados permanentemente. Y como tal, como hombre común y corriente, Rushdie se retrata sin clemencia. Nos hace saber sus mezquindades, sus fallos, sus deseos, sus torpezas, que curiosamente son mucho más abundantes en la intimidad que en la vida pública .
No se trata de minimizar otros libros realistas de Rushdie, como el de ensayos Pásate de la raya y la crónica nicaragüense La sonrisa del jaguar, pero Joseph Anton es, verdaderamente, fuera de serie.