Murió Jorge Díaz Serrano, figura del México contemporáneo marcada por claroscuros. En su momento fue satanizado por la clase política para luego caer en el olvido. Con todo, creo que quien aportó la idea de convertir al país en una potencia exportadora de petróleo y se encargó de hacerla realidad merece un juicio balanceado y objetivo. De su faceta luminosa pueden derivarse lecciones importantes de vida y advertencias preventivas de su faceta opaca.

Antes de convertirse en el mandamás de Pemex (1976) y en influencia importante en el gobierno del Presidente López Portillo ya había en la trayectoria de Díaz Serrano aspectos admirables. Nacido en Sonora y de origen humilde, destacó como vendedor de maquinaria pesada. El gran giro en su vida se produjo cuando decidió convertirse en ingeniero petrolero y se matriculó en la Universidad Tulane, en Nueva Orleans. Ahí estableció muchos de sus contactos en el mundo del petróleo, entre otros George Bush padre.

De regreso a México estableció con un socio una empresa de perforación que se convirtió en una de los contratistas más importantes de Pemex. A Perforaciones Marinas del Golfo (Permargo) corresponde el mérito de haber iniciado en México las exploraciones petroleras en el mar.

Ya como Director de Pemex y político con gran ascendiente, quizá fue adecuada su propuesta de transformar a esa empresa en un poder internacional. La inmensa deuda externa que empezó a contratar el gobierno lopezportillista tuvo como una de sus finalidades financiar esa expansión vertiginosa de la paraestatal. Fue en esas andanzas cuando Díaz Serrano cometió su gran error técnico: suponer una elevación ininterrumpida del precio del petróleo durante la década siguiente y hacia el futuro; a eso se encimó un error político monumental.

Decía Álvaro Obregón que en política se comete un error y el resto son consecuencias. El de Díaz Serrano consistió en ambicionar ser Presidente. De ahí ese pacto con el diablo que selló su alianza con los líderes petroleros. El acuerdo hizo de aquellos esbirros, frankensteins indomables. Esa alianza fue lo que castigó el sistema y la causa, creo, de que Díaz Serrano terminara en prisión.

El poder político puede ser una tentación difícil de resistir. El caso de Díaz Serrano confirma cómo en un sistema político cerrado y autoritario su búsqueda puede derivar en un proceso enfermizo y desquiciante. Sólo existe un remedio para que no se repitan episodios como el de López Portillo y Díaz Serrano y se resume en una palabra: democracia.

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