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Opinión

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Japón no usa su política exterior como política-ficción

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Tokio. La política exterior equivale a tener un salvavidas, al menos es lo que representa para la mayoría de los países que desean desarrollarse.

El pasado miércoles sostuve una charla interesante en Tokio con Akita Hiroyuki, miembro del consejo de redacción y editorialista del periódico Nikkei.

Las primeras palabras que me comentó Hiroyuki resultaron ser como una especie de desahogo de estrés acumulado por el partido que Japón perdió en serie de penales en contra de Croacia en el Mundial de Qatar, precisamente el miércoles durante la madrugada, hora de Japón.

Akita Hiroyuki reflexionó sobre una de las posibles razones por las que Japón fue eliminado luego de haber ganado a dos campeones mundiales: Alemania y España. “La selección de futbol ha sido entrenada para competir en equipo, los tiros penales son la excepción porque es un objetivo personal”, comentó el analista de seguridad.

Hiroyuki tiene razón, y algo más que yo conjeturo: el comportamiento ético japonés también se observa en las canchas de futbol y de cualquier otro tipo de deporte. Los llamados samuráis azules de la selección de Japón no se prestan a teatralizar en la cancha; no disimulan faltas; no exhiben mañas detrás de su comportamiento.

Es imposible de olvidar las fantasías grotescas de Neymar en el Mundial de Rusia cuatro años atrás. La estrella brasileña parecía un extra de una película de guerra.

El comportamiento cívico de los japoneses es de los más avanzados del mundo, pero en las guerrillas del futbol es un rasgo no valorado. El fair play se ha convertido en un sueño imposible en el seno de la FIFA.

Para Japón la política exterior no es materia optativa; es una de las asignaturas más sensibles en el país.

Japón mantiene con China la relación comercial más importante de su economía, pero en el tema de seguridad es Estados Unidos su principal aliado. Los equilibrios de ambas variables, comercio internacional y seguridad, tienen que ser trabajados de una manera inteligente. La de Japón no es una política exterior mutuamente excluyente si hablamos de sus vínculos con China.

The Japan Times publicó el jueves pasado que Japón calificará esta semana como “desafío” para el orden internacional los movimientos militares que el Gobierno de Xi Jinping está realizando en últimas fechas en la región Indo-Pacífico. Esto significa que la estrategia de seguridad nacional de Japón tendrá que reformularse.

Desafiar es un término mucho más suave que amenazar, pueden ser sinónimos, pero legisladores del Partido Liberal Democrático apoyaron al primer ministro Fumio Kishida, miembro del mismo partido, en su propuesta de reformulación, sin embargo, al acto de haber lanzado misiles balísticos de China en contra de la zona económica de Japón el pasado mes de agosto, sí fue considerada por políticos japoneses, al menos públicamente, como una amenaza.

En 2008 Beijing y Tokio firmaron un acuerdo en el que ambas naciones se comprometen a cooperar entre sí y no a desafiarse.

Japón requiere de una política exterior activa por su ubicación en el planeta: componente determinista que sólo se puede reconfigurar con material diplomático. Algo similar en la relación de México con Estados Unidos.

China, Rusia, Corea del Norte y Corea del Sur, son variables determinantes en la geopolítica de Japón.

El primer ministro Fumio Kishida ni cualquier otro político japonés podrían decir que la mejor política exterior es la doméstica.

Los dos rasgos que muestra Japón hacia el mundo son su civismo y su tecnología, pero desde Japón, uno lee su prensa en clave geopolítica y no de manera etnocéntrica.

La política exterior se comenta en las calles de Tokio. No ocurre en México por desgracia.

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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