Los cuatro años del presidente Donald Trump han quedado en el pasado.

La frase parece una obviedad, pero no así. Su gobierno concluyó en enero pasado.

Se trata del desmantelamiento de su legado de parte del presidente Joe Biden, particularmente en materia de política exterior.

La gira internacional del presidente Biden por Europa fue un reencuentro con sus aliados estratégicos y otra vuelta de tuerca al multilateralismo, deteriorado por el anterior inquilino de la Casa Blanca.

Lo que ocurrió el 6 de enero pasado en el Capitolio ha dejado huella histórica no solo entre los legisladores que se encontraban en el interior del recinto en el momento del asalto de parte de cientos de ciudadanos que minutos antes fueron azuzados por Trump a las afueras de la Casa Blanca.

Este acto removió el basamento que soporta la democracia estadounidense. Es probable que esta sea la razón por la que el presidente Biden haya elegido como bandera de acción de su Gobierno, promover la democracia en el mundo y el respeto de los derechos humanos. Casualidad o no, dos variables que requieren de la atención de medio mundo por las múltiples crisis domésticas.

Una señal que revela la descomposición social que encontró Biden en su país, sumada a la crisis de la pandemia, es el número de meses que tardó en realizar una gira como la que hizo en Europa: casi cinco meses. Para un presidente de Estados Unidos es demasiado tiempo. Pero era necesario aliviar la situación de la pandemia y marcar los cimientos donde construirá su Gobierno.

Al promover la democracia y los derechos humanos, el presidente Biden, durante su gira europea de la semana pasada, delineó la frontera geopolítica de su país con China y Rusia, sin embargo, la Unión Europea y la OTAN se adhirieron a la causa.

Otro de los temas que promovió Biden fue el cambio climático y energías limpias. Sorprendió que la OTAN también ubicara este tema como parte de su plan estratégico en el mundo, en concordancia con el Acuerdo de París.

Respecto a la relación con la Unión Europea, el legado de Trump fue desconcertante. Llegó a decir que “la Unión Europea nos trata peor que China, solo que son más pequeños”. Algo más dijo: “La Unión Europea es un enemigo, por lo que nos hace en el comercio”. Ahora, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se refirió al presidente estadounidense como: “Querido Joe” (El País, 20 de junio).

La reunión que sostuvo con el presidente ruso no es baladí. Revela el interés del presidente Biden por mantener puentes diplomáticos con el Kremlin; decisión estratégica para mantener interacciones con un antagonista como lo es el presidente Putin para resolver problemas de seguridad común, lo mismo con el ciberterrorismo como el viejo modelo de las armas nucleares.

En diplomacia es mejor ser predecible que impredecible, pero, sobre todo, es mejor no cortar los canales diplomáticos.

Es una buena noticia que Estados Unidos y la Unión Europea refuercen su relación. Las motivaciones que originaron el nacimiento de lo que hoy conocemos como Unión Europea es la paz y la democracia. Ambas partes pueden hacer mucho más juntas que separadas.

El concepto de multilateralismo, para Trump, fue traducido como pérdida de liderazgo para su país. Su idea era negociar acuerdos bilaterales de manera pragmática y sin vincularlos con la democracia y los derechos humanos.

Los retos del futuro son enormes para cualquier país. Por ejemplo, las soluciones al cambio climático es imposible encontrarlas de manera individual.

Es importante valorar la intención del presidente Biden de regresar a su país al entorno de las relaciones internacionales multilaterales, pero también su promoción de la democracia y los derechos humanos. Es necesario a nivel global.